miércoles, 17 de octubre de 2007

Baroja: Un ogro melancólico

Baroja era un misántropo que no podía dejar de soñar con mejores vidas y como para soñar necesitaba personas que poblasen su imaginación, se vengaba de ellas inmiscuyéndose en sus tramas. Por eso encontramos su mirada en los ojos de sus protagonistas, contemplando indolente el mundo inaprensible con una pizca de ese resquemor marca de la casa, retraído y arisco. Pero con este proceder también se venga de su vida, mucho menos nietzschena de lo que a él le hubiese gustado, y, para nuestra fortuna, nos la lanza a la cara diciendo algo así como: “¡Ea! Entérense ustedes de que yo no soy ni este ni aquel, sino todos ellos.

Al mismo tiempo, al soñar, creía afirmarse como vasco. En sus memorias recoge con evidente agrado estas palabras de Michelet sobre los vascos de la costa: “Nadie más imaginativo que estos hombres, amantes de lo imposible, buscadores del peligro en los abismos y en los sombríos mares de los polos.” Pero no es fácil imaginar a don Pío sometiéndose a la disciplina radical de la aventura ni tan siquiera es fácil imaginarlo haciendo deporte. Aquí radica su principal contradicción. Le gustaba haber nacido junto al mar, pero no junto a cualquier mar, sino junto al cantábrico, y yo aún diría más: junto al mar de Zumaya, circunstancia que siempre tuvo como un augurio de libertad y de cambio. Pero se sentía demasiado empapado de un pesimismo schopenhaueriano como para buscar la aventura en compañía. Era un individualista radical que consideraba que tener muchos amigos era señal de escasa inteligencia. Lo que le gustaba era mirar de manera indolente y soñar con lo entrevisto. Me da la sensación de que con la edad le fue gustando cada vez más soñar y menos escribir sus sueños, de ahí que fuera haciéndose no sé si perezoso o avaricioso con el adjetivo y me temo que le hubiese encantado poder prescindir de la sintaxis, convertir la novela en puro juego de la imaginación, soñar la acción y transmitirla telepáticamente a quienes estuviesen suscritos a su iguala. No digo esto por decir. Baroja comenzó a escribir con plena conciencia del oficio siendo médico en Cestona aprovechando las muchas hojas sobrantes del cuaderno en el que tenía su lista de igualas.

De sus primeros años de vida en San Sebastián, donde nació el día de los inocentes de 1872, confiesa en sus memorias que recordaba, sobre todo, el mar vivido de manera contemplativa. En 1879 su familia se trasladó a Madrid, ciudad de remotas orillas, y, en 1881, a Pamplona ciudad sin mar. Con este traslado, según sus propias palabras, “la ilusión del viaje” se apoderó de él por primera vez en su vida. En Pamplona esa ilusión se afirmó a sí misma como sólo la imaginación de un adolescente puede hacerlo.

En “Inventos, aventuras y mixtificaciones de Silvestre Paradox”, que no es sino su vida fantaseada, cuenta que “Silvestre (…) se subía por las tardes a un árbol carcomido de la Taconera, el árbol del Cuco, y allí se figuraba estar en las islas fantásticas y dominios espléndidos ideados por sus autores favoritos”. La Taconera es un hermoso parque arbolado del noroeste de Pamplona que ocupa una posición privilegiada sobre la vega del río Arga, que discurre a los pies de las murallas de la ciudad. A lo lejos, de izquierda a derecha se divisan sucesivamente la Sierra de Andía, la de Aralar, la Basaburúa, a cuyas espaldas se encuentra los montes de Vera, y la corona nevada de los Pirineos. Ya no está el “árbol del cuco” en la Taconera, pero es fácil imaginar al niño Baroja encaramado a sus ramas y soñando aventuras que alguna vez intentó hacer realidad, como cuando construyó un cajón y se embarcó Arga abajo, estando a punto de acabar en la boca de un molino harinero.

Sabemos que en estos años pamploneses leyó “Werther”, “Robinson”, “La isla misteriosa” y diferentes novelas de Verne; y construyó meticulosamente una verdadera escuadra de buques de madera, de cartón y de papel que botaba en un abrevadero del camino de la Puerta Nueva. A todos les puso nombres notables: Nautilus, Astrolabio, Capitán Cook; etc. En sus memorias recuerda así estos sueños infantiles: “A mi me hubiera gustado parecerme a Robinson Crusoe, y cuando tenía esa aspiración iba muchas veces, al anochecer, al paseo de la Taconera, me subía al árbol del Cuco y fumaba en pipa, lo que me mareaba, y soñaba en una isla desierta, sueño que igualmente me mareaba.

No voy a emplear ni un minuto en razonar lo que sólo necesita ser comprobado: la maestría narrativa de don Pío. Es un novelista tan cabal que no parece costarle ningún esfuerzo hacernos olvidar la realidad que deja fuera de sus novelas. Me limitaré a clasificar su literatura marinera en tres apartados:

  • Los cuentos: “Playa de otoño”, “El amo de la jaula”, “Ángelus”, “Lo desconocido” y “Grito en el mar.” Hallamos en ellos a un escritor lírico que se iría perdiendo con los años.
  • Las novelas de mar: “Las inquietudes de Shanti Andía”, que lleva un título general “El mar”, escrita en 1911, un año antes de instalarse en Itzea, en Vera, y “El laberinto de las sirenas”, de 1923.
  • Novelas de aventureros marinos: “Los pilotos de altura”, terminada en Vera en octubre de 1929 y “La Estrella del capitán Chimista”, concluida en Madrid en enero de 1930.

Normalmente estas cuatro novelas se agrupan bajo el epígrafe de “novelas del mar”, pero esta clasificación nos oculta que el mar se fue retirando en las dos últimas novelas en beneficio exclusivo del personaje aventurero que, además, es marino. En “Las inquietudes de Shanti Andía” el término “mar” aparece el doble de veces que en “El laberinto de las sirenas”. En ésta, a su vez, aparece cuatro veces más que en “Los pilotos de altura”, y, por último, en ésta el mar aparece el doble de veces que en “La estrella del capitán Chimista”. Alguna cosa debe significar esta singular ascesis marinera del aventurero.

En el conjunto de estas cuatro novelas lo que se encuentra no es tanto un auténtico amor al mar como la voluntad de construir narrativamente una gran metáfora del espíritu aristocrático que Baroja encontró en Nietzsche y que, finalmente, logró esbozar en Chimista, el aventurero que consigue a la par afirmar radicalmente su autonomía y embridar su destino. “La vida –escribe Baroja en “Juventud, egolatría”- no es ni buena ni mala, es, como la naturaleza, necesaria”. Dada esta necesidad, la vida, es en el fondo –y esto es muy claro para Embil y especialmente para Chimista- un inmenso fenómeno deportivo.

Hay también, indudablemente, remarcables similitudes en estas cuatro novelas:

Todas ellas evocan el mismo mar, el mar antiguo de la navegación a vela. Baroja las escribe remontando su infancia hacia un pasado aventurero que tenía por irremediablemente perdido. En un artículo de 1939, titulado “El mar en la literatura”, distinguió tres periodos en la historia del mar:

  • El fabuloso o mítico, que se habría desarrollado en el mar Mediterráneo;
  • el antiguo, caracterizado por los barcos de vela, aventuras, sublevaciones, piratas, negreros… y que estaba representado por los escandinavos, los normandos y los vascos;
  • el moderno, el mar de la técnica, la mecanización y la economía. Su conclusión es que “hoy todo hace pensar que el mar y la vida del marino han perdido elementos para la novela de aire costumbrista”. En este mar programado ya no hay lugar tampoco para los vascos. Esto es lo que explica el lamento de Shanti Andía: “Los vascos se retiran del mar.” Sospecho que don Pío no se murió por casualidad el 30 de octubre de 1956, día en que nació la televisión, sino que lo hizo adrede, con pleno conocimiento de lo que se le venía encima. Era, en cualquier caso, muy capaz de ello. Encontramos una precisa descripción de este mar antiguo en “Las inquietudes de Shanti Andía”: “Todavía en el mundo había piratas, todavía había negreros, males todos, ¿quién lo duda?, peligros que obligaban al marino a tomar ante los hechos una actitud gallarda. Todos estos riesgos exaltaban la imaginación, aumentaban el valor, daban el pensamiento de luchar contra el mal y de vencerlo. A la gran barbarie del mar correspondía la barbarie de su servidor el marino; a la brutalidad del elemento salobre, la brutalidad humana. En aquella época, un marino volvía a su rincón con un anillo en la oreja, una pulsera en la muñeca y una cacatúa o una mona en el hombro. Un marino, entonces, era algo extrasocial, casi extrahumano; un marino era un ser para quien la moral ofrecía otros aspectos que para los demás mortales”.

En el transcurso de estas novelas se pone de manifiesto, efectivamente, que la moral es una cuestión de paralelo… excepto para los vascos, porque su carácter no se ve alterado por los avatares de la latitud o la longitud. La moral, para los vascos, es una cuestión étnica.

En las cuatro novelas los protagonistas son vascos a los que Baroja ofrece el don de un fin apacible. Chimista envejece como un lord inglés, rodeado de respeto. Galardi se hace cura y Shanti Andía apenas opone un “sin embargo” melancólico a la renuncia de sus hijos al mar.

En las cuatro hallamos algo que es de mucho agradecer: Nietzsche está presente, pero camina a hurtadillas por el texto, sin necesidad de gesticular. A Baroja no le da por hablar de él como hace en otros lugares de Kant, exponiéndolo como Dios le daba a entender.

Es ilustrativo recoger los verbos que Baroja asocia más frecuentemente con el mar. Su mera lectura ya nos informa sobre el sesgo de su mirada: Agitar, bramar, brillar, contemplar, extender (se), golpear, hervir, luchar, mugir, palpitar, parecer, resplandecer y temblar.

La escritura de don Pío fue, a la par que su personalidad, derivando en ciaboga de la compleja luz del guipuzcoano Zuloaga, claramente perceptible en sus cuentos, a la austera luz del madrileño Solana. Nombro a estos dos pintores porque el propio Baroja confesó que "entre vascos y castellanos” le gustaría tener sus lectores, ya que “los demás españoles me interesan menos." Pero también los nombro para resaltar su distancia con pintores claramente mediterráneos como un Sorolla o un Joaquín Mir.

A Baroja no le gustaba ni el Mar Mediterráneo ni su luz. En “Familia, infancia y juventud” transcribe esta conversación:

- A mi no me gusta nada la luz de las Vascongadas –me decía Sorolla en San Sebastián, de una manera categórica-. El verde es monótono.

- A mi tampoco me gusta nada la luz del Sur –le contesté yo-, ni en general la del Mediterráneo. (…) Me parece una luz blanca, fuerte (…). Todo tiende al blanco, al negro y al gris, es decir, a lo que no son colores.

Aunque la paleta de colores de don Pío está bien surtida, los que más usa para describir el mar son los siguientes: amarillo, azul, blanco, fosforescente, gris, metal fundido o incandescente, negro, perla, plata, rojo, rosa y verde.

Baroja nos ofrece abundantes muestras de su rechazo de lo meridional y mediterráneo. Su estancia juvenil en Valencia no le resultó agradable. La luz del sol del levante le “producía bastante aburrimiento.” “No me gusta nada el Mediodía”, dice Shanti Andía. En “El laberinto de las sirenas” describe el Mediterráneo como “una cloaca mefítica (…) desde todos los puntos de vista”, incluido el moral. La suciedad e inmoralidad de sus hombres es constitucional y no aprendida. A Galardi –"que era un vasco decidido y valiente"- le molesta su “luz blanquecina y difusa” y encuentra en los pueblos mediterráneos demasiados mendigos, jorobados y mujeres gordas.

Mientras el Atlántico es para Baroja “la alta piratería, los grandes naufragios, el bergantín negrero, el marino con un anillo en la oreja y una cacatúa al hombro”, “el Mediterráneo es un mar clásico y al mismo tiempo realista; el Atlántico es un mar romántico y turbulento”; “el Mediterráneo es más constante, más parecido a sí mismo; el Atlántico es la eterna variación, el eterno cambio”; el hombre del Mediterráneo “es las fórmulas hechas; el hombre del Atlántico es el ímpetu aún sin moldearse.”

Como no ama la luz mediterránea es ciego para ver el diálogo que descubrió Josep Maria de Sagarra en sus “Cançons de rem i de vela” (escritas en 1923, el año de “El laberinto de las sirenas”) entre les “vinyes verdes vora el mar” y el “llagut i la gavina”. Y ya que nombro a Sagarra, me imagino que don Pío hubiese podido hallar en estos versos del catalán la explicación del aire mefítico que hallaba del Mediterráneo:

Pixo a l'abim:
al fons la mar blava,
allà el cap de Begur,
aquí el cap de la fava.

Sería ilustrativo comparar la prosa intempestiva de Baroja con el puntillismo exacto, nada mefítico y mucho menos aburrido de un Joaquim Ruyra o de un Josep Pla, pero tampoco es cuestión de fomentar veleidades literarias. Y menos al lado de esta nave que dirigió don Juan de Austria en Lepanto, réplica de otra cuyos planos fueron hechos por un antepasado de Baroja, Antonio Alzate, armador de Barcelona, que dirigió también su construcción aquí mismo, en las drassanes.

Me limito a sospechar que Baroja es a Zuloaga y Solana lo que Sagarra, Ruyra o Pla son a Sorolla y Mir.

Tratándose de Baroja, sería injusto concluir con un final feliz, porque lo evidente es que Euskadi continúa sin saber muy bien qué hacer con él. Tanto es así que en San Sebastián han caído en la ignominia de poner su nombre ni más ni menos que a un polideportivo. Pero esto no es todo. En “Juventud, egolatría” confesaba retadoramente: “Yo he sido siempre un liberal radical, individualista y anarquista. Primero, enemigo de la Iglesia; después, del Estado; mientras estos dos grandes poderes estén en lucha, partidario del Estado contra la Iglesia; el día que el Estado prepondere, enemigo del Estado”. Pues bien los responsables de los transportes urbanos de San Sebastián han puesto a la línea 18 el nombre genérico de “Seminario”. Compruébenlo ustedes cuando visiten esta ciudad. La línea 18-Seminario tiene paradas en Urbieta, Arrasate, Zubieta, Miraconcha, Sanserreka y Pío Baroja.

¡Si supiera que sobre los acantilados de Zumaya hay actualmente un centro de Thalassoterapia, cómo se pondría!

A este hombre no lo dejamos descansar en paz.

¡Que así sea! ¡Esta es su fortuna y nuestra dicha!

27 comentarios:

  1. Me he acordado del clásico (Plutarco?): "Navegar es necesario, vivir no es necesario".
    Por cierto, el Museu Marítim de Barcelona es una delicia. ¡Qué fortuna hablar allí de Baroja y el mar!
    Felicidades por el texto.

    Lola

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  2. LOla, muchas gracias. Efectivamente: una auténtica delicia. Además la ubicación concreta no podía ser mejor: entre la "ullera del Far de Sant Sebastià" i la nave capitana de don Juan de Austria en Lepanto. Por si fuera poco la cena posterior estuvo buenísima. Magnífico vino blanco que entonaba a las mil maravillas con una fideuá deliciosa.

    El lema "navegar es necesario, vivir no es necesario" parece que era propio de una asociación griega muy antigua, que se autodenominaba klos "aeí nautai" ("siembre marineros" o, simplemente, "nautas siempre") a la que quizás perteneciera el padre de la filosofía, Tales de Mileto.

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  3. Gregorio:¡Qué exposición más acertada¡ Darle presencia y voz al texto habrá sido un regalo para los presentes-oyentes.
    Los cuentos de Pio Baroja fueron un regalo en mi adolescencia.
    Aquí y ahora, me quedo con la lectura de su exposición, que va a servir, sobre todo, para fomentar un reencuentro con la obra de P.B.
    Gracias.
    Hay una visita virtual en su memoria, sencilla y muy estética.

    http://piobaroja.secc.artempus.es/

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  4. La fideuá estaria deliciosa, pero no es plato de cena.

    ¿sobre gustos no hay nada escrito?
    ergo: los libros de cocina son caballos de carrera.

    Saludos muy cordiales

    Ruben

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  5. ghoette y betin_, señor mío, usted lo entender_

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  6. Uaau, el amigo Tales. Pues es una de mis divisas preferidas, y era la preferida de una de mis escritoras preferidas: Isaak Dinesen.
    Una buena fideuá, como una buena paella, va bien incluso para desayunar, y merendar, y entre horas...

    Lola

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  7. ...pues yo tendría curiosidad no sólo por el texto de esta conferencia sinó también por el monólogo interior y previas cabilaciones de esos cinco minutos bajo la lluvia corriendo de correos a drassanes. Seguro que la retahíla de maldiciones y dudas conferenciales entrelazadas fué un poema. :)

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  8. Estupendo ensayo-conferencia. Lo he leído y copiado para leerlo tranquilamente. Si se tercia y aprendo de él algo, haré como tanta gente, presumir de conocedor.

    Por cierto, yo creo que Baroja descansa en paz, y con maliciosa hurañidad (valga la palabra inventada) a quien no nos deja descansar es a nosotros, que seguimos empeñados en darle vida.

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  9. Magnífico, encantador, bravo!!! (aplausos)

    El Museo Marítimo ha mejorado muchísimo, durante años fue un museo que parecía no existir, afortunadamente la cosa ha cambiado, espero que no muera de éxito, la única cosa que no me gusta, pero no sólo ahí, son esas audio-guías con las cuales has de poner cara de póker e ir tocando botoncitos. Me encanta también la tienda, aunque un poco pequeña, con tanta cosa marinera.

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  10. Neelam: Gracias por esa dirección que recoge la exposición de Madrid sobre don Pío.
    Respecto a los cuentos, me siguen pareciendo de lo mejor de Baroja. Creo que aún no estaba empapado de cinismo y eso se nota.

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  11. Rubén: Aquí disiento contigo. La buena fideuá o la buena paella pueden ser perfectamente plato de una cena larga, siempre que esté acompañada de buena compañia y/o de buen vino.

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  12. Lola: Ya ves, coincidimos. También en Dinisen.

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  13. Sra Saeki: Lamento defraudarla. Yo acabé empapado, pero estaba contento. Las morcillas de Calahorra son un manjar muy especial. En realidad es un arroz con leche y mucha canela con sangre de cerdo y forma de morcilla. Un auténtico dulce. Se debe acompañar también con vino blanco muy frío. Pero un rioja decente tampoco casa mal.
    El trecho es largo, pero lo hicimos despacio, hablando de mil cosas Y se hizo corto.
    ¿A que sí, Carlos?

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  14. Luis: Muchas gracias. Ese gesto es un enorme elogio para mi. Yo no me considero, en absoluto, un especialista en Baroja, aunque sí un lector apasionado y, por lo tanto, voluntariamente parcial. Y ahora, también, le estoy agradecido, porque me ha proporcionado un par de meses bien divertidos. Vosotros sois testigos.

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  15. Júlia: Mua, mua.

    Los museos de noche tienen otro encanto. Los objetos no se presentan ordenados y calificados a la mirada, sino que parecen como un poco abandonados, como si aún conservasen la huella de quien los utilizó. Y las sombras, indudablemente son un gran estímulo para la imaginación.

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  16. que me he resultado tan fascinante la lectura que hice... que sentí algo así a cuando leí el pasaje de la Imortalidad que me cautivó con esa historia dentro de la Historia. En serio. Tengo testimonio...

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  17. Lástima no saber lo del Museu Marítim. En todo caso, le felicito por el texto y le agradezco que nos haya permitido seguir el proceso de escritura en el café.

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  18. Lola: Acabo de leer en "Mi vida en Alemania antes y después de 1933", de Karl Löwith, algo que me ha impactado y que por motivos evidentes vengo corriendo a contarte: "No puedo negar que el lema que yo mismo escribí en mi diario, 'navigare necesse est, vivere non est', conduce -con muchos rodeos, pero directamente- de Nietzsche a las frases heroicas de Goebbels".
    Pero claro... tampoco hay que hacer caso siempre a lo que dicen las personas inteligentes, porque ¿quién es inteligente las 24 horas del día?

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  19. Acabo de terminar de leerme su conferencia para encontrarme con una buena pregunta. No creo que muchos logren ser inteligente las 24 horas del día. A mí me cuesta tratar de serlo hasta quince minutos seguidos...

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  20. Nadha: Y quizás lo más inteligente sea no pretender ser a todas las horas inteligente. También tienen derecho a expresarse las partes más triviales de nuestra personalidad.

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  21. Vi un texto muy largo y lo dejé para otro momento, creyendo que debería hacer un esfuerzo para leerlo. En la sobremesa del domingo me parece un texto ligero, elegante, que te invita a releer, con un regalo inefable de Sagarra ... Muy bien hecho. ¡Gracias!
    En Cataluya se ha dado en llamar fideuá a un plato hecho con sobras, como la tortilla de verduras o la ropa vieja. Proviene de Tarragona y es un "rossejat" (tostado) de fideos que se hacia aprovechando un poco de caldo de pescado. Como plato de sobras que es, se acostumbraba hacer para cenar y era de los que gustaba a los niños.

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  22. Jordi: Gracias. Ande, pida lo que quiera, que la casa invita.

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  23. Pues me pido que cuando guste y pueda nos hable del barojiano concepto "confidente audaz". A mi ejemplar de Los Confidentes audaces le faltan las páginas del principio, donde lo define.

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  24. Jordi: Eso es abusar de la buena fe del camarero. La verdad es que con motivo de mi paseo barojiano he dejado de lado unas cuantas cosas que ahora relegan a don Pío a un segundo plano. Así que no sé cuándo podré servirle ese plato, pero para que no me trate de desconsiderado:

    >A ver qué te parece esto

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El amparo de las sombras

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