domingo, 22 de septiembre de 2019

Las paloma muerta

Hemos roto la sagrada rutina dominguera para dar una vuelta a medio día por el Born y el Pla de Palau. Sí, Barcelona está muy bien, pero demasiada gente yendo de aquí para allá como ovejas descarriadas. En mi plaza de Ocata tengo mi mesa, mi café -exquisito- con un trocito de coca, mis libros y mis viejos conocidos de las mesas adyacentes. Hasta las palomas nos están tomando confianza. Ahora se suben a las mesas y no hay manera de asustarlas. Al menor descuido, te quedas sin coca.

El otro día mi nieto G., de 5 años, vio morir una paloma. Estaba inmóvil en una rama y de repente cayó al suelo sin vida. Entre varios niños le hicieron un digno funeral. 

Cuando eres joven ves la rutina como una condena. Necesitas hacer lo diferente simplemente para no hacer lo mismo. Con la edad vas cobrando gusto a la repetición, esa cosa sacramental de los trabajos y los días. La previsibilidad, precisamente porque la sabes inevitablemente provisional, te parece un milagro y que el mismo camarero te sirva en la misma mesa, con los mismos gestos, el mismo café con leche, algo fantástico, extraordinario, homérico. Una gesta de la existencia remontando a contracorriente el tiempo.

Uno vive -entre otras cosas- para ganarse el derecho de tener rutinas y creerse propietario definitivo de una ramita en el gran árbol de la vida.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Lluvia y trabajo

Lluvia y trabajo.


Debiera dejarlo aquí. Este 21 de septiembre ha llovido y he trabajado. Podría añadir, quizás, que a ratos he adelantado algo y que, como tributo a la meteorología, he hecho lentejas. Pero la mayoría del tiempo he estado dando vueltas a la efigie sin descubrir su enigma, haciendo y deshaciendo, como el burro de Oknos el soguero.


No creo que lo importante sean las preguntas. Lo importante es la respuesta. Se podría decir que la respuesta sólo tiene sentido en relación con la pregunta, pero no siempre es así. Hay veces en que estás en paz contigo mismo y con cuanto te rodea y te domina una sensación de encaje que es la respuesta directa a todas las preguntas posibles. La sobreabundancia de respuesta supera a cualquier pregunta que podamos formular.


Pero esto pasa cuando pasa.


Está en el aire de los tiempos. Hay que hablar mejor de las preguntas que de las respuestas; del fracaso mejor que del éxito; de la emoción mejor que de la razón; y de la imperfección mejor que de la perfección.


Aunque el fracaso se ha convertido en virtud, a mi me pone de mal genio, pero es que igual soy muy raro.


De la emoción estoy cansado de hablar.


Sobre imperfección tengo que decir alguna cosa. Cuando escribí el Elogio de las familias sensatamente imperfectas, estaba pensando en la sensatez. Cuando me preguntan por ese libro suelen resaltar, sin embargo, la imperfección. Aquí el matiz es lo que importa.


El hombre, decía Ortega, admite grados. Esto es poco democrático, pero qué le vamos a hacer. El hombre admite grados. Y así como la perfección no los admite, la imperfección los admite de sobra. Contentarse con ser imperfecto es una memez. Al menos, aspiremos a ser lo menos imperfectos posibles, aunque sólo sea de vez en cuando.



Hay en el aire de los tiempos también una animadversión al principio categórico kantiano. El deber no tiene glamur. Incluso más de un cristiano que no se atreve a poner en cuestión los mandamientos, se desahoga criticando a Kant. Pero aquí, en Kant, sí que son importantes las preguntas. La pregunta que guiaba a Kant no era la de saber cómo hemos de actuar, sino la de la posibilidad de ser morales fragmentariamente.



Sigue lloviendo. Apago el ordenador. Mañana será otro día.

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viernes, 20 de septiembre de 2019

Caminos de regreso

Acabo de llegar de Madrid. Me gustan ese pueblo y sus gentes, sus extravagancias, su aristocracia y su aire plebeyo. Y hoy me ha gustado especialmente el Oratorio del Caballero de Gracia, a donde he entrado acuciado por mis necesidades. 

He aprovechado el tiempo que tenía libre por la mañana para visitar un par de librerías de viejo. He vuelto a casa con La vida de J. Balmes de Benito García de los Santos (1848), Menéndez Pelayo y sus ideas, de Edmundo Gonzáles Blanco (1930) y los dos tomos (intonsos) de La voz de un perseguido, de José Calvo Sotelo (1933). El primer tomo está prologado por Antonio Goicoechea y el segundo, por José María Pemán. Los he comprado con la íntima satisfacción de sentirme un raro.



En la comida con el capítulo español del Club de Roma, los que saben -que saben- han pintado un panorama nada halagüeño de la situación económica. Yo les he hablado -que a eso he ido- del futuro de la educación, pero no me he referido a las “competencias del siglo XXI”, sino a las mediciones del capital humano, al "capitalismo cognitivo", a la "Smart fraction theory", a la emergente élite cognitiva y a nuestra carencia de "risk takers". Al salir he visitado otra librería de viejo que tenía fichada desde hace tiempo, pero he decidido que ya había llegado al tope de gasto y he salido de allí sin echar más vacío a mi cartera.



He dicho alguna vez por aquí que se podría hacer una guía de las ciudades de España a partir de sus librerías de viejo y sus libreros. Me reafirmo en la idea. Pero tendría que ser pronto, porque se están cerrando. La librera de la Librería del Prado me ha echado la bronca porque le he confesado que compraba en Iberlibro que, según me ha asegurado, es Amazon. Ya no me he atrevido a decirle que también compro en Amazon. Sin embargo, el argumento que ha empleado me ha dejado inquieto: por cada compra que hago en Iberlibro contribuyo con un pequeño impuesto al erario público de Luxemburgo. ¿Será así? Por si acaso, voy a probar con uniliber-com.



El miércoles pasado me renové el DNI y el pasaporte. No son dos meros objetos. Nada hay que nos resulte más inseparable que nuestro DNI. Está tan impregnado de nosotros,  que es como una prótesis política. Como al verme en el nuevo, me siento extraño y un poco intruso, he decidido llevar durante unos días el viejo, como un ejercicio de transmisión de impregnaciones: "…et quasi cursores vitae lampada tradunt". El pasaporte también está impregnado, pero de imágenes lejanas, de aviones, autobuses y hoteles; de amigos del otro lado del Atlántico y los Rodopes  y de anécdotas. Es una prótesis sentimental. Un pasaporte caducado es el mejor viático para despertar reminiscencias y perderse un rato parsimoniosamente por ellas.



Una vez en casa, me he hecho un bocadillo de tortilla con chistorra para cenar. Eso y un vaso de vino de Toro ha sido mi porción de experiencia felicitaria del día. Gracias a que tenemos un sitio al que volver salimos por ahí a encontrar caminos de regreso.

jueves, 19 de septiembre de 2019

¡Viva la vida!

Tengo muchas cosas que decir, pero no tengo tiempo para decirlas. Mañana me voy a Madrid a presentar ante el capítulo español del Club de Roma mis ideas para solucionarlo todo... o, al menos, alguna cosilla... 

Ya contaré. 

He estado pensando en iniciar algo así como un "Diario de otoño" que seguiría más o menos el tono de los "Existencialismos" de este verano que hoy se despiden y que ustedes han seguido si han querido. Cuando vuelva de Madrid me pondré las pilas... si tengo tiempo... porque el miércoles me voy a Valladolid y ya me han amenazado con un lechazo. 

O sea que a la vuelta... si es que...

Resulta que la vejez me ha traído un regalo excepcional y completamemte inesperado (junto a unos cuantos achaques, es cierto): la libertad de pensamiento. Y parece que lo que digo sobre algunos temas no resulta indiferente.

Por ejemplo: Hoy he comenzado una sección -mensual, que no doy para más- en RNE. 

Me pidieron unos amigos religiosos de Madrid un prólogo para un libro con un título que me pareció irresistible y, por lo tanto, que me impedía decir que no: "Pedagogía sacramental". Lo escribí, lo envíé y he estado unos días esperando a ver qué les parecía. Hoy me ha llegado la respuesta: "El prólogo me ha parecido atinado, sincero y profundo. Muchísimas gracias." ¿Y saben qué? Me he sentido feliz.
¡Viva la vida!

De vuelta a mi psiquiatra

En El Subjetivo

lunes, 16 de septiembre de 2019

viernes, 13 de septiembre de 2019

Despertar

Me gustaría hablar del momento del despertar. De esos segundos en los que emerges de ti mismo y apareces ante el mundo desnudo de verdad (desnudo de ti mismo y de certezas). Pero para poder hacerlo bien, necesitaría vivir esa secuencia completamente despierto, registrando el proceso meticulosamente con mi conciencia.

Se puede intentar hablar con un pelín más de rigor de eso que llamamos espabilarse pensando en lo que nos pasa cuando lo experimentamos en un lugar extraño. Entonces todo ocurre con una cierta lejanía,  porque la desubicación es mayor, y, por lo tanto, con un poco más de perspectiva. Lejos de nuestra cama, el despertar tiene algo de reubicación completa. 

Lo primero, especialmente cuando hay que desadormecer a las órdenes del despertador a horas intempestivas, es recuperar los mandos. Uno sabe que está despierto, que acaba de despertarse, porque no es completamente dueño de sí, aún no  ha espabilado. Cuando estaba dormido tampoco era dueño  de sí, pero entonces no lo sabía. Ahora sí. Ahora algo del control de sí mismo aún no le pertenece. El sueño es un tirano caprichoso y no le gusta desprenderse alegremente de sus siervos. Hay que rehacerse. Esa perplejidad inicial que nos saca a la superficie a respirar a la luz de la  conciencia, dice mucho de nosotros mismos. 

Poco después de despertar nos llegan a la conciencia algunas imágenes de ese arte poético involuntario que es el sueño (la frase es de Jean-Paul Richter). Mientras soñamos no existimos como conciencia que sueña. Lo que existe es nuestro sueño. Al despertar, somos conciencia perpleja que recuerda algo que algo que no era ella, ha soñado.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Un guerrero vencido

A mi nieto G. le gusta disfrazarse. Le da igual que haga calor o frío. Si decide ponerse una capa, es imposible frenar al Drácula que hay en él, aunque de un momento a otro puede dejar de ser Drácula para pasar a ser Supermán. Si quiere ser un cruzado, se pondrá sus mallas, su escudo y su espada y no tendrá inconveniente alguno en salir a la calle dispuesto a luchar contra los dragones. Ortega decía que el hombre es un animal metafórico. Viendo a mi nieto, no hay nada más cierto. 

Ser metafórico no es ser como otro. Es ser otro. Es ver el mundo desde los ojos de ese otro y, sobre todo, constatar que en ese otro se manifiesta una parte esencial de ti mismo.

Ayer apareció disfrazado de cruzado. Viendo los desgarros que el violento viento nocturno había hecho entre los árboles, parecía, ciertamente, un disfraz de lo más pertinente. ¿Qué nos podía pasar si nos abría paso por las aceras un caballero blandiendo su espada de porespán? 

Y, sin embargo, aquel noble caballero, cuando se sentía contrariado, se enfurruñaba, bajaba la cabeza, dejaba caer los brazos y se negaba a dar un paso adelante. 

Se ha sentido especialmente contrariado al pasar por delante de la puerta, aún cerrada, del colegio que lo recibe esta mañana como heraldo impasible de la normalidad. La normalidad es ese milagro cotidiano que, a veces, tanta pereza da afrontar.

El cruzado rendido ante la fatalidad confirmaba con su gesto de impotencia la evidencia de que, ante la realidad, siempre estamos en primera línea.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

11 de septiembre

7 de la mañana. Las farolas proyectan sus luces amarillentas sobre las jacarandas arremolinadas por el viento. No se puede decir que haga frío, pero sí fresquito. El horizonte comienza a teñirse de un rosa muy poco homérico. Es un rosa discreto y grisáceo, de día de labor. Parece que hace nada que yo iba a estas horas a la playa a darme un baño para poder ver después el encierro en la tele.

Ayer estuvo Ferran Sáez en la sala capitular del ayuntamiento del Masnou, dando una conferencia sobre identidades en la víspera del 11 de septiembre. Dijo, como suele, cosas interesantes con un tono entre coloquial y erudito que maneja muy bien y planteó una pregunta seria: ¿Son compatibles la nación y la mundialización? Yo respondía indirectamente a esta misma pregunta hace unos días desde las páginas de El Mundo: "Si los flujos (de mercancías, capitales, personas y nubes tóxicas) son más importantes que las fronteras, la legitimidad de las instituciones políticas está en riesgo".

Con respecto al 11 de septiembre, dos consideraciones.
 
La primera de Pla, que en un pasaje de su Cambó y refiriéndose, supuestamente, a un momento concreto del naciente catalanismo,  escribe:  “...no confiant veure realitzats els seus ideals, tingueren un gran afany en veure’ls pintats”.

La segunda del ambiguo Iliá Ehrenburg. Cuenta en sus Memorias  que en julio del 36, tras la derrota -provisional- de la insurrección militar en Cataluña, se recluyó a los principales insurrectos en el crucero Uruguay, que hacía las veces de cárcel flotante en el puerto de Barcelona. Buena parte de la población pedía la cabeza de los detenidos, pero había algunas buenas personas que proponían en las Ramblas una solución más filantrópica: Había que enviar a los diez republicanos catalanes más inteligentes a dialogar con los militares sublevados a fin de hacerles ver sus errores y convencerlos de que entraran a formar parte de una comuna.  

Ya ha amanecido. El cielo, gris y bajo. Dan ganas de volverse a la cama.
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martes, 10 de septiembre de 2019

Hojas

Amanece. El cielo está encapotado y agresivo. Desde la ventana de mi cuarto veo las frondosas copas de las jacarandás sacudidas por el viento. Es un espectáculo a la vez humilde -por elemental- y hermoso. Cada rama se mueve a su ritmo y el conjunto -la comparación es manida, pero cierta- tiene algo de oleaje. El verde de las hojas ya es un verde cansado, pero el viento aún arranca de la fronda algún verde luminoso y vivo. 

Desde que Homero escribiera en la Ilíada que "las generaciones de los hombres son como las hojas del bosque", en Europa no podemos ver una hoja en otoño sin sentir como una punzada de melancolía teñida de moralidad.

El otoño es la estación moral. Comienza con la caída de las hojas y acaba con ese olor peculiar de las castañas asadas. Los años nos han enseñado que siempre huelen mejor que lo que saben, como tantas cosas en la vida.

"Todo paisaje es un estado del alma", escribe Amiel en su Diario. Y añade: "el que lee en ambos queda maravillado de encontrar en cada detalle semejanza".

El otoño es el paisaje del alma melancólica.

Pero si ha de ser moral, el otoño no puede ser sólo melancólico. La melancolía, al fin y al cabo, es ese último mordisco que le damos al bocadillo que nos está sabiendo tan bueno, que, de repente, sólo sabe a memoria.

La moralidad, si se quiere afirmar conscientemente a sí misma, ha de ser más acción que pasión. Por eso Marco Aurelio nos anima a ser dignos y a agradecer que caemos al pie del árbol que nos permitió brotar.

La imagen del nuevo verdor que engalanará el árbol en primavera no tiene por qué ser triste sólo porque nosotros ya no estemos para verlo.

No debe ser triste.

lunes, 9 de septiembre de 2019

De verdad, de verdad

A mí lo que gusta, de verdad de verdad, es que mis hijos y sus familias, al completo, vengan a comer a casa los fines de semana. Me gusta hacer la compra en el mercado con mi carrito destartalado los sábados por la mañana, preparar para todos más comida de la que, estoy completamente seguro de ello, vamos a comer; me gusta que mi mujer me proteste porque "¿A dónde vas, con tanta comida?" Me gusta que la mesa esté llena de platos diversos... incluso echaría en falta una pequeña riña entre los nietos si no la hubiera. Y después, cuando ya hemos comido y llevamos un rato de sobremesa, me gusta retirarme para echar la siesta en mi cuarto y, a ser posible, que me despierte un  nieto con la guinda tan dulce de un beso de despedida. Creo que esta es una de las cosas que con el tiempo, cuando se mira hacia atrás, se dice, "aquello era la felicidad". Y también, ¿por qué no decirlo?, me gusta mucho cuando se han ido todos y nos quedamos mi mujer y yo solos y en paz. ¡Qué rico sabe ese primer silencio! ¡Qué bien se está ese ratico antes de que volvamos a hablar de los nietos y de los hijos y del mundo que les espera!

Les revelaré un poderoso secreto: El futuro caduca, pero la memoria queda. 

domingo, 8 de septiembre de 2019

Dios vive entre columpios

Los milagros de la trivialidad: la maravilla de columpiar a un nieto, porque Dios vive en lo casi anodino, entre columpios. 

Escribe Unamuno por algún sitio que si no se salva su perro, tampoco quiere salvarse él, porque no puede imaginarse la felicidad celeste sin que la lengua del alma de su perro lama la mano de su alma. Pues yo no me puedo imaginar el cielo sin un columpio donde columpiar a un nieto.

Estoy columpiando a mi nieto y me veo a mí mismo tomando el testigo del balanceo de las manos que me columpiaban a mí hace ya tanto tiempo. Por otra parte, siento que es mi nieto el que me está columpiando a mí con cada impulso que le doy. 

Yo también voy y vengo, asciendo con mi nieto hasta el cielo y vuelvo al suelo para tomar un nuevo impulso que me lance a las nubes, paisaje natural de la imaginación infantil... ¿y senil?

Las nubes de mi infancia en el valle del Ebro las llevo siempre conmigo. Soy nefelibata, como Rubén Darío, e inspector de nubes, como Ramón. 

El inspector de nubes lo que inspecciona es la imposibilidad de estabular las nubes... que es lo que están haciendo los modernos educadores emocionales con las emociones. 

Sí, las nubes tienen forma de emoción. Por eso son lo más opuesto que hay a los adoquines.

Vuelvo a mi nieto, que he de darle un nuevo impulso.

Los dos estamos encerrados en un bucle de felicidad. Somos una única cosa y nos hemos zampado el mundo en un vaivén. Seguramente debe haber algún nombre en el budismo para esto. 

Ayer hablaba de la acción pura y de la emoción pura. Hoy tomo nota de la existencia de acción emocional pura.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Dormir entre sábanas

Ya hay que dormir con las ventanas cerradas. Hay que arroparse, buscar entre las sábanas el calor que nos falta. Es posible, de nuevo, reencontrarse con la intimidad.

La intimidad es el espacio que hay entre la pasión pura y la acción pura. 

En la pasión pura algo que surge de nosotros se apodera de nosotros y nos encierra en nosotros mismos. En la acción pura, algo que nos saca de nosotros nos confunde con la actividad que realizamos. 

La pasión pura: el enamoramiento, el duelo... No hay manera de alejarse de nuestras emociones. El mundo se reduce al latido de nuestro corazón.

La acción pura: el juego del niño. La vida entera está en la acción. Nos volcamos en ella. El mundo se reduce al juguete que tenemos entre manos.

Se necesita un espacio intermedio para hacer posible la reflexión serena sobre nosotros mismos que nos permita, por ejemplo, preguntarnos por qué, si conocemos lo bueno, con tanta frecuencia elijamos lo malo.

Tengo que perder peso.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Nuestros errores nos corrigen

En uno de sus  aforismos, Antonio Pérez, personaje complejo donde los haya, escribe: “Los ídolos no gustan de ver delante de sí al escultor que los labró”.

¿Es entonces la creencia algo así como la ignorancia de/en un escultor?

Y en esto me he dado cuenta de que llegaba con una hora de antelación.

Pongamos las cosas en orden. Esta mañana he tenido un gratísimo encuentro con los profesores de un centro educativo, en una casa de colonias situada cerca de Ocata, pero al otro lado de la Sierra Litoral. Me he levantado puntualmente a la hora marcada en el despertador, me he duchado, me he vestido, he hecho un par de cosas más y con el tiempo justo, me he puesto en marcha. A medio camino me he dado cuenta de que el acto comenzaba a las 10:00 y llegaba con hora y media de anticipación. Podía haber vuelto a casa, pero he preferido desviarme para entrar en los pueblos de la Sierra, Òrrius y Dosrius. He tomado un café en este segundo pueblo, he leído un poco y he encajado mi horario real con el previsto. 

Ya comienzan las encinas y pinos ha adquirir sus tonos otoñales. Con el sol iluminándolos en diagonal y la carretera vacía, el recorrido ha merecido la pena. Con frecuencia nuestros errores nos corrigen.

Iba pensando en lo que iba a decir y mientras me comprometía a no decir nada que no creyera, me iba preguntando por las certezas que sostienen mis creencias, pero atendiendo a lo urgente, he dejado las preguntas a un lado para disfrutar en paz de la luz de la mañana y del color de las encinas.

Somos el obvio escultor de nuestros errores.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Lo singular

I
Escribe Derrida en La tarjeta postal: "Desde el momento en que lo que te escribo se convierte en literatura, ya no me dirijo a ti y, por consiguiente, falto a ese deber que me ordena que me dirija a ti de forma singular".

II
Derrida se dedica con frecuencia a someter lo obvio a análisis hiperbólicos, con lo cual lo cotidiano tiene que acabar pidiendo perdón por no estar a la altura de lo imposible. Uno se dirige a los demás con los recursos que tiene y entre estos recursos están las frases hechas. Para dirigirme al otro de forma singular necesitaría un idioma singular.  

III
También cuando me pienso mis pensamientos se convierten en literatura y ya no me dirijo a mí mismo de forma singular.

IV
Platón decía que lo singular es inefable, "álogos", no hay palabras para nombrarlo ni pensamientos para pensarlo.

V
Artículo en El Subjetivo: El enemigo es el enemigo.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Días de repasos

I
Ha aparecido mi sombrero, el sombrero con el que recorrí el sur de los Estados Unidos y el sur de Bulgaria, el sombrero que lleva prendido en cada milímetro un recuerdo, el sombrero que me perdieron mis nietos. Se había quedado en el castillo de Cardona, sin duda a impregnarse de nuevos recuerdos.
II
Días de repasos de prótesis: Oculista, dentista, otorrino. El viejo, como animal con prótesis.
III
Profunda insatisfacción con algunas cosas que estoy escribiendo. No consigo avanzar y cuando creo haber avanzado, resulta que he retrocedido. Sé que escribo mal cuando tengo las ideas confusas, pero para aclararme las ideas tengo que escribirlas. Necesito ver mi confusión sobre el papel. Pero ahora me quedo mirándola como un Narciso acomplejado y no encuentro manera de progresar. Necesito alguna prótesis intelectual. No estoy disfrutando.
IV
La naturaleza es tan sabia -ya dijo Aristóteles que no hace nada en vano- que inventó el verano para que los hombres pudiéramos disfrutar de las cervezas. Se acaba el verano y para sacarle todo el gusto a la cerveza se necesita la ayuda, inestimable, ciertamente, de un pincho de tortilla. La cerveza deja de ser “causa sui”. 
V
A punto de comenzar el nuevo curso escolar, leo en Alex Beard (Otras formas de aprender, 2019) que el 40% de chicos y el 35% de las chicas finlandesas reconocen, a los 15 años, que no les gusta la escuela.

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martes, 3 de septiembre de 2019

Seguir con vida

 I
Me encuentro a un amigo del pueblo al que hace tiempo que no he visto. Está sentado con su mujer en la terraza de un bar. Me siento a su lado. Pido un cortado. Hablamos de nuestros hijos, de nuestros nietos, de nuestras cosas y, de repente, mi amigo se me queda mirando fijamente, me pone la mano en el hombre y me dice: "Perdona, pero no sé quién eres. Debes ser amigo mío, porque me hablas con cariño, pero no sé quién eres". Intento reaccionar son normalidad, pero ¿qué es la normalidad en estos casos? Su mujer y yo nos cruzamos las miradas, en silencio. En cuanto puedo le digo mi nombre y cuatro referencias comunes que me parecen decisivas. "Si, sí, me contesta, pero no tengo nada detrás de tus palabras, no tengo recuerdos de nada, pero, si no te importa, la próxima vez que me veas, siéntate a mi lado, porque creo que me aprecias."
II
Me invita una poderosa institución internacional que paga muy bien a que hable de A. Les contesto que, de acuerdo, siempre que ellos tengan claro lo que yo entiendo por A. Se lo explico. Respuesta: creemos que tus conocimientos sobre A son mucho más amplios y profundos que los nuestros, por lo tanto, mejor que dejemos la invitación para otra ocasión.
III

lunes, 2 de septiembre de 2019

Le trinaban las corcheas

I
Me ha despertado el súbito incendio de la noche, el flash de un rayo inesperado. Me he levantado desorientado. La oscuridad del cielo estaba viva. La tormenta lanzaba fogonazos eléctricos al azar respondidos por un rumor profundo de truenos que parecía salir de la tierra.
II
No hay tormenta se verano que no me recuerde la cara de desolación de mi madre mirando al cielo, temiendo la granizada que nos podría dejar sin cosecha y, por lo tanto, sin ingresos ni sustento. “Hijo mío -me decía entonces con una voz que era más la de una orden perentoria que la de un lamento-, no seas del campo, que es lo último del mundo”. 
III
Un día se presentó en nuestra casa el médico del pueblo -el médico, don Ramiro Layana, no el maestro- y le dijo a mi madre: “Gloria, tu hijo vale para los estudios”, que es como se decían entonces estas cosas. Aquel anuncio nos creó no pocos quebraderos de cabeza, porque no era fácil darle respuesta siendo una familia humilde que vivía en un pueblo pequeño. Al final, encontramos un internado económicamente asequible -y caritativo- en el norte de Navarra y fui a despedirme del médico con un nudo en la garganta que no había medicina que curase. 
IV
Recuerdo los primeros meses del internado con un dolor que sé que nunca se diluirá. Todos se reían de mi forma de hablar, porque terminaba los infinitivos en ele ("comel", "venil"...), decía "ahura" en vez de "ahora, "muete" en lugar de "chaval" y cosas así. Y, sin embargo, para mí era evidente que los que hablaban mal eran todos ellos. 
 V
Por supuesto, añoraba mi casa. La añoraba especialmente los días de tormenta cuando recordaba las palabras de mi madre mientras apretaba mi frente contra el vidrio de la ventana: “Hijo, no seas del campo, que es lo último del mundo”. Pero me estaba costando hablar bien el español de aquellos extraños.
VI
Ravel, no me olvido de ti. Ayer pensaba que te trinaban las corcheas lo quisieras o no, que te cobraban vida en el pentagrama y no podían reprimir de vez en cuando un pío en la.
VII
Ha comenzado el diluvio. Me voy a la cama.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Alborada del gracioso

I
Ayer por la tarde se estrenó oficialmente la temporada de las esplendorosas puestas de sol en la playa de Ocata. Lo sé porque yo estaba allí tomando nota de las metamorfosis del cielo sobre Collserola. Ravel es testigo. Justo cuando comenzó el espectáculo, se puso a susurrarme por los auriculares la Alborada del gracioso. Total, tu atardecer no es más que un amanecer para otro.

II
Amiel está hoy demasiado olvidado, pero su Diario Íntimo nunca decepciona. Ayer por la noche me sorprendió diciéndome esto: "Esta noche he experimentado un vacío al entrar en mí mismo".

III
Los días se me hacen cortos. Con 24 horas no tengo suficiente. ¡Quiero hacer tantas cosas! ¡Hay tanto que escuchar, que leer, que escribir, que viajar, que ver crecer y menguar! Con frecuencia al entrar en mí mismo siento un ajetreo, como de casa en traslado. He desmontado la casa vieja, la he empaquetado y he traído todo a la casa nueva, pero no puedo colocar cada cosa en su sitio porque no paran de llegar nuevos paquetes. Estoy permanentemente de mudanza.

sábado, 31 de agosto de 2019

Las palabras que se llevó el tiempo



Ha bierto la ventana de par en par, confiando en que el destino me enviase el trino de algún pajarillo cercano. Pero el silencio es total, de calma chicha. Las jacarandás de la calle están desiertas y Ocata parece haber enmudecido ante el silencio del genio. Si Dios me hubiese dotado de alguna gracia para el baile, le concedería a la pantalla muda de mi ordenador el honor de un aurresku. Como no es así, me conformaré con libar sobre un hayedo imaginario unas gotas de una copa de izarra que no tengo.

Mi madre Oca

 I
Ayer, avanzadas ya las 8 de la tarde, cuando volvía a casa después de un largo paseo por la playa que me llevó hasta Vilassar, el mar se tiñó de repente de escamas de salmón. Tal como me oyen (o leen): Con todas las tonalidades del salmón: de las más plateadas y vivas a las más propiamente asalmonadas, con alguna pincelada de bronce bruñido. Y yo escuchaba entusiasmado Ma Mère L'Oye, en las dos versiones que concibió Ravel, para piano y para orquesta y en ambas me pareció un himno a la ternura. 

 II
Todo comienza con el girar de la rueca, interrumpido por el grito de dolor de la hilandera, que se ha pinchado y que yo no sé muy bien si es Mamá Oca o una imagen de las Parcas, aquellas tres mujeres, Cloto, Láquesis y Átropo que guían nuestros destinos hilando nuestras vidas. A ellas les gusta usar lana blanca, pero, caprichosamente la entreveran con hilos de oro o de lana negra, hasta que consideran que ya tienen suficiente y, ¡zas!, con un tijeretazo cortan el hilo de nuestra vida.

III
Ma Mère L’Oye se puede escuchar con las Hilanderas de Velázquez en la imaginación y un libro de Perrault bajo el brazo.

IV
Estoy buscando pájaros en la obra de Ravel.

V
Tras leer Por la concordia, de Cambó, he abierto el Cambó de Pla. Si Cambó te deja con un melancólico mal gusto de boca, Pla es como Lucrecio, que puede decirte las cosas más tremendas poniéndote de vez en cuando una gota de miel en su prosa. Su literatura es alta cocina, y muy sofisticada, acompañada de un porrón de vino más fuerte que exquisito. Pla es un Demócrito que mira con una desconfianza socarrona a todos los Heráclitos del mundo. Heráclito era el filósofo melancólico que cuando miraba al mundo no podía impedir llorar de pena, tanta era su empatía con los males del hombre. Demócrito, que veía exactamente lo mismo, como manejaba el arte filosófico de la distancia, en lugar de lllorar, dejaba traslucir en su cara una sonrisa discreta.

VI
En una famosa entrevista televisiva con Soler Serrano, Pla esboza una diferencia irónica entre la literatura castellana y la catalana. La primera escribiría frases “con cola de pez”, es decir, con un añadido estético que barroquizaría el conjunto, mientras que el catalán, más cartesiano y ascético, iría más directo a la faena enlazando, sin artilugios, sujetos, verbos y predicados. La división ha tenido fortuna porque Pla, siendo Pla, establece una diferencia y aquí toda diferencia está muy valorada. Pero, les pongo un ejemplo entre míl y ustedes decidirán. Escibe Pla: “Quan el dia era favorable a l’afinitat, les paraules s’acabaven i passaven les hores completament muts, l’un de cara a la riuada de la rambla, l’altre girat sobre l’interior de la botiga tocada per una llum vacil·lant.”

VII
Pla quiere ser objetivo y preciso con todo, y esa voluntad,  como es democrítea, es la fuente de su socarronería… en primer lugar, consigo mismo. A veces pienso que Pla es el único catalán capaz de dominar todos los perfiles del humor. Por eso es tan serio.

viernes, 30 de agosto de 2019

Aleluyas de la siesta bendita

Nunca en mi vida había sesteado más que en este verano que declina.
¡Y qué felicidad!
Al poco de comer, un calorcillo interno, que nace en la boca del estómago, va avanzando como una marea hasta colgarse de tus párpados con una pesadez rotunda e innegociable.
Cierras, irremediablemente, los ojos y casi oyes el descoyuntarse de todas tus articulaciones, las del cuerpo y las del alma, hasta hacer de ti un rescoldo de algo que busca amparo en la placidez del vacío: no leer, no escribir, no pagar cuentas y vivir como un millonario en la nada encantada.
La siesta es el nihilismo amigo que te anima a abandonarte a la voracidad de la placidez absoluta. Posiblemente sea el resto de algo que ya existía antes de la creación del mundo.
Pero si, al cerrar los ojos, uno se precipita en la paz, al abrirlos, lo recibe un ligero sobresalto que exige unos segundos de rearticulación del yo, de recogida de lo disperso de ti mismo para volver a darle forma antes de estirar la mano y comprobar que la realidad es eso que te espera ahí afuera con sus aristas.
Despertar es sentirte arrojado a la orilla de la vigilia.
Bendita siesta.
Si esto sigue así, quizás en un futuro próximo, pongamos que en dos o tres años, mis siestas durarán todo el verano. Inclinaré la cerviz ante Morfeo a finales de julio y me despertaré con los truenos de las primeras tormentas de despedida del verano. Será mi forma de hacer turismo.
Si el líquido amniótico del cuerpo es el agua calmada del mar infinito en los amaneceres de agosto, el líquido amniótico del alma es la siesta, esa visita a lo indefinido, al “to ápeiron” de Anaximandro, al mundo desmundado, a lo que no fuiste nunca antes de ser algo.
Quien sestea, ya me entiende.

jueves, 29 de agosto de 2019

El estilo

I
Me ha sorprendido la amplia cogida del artículo de El Mundo sobre el conservadurismo. Creo que el tono poco habitual de la poco habitual defensa de las ideas conservadoras, ha ayudado. Pero es que el tono, a mi parecer, debiera ser una característica conservadora. No hace falta mucho esfuerzo. Basta con negarse a secundar las groserías con las que recibimos y enjuiciamos las noticias hodiernas. Sin duda los medios no renunciarán al titular hiperbólico, al comentario sarcástico y, sobre todo, a la propaganda. Su papel es congregar al máximo número de lectores en torno a una noticia patra vendérselos posteriormente a un anunciante. Los medios de comunicación son medios de publicidad masiva. No soy tan ingenuo como para pensar que las cosas pudieran ser de otra manera. El terreno de la acción política no es el de la verdad, sino el del simulacro. Precisamente por eso es importante el estilo.

II
"Estilo" proviene de "estilete", el punzón que los alumnos de las escuelas antiguas utilizaban para grabar sus textos en sus pizarras de cera. El estilo es, pues, en primer lugar, la caligrafía. Y, en segundo lugar… en segundo lugar el estilete puede ser un arma blanca. De esta forma la usaron los alumnos de San Casiano de Imola. Por negarse a sacrificar a los dioses paganos, los jueces romanos condenaron al maestro Casiano a morir en manos de sus alumnos, que se brindaron entusiastas a hacer de verdugos. Lo desnudaron y le desgarraron el cuerpo con sus estiletes. Alguno hubo que recurrió a la ignominia y escribió distintas frases sobre la piel de su maestro, pidiéndole que lo corrigiera si lo hacían mal.

III

El estilo como pasarela del oprobio. Este es un ejercicio paradójico muy propio de humanos.

IV

Yo crecí en una cultura repleta de santos y héroes. De más santos que héroes, porque no había día que no actualizara el martirologio y soñaba con lo valiente que sería en el trascendental momento en que un poderoso déspota pagano me exigiera sacrificar a sus dioses. Hoy sé que vendería mi alma al diablo para que acorte las ligeras molestias que produce, una vez al año, la higienista empeñada en cuidar de mi boca.Toco ayer,.

V

¿Quién sabe si seremos juzgados finalmente por nuestro estilo?

- ¿Cuál fue su estilo? -nos preguntarán en el día del Juicio final.

Si me hicieran la pregunta en este momento podría contestar algo de este tipo:

- Fui una persona mala que apenas tuvo posibilidades de ser malo de verdad y que cuando tuvo alguna, le dio pereza.

miércoles, 28 de agosto de 2019

¿Es el corazón un cazador solitario?

I
Lo habitual. Pura mecánica existencial: pasamos agosto quejándonos del verano y en cuanto asoman las primeras lluvias se apodera de nosotros esa melancolía de domingo por la tarde. Tanto empeño en cambiar la realidad y lo que realmente nos gustaría es que la realidad no nos ignore.

II
Una vez oí a una madre decirle a su hijo -era la estación de Sants-: “¡Que no vuelvas llorando, te digo! ¡Que me traigas si hace falta su corazón en la mano!” Fue hace tiempo, pero recuerdo con frecuencia la escena. El niño tendría unos 10 años. ¿Se iba o volvía? ¿Era aquel un reencuentro o una despedida?

III
Otra vez entré en un bar del rabal barcelonés a hacer tiempo para un asunto que no viene a cuento. Me senté en la barra y pedí una cerveza. Me di cuenta entonces de que me había sentado entre un borracho y una mujer de peso. El borracho, mirando a la copa que tenía entre las manos como si fuera una bola de cristal en la que leía el futuro, le dijo a la mujer: “Oigo desde aquí latir tu corazón. De aquí a una hora me lo comeré”. La mujer se echó a reír con una carcajada escandalosa. Yo cogí mi cerveza y me senté en una mesa, junto a la puerta. No era una amenaza, sino una profecía que no parecía desagradar a la mujer. No me pregunten por qué estoy hablando hoy de corazones.

IV
Estoy empantanado con del libro que tengo entre manos. Demasiadas notas. Es difícil ordenarlas todas. La primera es una cita de Tocqueville: “El hábito de la inatención debe ser considerado como el mayor vicio del espíritu democrático”.

V
Ayer llovió. Nos vino encima todo el agua que nos negó el verano. Fui al dentista por la mañana y al peluquero del pueblo por la tarde. Y a medio día recibí un paquete de Carlos Goñi y Pilar Guembe con una novela de Carlos, dos botellas de vino y esta camiseta: 


 El corazón no siempre es un cazador solitario.
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martes, 27 de agosto de 2019

Ravel

I
Sí, sigue haciendo calor, pero es un calor como viejo y cansado. El cielo tiene algo de impuro. La misma naturaleza, agostada, nos advierte que esto se acaba. En la plaza de Ocata se amotinan las hojas secas de los plátanos, heraldos de su propia muerte. Y de nuevo ante la repetición anual de lo biológicamente trivial, el espectáculo de las hojas secas, uno metaforiza. No sabemos vivir en condiciones de absoluta realidad.
 
II
F. -amigo admirado, intelectual, melómano, e independentista catalán- me envía una foto de la puerta de entrada del cementerio de Roda de Isábena con un cartel que dice: “Después de limpiar los nichos, recojan la basura. Gracias”.  “Este rotundo cartel -comenta- bien podría ser el título de un ensayo del último Ciorán. ¿Estás bien? Espero que sí”.
 
Se inicia así entre nosotros el siguiente diálogo:
 
- A mí me gustaba mucho -le contesto- un anuncio de los cementerios de Barcelona que decía: “Cementerios de Barcelona. Tan cerca de la naturaleza”. Me parecía un lema propio de Lucrecio. Estoy bien. Trabajo mucho (que es lo que me gusta) y viajo bastante (que me gusta menos, pero tampoco está mal, aunque no sé si el mundo es un lugar muy digno de ser conocido al detalle). ¿Y tú? Una pregunta: ¿Crees que Ravel estaba dotado del sentido de la ironía?
 
- Extraña pregunta. De Ravel conozco esencialmente las piezas para piano. Me gusta especialmente la célebre Pavana. Las piezas orquestales y de manera especial el Bolero, me interesan muy poco. Seguramente eso se debe a un prejuicio mío: cuando escucho a Ravel pienso en algo así como en un Debussy menor (siempre he ubicado a Debussy entre los grandes). Al leer tu mail he buscado el rostro de Ravel por internet. Sólo recordaba una imagen suya muy circunspecta en la cubierta de un CD. He visto que el resto de retratos son igualmente circunspectos, incluso con una cierta mala leche. Me parece, pues, que de ironía, poca. Subrayo que se trata de un prejuicio facial, no de un análisis musical. Por lo que a mi respecta, de aquí a 15 días sale mi nuevo libro.  La salud no me acompaña mucho, pero he decidido no quejarme.
 
- La salud, amigo, se está convirtiendo para nosotros en el último refugio del pudor. Tengo a Ravel por un genio que sudaba arte, por eso me temo que estaba incapacitado para la ironía, no podía alejarse de su propio sudor.
 
- Creo que las únicas cosas incompatibles con la ironía son la religión y el sexo.
 
- Efectivamente y por eso me interesa el caso de Ravel.
 
- En mi próximo libro tengo escrita esta entrada: “Una corrección al primer Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, hay que componer boleros”.

- A Ravel le hubiera gustado. Te felicitaría. Pero para hacer realidad el aforismo de Ludwig, Ravel compuso el Concierto para la mano izquierda para su hermano, Paul Wittgenstein, que era manco.


III 
Apostillas.
Echenoz cuenta que durante su estancia en los Estados Unidos, a Ravel le gustaba causar viva impresión entre los músicos de la orquestas que dirigía “combinando de modo distinto, de un día para otro, el color de la camisa y de los tirantes: una vez rosas, otra azules”. Cuenta también que a quienes le preguntaban cuál era su obra maestra, contestaba: “El Bolero, desde luego, está vacío de música”.
 
Vladimir Jankélévitch ha estudiado a fondo la música de Ravel y se refiere varias veces a su humor, aunque de forma singular. Dos ejemplos:
 
“… l’humour pincé et quelque peu patricien de l’Heure espagnole”…
 
“… l’humour un peu acide de Ravel”
 
A mí también me gusta La Pavana. A Jankélévitch, no: “La Pavana no es apenas defendible; sus tres variaciones languidecen un poco y en vano se buscaría en ellas un acento personal”.
 
Pero lo importante es que en el Ravel de Jankélévitch encuentro lo que ya hallé insinuado en el de Echenoz: la dimensión aérea, alada, más precisamente, de este músico genial: su pasión por las aves y su voluntad de hacer música con sus trinos. Esto me ayuda a completar y perfilar su protagonismo en Mi familia es bestial.
 
IV
Hay que proteger como a un tesoro a esos amigos que no votan como nosotros. Es un imperativo de salud política.

lunes, 26 de agosto de 2019

B.


I
“A veces se arrepiente uno de salir del baño”. Así empieza el Ravel de Jean Echenoz, literatura, tout court. La literatura se reconoce porque es un país que se habita de otra manera. No hay forma de saber a priori cuál es esa otra manera de habitar. Cada autor es una forma de habitar de otra manera la literatura. Y si no es así, será un escritor, pero no propiamente un autor.

II
Ravel es indirectamente uno de los protagonistas de un cuento largo que hemos escrito mi nieto Bruno y yo titulado Mi familia es bestial. Se publicará en primavera. En principio lo elegí porque me parecía un gesto de incorrección pedagógica. La música que merece su nombre, como la literatura que merece su nombre exigen un ejercicio de habituación a la forma de habitar el país que te proponen. La sensibilidad literaria o musical no vienen nativamente afinadas. Requieren horas y horas de diapasón. Pero cuando uno aprende a habitar el mundo con uno de los grandes -y Ravel es de los más grandes- todo adquiere otra densidad. La música no se oye. En la música se habita. La literatura no se lee. En la literatura se habita. Y estos habitar te descubren pliegues insólitos del mundo, vetas de vida, filones existenciales.

III
El caso es que, tras introducir a Ravel en Mi familia es bestial, he llegado a intimar con él. Y esto -más la intervención de B., mi ángel de la guardia, dulce compañía que no me desampara ni de noche ni de día- me ha traído hasta el Ravel de Echenoz. Tras él me espera el Ravel de Jankélévitch.

IV
Ravel conducía un camión durante la primera guerra mundial por caminos altamente peligrosos, al alcance de las baterías enemigas. Un día el camión se estropeó y Ravel se quedó a su lado, sin abandonarlo, entreteniéndose transcribiendo el canto de los pájaros, que se habían habituado al estallido de bombas y obuses y no dejaban de cantar desde las ramas de los árboles que, aunque heridos, continuaban en pie.

V
B., que es una mujer de izquierdas, me hizo hace unos días una pregunta sobre la situación política española. Le respondí y ella me pidió que desarrollara esa respuesta. Así lo hice, y hoy la publica El Mundo en su Tribuna.  

VI
Yo tenía un sombrero:

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domingo, 25 de agosto de 2019

Yo tenía un sombrero


I
Dejé a los nietos con sus padres, vine a casa, cogí el bañador, la toalla y las chancletas y me fui a la playa, que está a 200 metros, con la misma ansia con la que un vaquero cargado de polvo y millas va directo al “saloon” a vaciar una botella de whisky. Entré en el agua lentamente, como quien penetra con respeto en el misterio de un lugar sagrado, di cuatro brazadas y me dejé llevar, flotando con los brazos en cruz bajo un cielo protector. “Là, tout n’était qu’ordre et beauté, / luxe, calme et volupté”. ¡Qué paz! Algo en mí se iba diluyendo como un terrón de azúcar proporcionándome una liviandad de ángel. De lo lejos me llegaban de vez en cuando voces de niños, pero no eran los míos.

II
Ayer reencuentro con amigos madrileños y repaso general de chascarrillos filosóficos, por ejemplo, el de aquel famoso catedrático de filosofía que se llevaba a sus alumnas a una casa que tenía en la playa para que, entre otras cosas obvias, le hicieran la comida, le fregaran los platos y, de paso, le dieran un repaso a la casa. Una de ellas -lo sé por su propio testimonio-, viéndose a sí misma con el delantal ante la vajilla por fregar, se sublevó diciéndole: “Mira, X, no hay contradicción entre Platón y los platos”. “Sí la hay, le contestó el catedrático, tú, a los platos, yo, a Platón”. “Pues aquí te quedas, con los platos y Platón”. Con lo cual la alumna de la semana siguiente se encontró con doble faena.

III
O la del genial J., que en aquellos tiempos en que estaba de moda la teoría del caos, la termodinámica de los procesos irreversibles, la K de Kolmogorov, la estocasticidad y esas cosas, fue invitado a dar una conferencia en el Museo de Dalí en Figueras, ante un puñado selecto de inteligencias patrias, entre ellas, la anterior de Platón y los platos. J. dijo lo que había venido a decir y al terminar de hablar, uno de los presentes, un catedrático de filosofía de gran prestigio, se levantó para celebrar el festín filosófico que acababan de recibir: “¡Qué profundidad! ¡Qué sutilezas!”. Una vez roto el dique de las alabanzas, los que vinieron después, para no ser menos y dejar clara su perspicacia, llevaron las hipérboles laudatorias hasta el ridículo. Así que J. se vio obligado a poner punto final a aquella orgía de ridiculeces revelando que había preparado su conferencia con su “máquina de generación de pensamientos sublimes”. Es decir, con un programa de ordenador que organizaba en frases sintácticamente perfectas una lista del vocabulario más engorroso de Heidegger, Derrida, y demás héroes de la hermenéutica oscura. El ordenador era capaz de generar sentencias como ésta: “El ser que ha hecho del ser su razón de ser, espera el Ereignis gestionando el Gestell, al acecho de un futuro en el que, acaso, la estocasticidad, entendida como “tó autómaton”, pueda abrir las puertas al reencuentro con una casualidad en que lo causal no sea un determinismo falocarnologocéntrico”.

IV
Yo imité a J. en circunstancias que no me atrevo a contar, porque están muy vivos los que me escucharon, felicitaron y publicaron mi conferencia.

V
Yo tenía un sombrero. Un sombrero que le compré a una india Hualapai en una reserva india de la Devil Dog Road, tras comer unos huevos rancheros que me hicieron desayunar entre lagrimones, por lo que picaban. Pero a mí me enseñaron en casa que nunca hay que dejar nada en el plato. Con aquel sombrero accedí a la mítica Ruta 66. Mi Agente Provocador iba sintonizando emisoras ortodoxamente fieles al rock clásico. Poco antes de llegar a Peach Spring nos vimos rodeados de un grupo numerosísimo de moteros. El más joven había superado los sesenta años, pero se mantenían fieles a sus Harleys y a sus mitologías. Yo no me separaba de mi sombrero. Con él llegué a Mesa Verde, al Valle de la Muerte, a Zabriskie Point, conocí al indio navajo Steve Manel… El otro día se me ocurrió llevarlo a Cardona. Mis nietos se apoderaron de él y por algún sitio de la geografía catalana se ha quedado, porque no ha vuelto a casa. Allá, en el mar, flotando a la bartola, me despedí de él.

sábado, 24 de agosto de 2019

Campanas

I
Hemos dado un rodeo para volver a casa.  De Cardona nos hemos desviado hasta el monasterio benedictino de Sant Benet de Bages, pero no hemos entrado porque mi nieto Gabriel se ha quejado de que "¡Tanto monasterio, tanto monasterio!" En realidad, era el primer monasterio que pretendíamos visitar, pero hay sitios a los que no hay que entrar nunca de mala gana. Así que nos hemos contentado con un ligero paseo por los alrededores, y la emoción del tañido de las campanas a las 12:00. Hubo un tiempo en que el mundo se paralizaba a esta hora, la del Ángelus. 

II
¡Ah, las campanas! Ahora en la ciudades, invadidas por los ruidos, resulta que molestan, pero con su silencio se acalla también un gesto: el de una colectividad mirando hacia algo más sagrado que ella misma y haciendo realidad así un sentido de copertenencia. En la Imaginación conservadora tengo escrito que me gustan las campanas porque “entre moros no se usan campanas, sino atabales y dulzainas”. Alguno hay por ahí que ha visto un gesto de racismo en estas palabras de El retablo de Maese Pedro, de Falla.

III
De Sant Benet. ampliando el arco de la desviación, hemos ido, tras mirar detenidamente si había cocodrilos en el Llobregat, a Vic, a echar una ojeada a dos lugares singulares. El primero es para mí, uno de los más sagrados de toda Cataluña, la librería de viejo Costa Llibreter. Sabía que a mi nieto Bruno le gustaría. Y así ha sido. Gabriel ha preferido esperarnos en el escalón de la puerta de entrada, porque "¡Tanta librería, tanta librería!". El templo romano de Vic está a dos pasos de la librería, pero nos hemos limitado a echarle una mirada desde la sombra, porque en agosto a mediodía -esa hora criminal para el turista-, la estética se embota bajo el peso de los pies que llevamos a rastras. 

IV
Hemos comido regular en una terraza, a la sombra y acogidos por un vientecillo delicioso. El camarero, sobrepasado por el trabajo (que en modo alguno era excesivo) nos servía con mejor intención que eficiencia. “¿De dónde sois?”, nos ha preguntado. "¿Y qué hacen aquí, si en este pueblo no hay nada?", ha replicado a nuestra respuesta. Durante la comida, Bruno ha dibujado una máquina para viajar en el tiempo. Tenía de todo: freno, acelerador, embrague, cápsula de energía sinérgica infinita, váter, reloj (obviamente), paracaídas, teléfono de emergencia... y un traje de preservación de la estructura molecular, para garantizar que todas las partes del cuerpo del viajero del tiempo lleguen a su destino al mismo tiempo, no sea que, por ejemplo, hoy llegue el culo y mañana el resto.

V
Cardona. Les ha gustado -creo- vivir en un castillo, aunque ha enardecido sus afanes guerreros y se han pasado los dos días matándose mutuamente e inventándose armas indestructibles con las que luchar entre sí. Han admirado las minas de sal, impresionantes, pero a Bruno lo que más le ha llamado la atención es el número de minero muertos. ¡Qué paradoja, pensar que la palabra “salario” viene de sal! Yo me quedo con la imagen de un grupo de niños jugando a toreros con carretones taurinos. Alguno hasta tenía su capa. Recuerdo un anuncio de un pueblo andaluz que hacía publicidad de estos carretones diciendo “Se personalizan para comuniones. Muy ligero, para que puedan manejarlo con cuernos de toros reales”.



 VI
Tres poemas de Brautigan


When
you wake up
from death,
you will find yourself
in my arms,
and
I will be
kissing you,
and
I
will be crying.
*

I
Knew a man
who
was dying
of cancer.
He had
the patience
of a fly
caught
in a spider’s web.
When
he died,
he asked,
“What time is it?”
 *

I hate,
because
they are evil
as habitual hunger
in a child’s stomach,
people
who try
to change the man
the hunter for truth
into
a castrated cow
grazing
in te peace
of mental death.

VII
Mensaje de B: “Puisque vous avez transmis la citation de Leautaud, je me sens fautive de ne pas vous l’avoir donnée en entier, car elle est bien pire quand elle est complète.  La voici: ‘’Je n’ai pas eu d’enfants, dont j’ai toujours eu une horreur sans bornes, leur stupidité, leur cruauté, leur bruit. Lorsque l’enfant paraît, je prends mon chapeau et je m’en vais. Être grand-père.....‘’



Las paloma muerta

Hemos roto la sagrada rutina dominguera para dar una vuelta a medio día por el Born y el Pla de Palau. Sí, Barcelona está muy bien, pero de...