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martes, 18 de abril de 2017

Elegía a la muerte de una gata

Esta mañana al levantarme y notar que no me seguía Bacallà Salat para pedirme alguna cosa, he comprendido que tenía toda la razón del mundo Unamuno cuando aseguraba, en su Elegía a la muerte de un perro, que no estaba dispuesto a ir al cielo si no se encontraba allí con su perro. 


...
Sus ojos mansos
no clavará en los míos
con la tristeza de faltarle el habla;
no lamerá mi mano
ni en mi regazo su cabeza fina
reposará.
Y ahora, ¿en qué sueñas?
¿dónde se fue tu espíritu sumiso?
¿no hay otro mundo
en que revivas tú, mi pobre bestia,
y encima de los cielos
te pasees brincando al lado mío?
...
Allá, en el otro mundo,
tu alma, pobre perro,
¿no habrá de recostar en mi regazo
espiritual su espiritual cabeza?
La lengua de tu alma, pobre amigo,
¿no lamerá la mano de mi alma?
...
Moriste con tus ojos
en mis ojos clavados,
tal vez buscando en éstos el misterio
que te envolvía.
Y tus pupilas tristes
a espiar avezadas mis deseos,
preguntar parecían:
¿Adónde vamos, mi amo?
¿Adónde vamos?
El vivir con el hombre, pobre bestia,
te ha dado acaso un anhelar oscuro
que el lobo no conoce;
¡tal vez cuando acostabas la cabeza
en mi regazo
vagamente soñabas en ser hombre
después de muerto!
¡Ser hombre, pobre bestia!
Mira, mi pobre amigo,
mi fiel creyente;
al ver morir tus ojos que me miran,
al ver cristalizarse tu mirada,
antes fluida,
yo también te pregunto: ¿adónde vamos?
...
Descansa en paz, mi pobre compañero,
descansa en paz; más triste
la suerte de tu dios que no la tuya.
Los dioses lloran,
los dioses lloran cuando muere el perro
que les lamió las manos,
que les miró a los ojos,
y al mirarles así les preguntaba:
¿adónde vamos?

Ayer descubrí que mi finitud consciente era incapaz de soportar la finitud inconsciente de los ojos sin vida de un animal.

lunes, 17 de abril de 2017

La memoria también está hecha de desgarros

Permitidme que os cuente algo muy íntimo.

Hoy he tenido que sacrificar a nuestra gata, Bacallà Salat. Padecía una enfermedad que se ha complicado gravemente en las últimas horas y hemos decidido ahorrarle sufrimientos innecesarios.

Y la casa se nos ha quedado vacía de repente.

Ya no tendremos que gritarle porque nos destroza los sofás o porque se sube a la mesa mientras comemos o porque se mete en nuestra cama cuando tiene frío o por su manía de beber agua de la ducha o por sus maullidos tan espectaculares, por los celos que sentía de nuestros nietos, por su insistencia en pasearse por el teclado del ordenador cuando yo estaba escribiendo alguna cosa urgente, por...

Ya no tendremos que lamentar la cantidad de pelo que dejaba por todas partes, ni que se pase a la terraza del vecino a mear en sus macetas.

Me la encontré un día por casualidad al bajar del coche. Casi la piso. Era una gatita de pocas semanas, abandonada, sucia, enclenque, enferma. Como me había jurado a mí mismo no volver a tener animales domésticos después de que se nos muriera una perra que habían crecido junto a nuestros hijos, decidí no hacerle caso y la dejé junto al coche. Pero horas después me la encontré a mis pies en el instituto en el que trabajaba entonces, el IES Thalassa de Montgat. No sé cómo consiguió entrar ni menos aún cómo hizo para localizarme, pero el hecho es que una cosa es pasar de largo ante una gata abandonada y otra desembarazarte de una gatita que ha venido a buscar cobijo entre tus pies.

Recuerdo perfectamente la cara de sorpresa que pusieron mi mujer y mis hijos cuando la traje a casa.

Siempre tuvo un genio considerable. En el veterinario la temían. No dejaba entrar en casa a extraños, si la contrariabas protestaba de manera airada y le costó mucho ir aceptando a nuestros nietos (con el pequeño aún tenía sus más y sus menos).

Pero estaba ahí con un estar ahí que es imposible de explicar a quien no se haya quedado nunca atrapado por la mirada de un gato ni haya sentido nunca sus neurosis deshacerse en su ronroneo.

Sus dos últimas fotos, esta misma tarde, en el veterinario:




jueves, 3 de diciembre de 2009

Bacallà Salat

A veces Bacallà Salat, mi gata (lo de "mi" es una licencia lingüística), se sube a esta mesa y se queda mirándome fíjamente, como ahora, con una mirada profunda y fría, de esfinge, que me obliga a dejar lo que tengo entre manos y a estar pendiente de su inmovilidad, como si de un momento a otro fuera a entablar una larga conversación conmigo.

Aunque no hay manera de descifrar el mensaje encriptado en los ojos de esta anarquista platónica y monológica, cuando me mira así me resulta imposible reprimir la sospecha de que me observa con una cierta decepción. Me imagino entonces que su mirada es más piadosa que altiva, como si ella supiese algo de trascendental importancia que yo ignoro y, por misericordia, me oculta.

Es evidente que cuando quiere algo concreto, como comer, una caricia o el calor de mi regazo para desplegar el nirvana de su ronroneo, sabe muy bien cómo hacérmelo entender. No es capacidad comunicativa lo que le falta.

En el arcano hieratismo de esa mirada líquida en la que me atrapa intuyo la caridad de un silencio. Si me oculta lo que sabe es por piedad, por no desmoronar alguna de mis convicciones como un castillo de naipes.

jueves, 23 de abril de 2009

¿Prodigio el día de Sant Jordi?

No creo ser el único ser humano del mundo que en la intimidad de su casa se sorprende a sí mismo de vez en cuando cantando las canciones más inverosímiles. No les diré, por pudor, cuál es mi repertorio habitual. Lo que sí quiero contarles es que esta mañana me ha dado por cantar el Virolai, un himno dedicado a la Virgen de Montserrat cuya letra, compuesta por Jacint Verdaguer, dice en su primera estrofa: “Rosa d’abril, / Morena de la serra, / de Montserrat estel" (Rosa de abril, Morena de la sierra, de Montserrat estrella). Me imagino que los efluvios de este día soleado de Sant Jordi algo habrán contribuido a mi arrebato lírico. Pero la sorpresa grande no ha sido esta, sino descubrir que mi gata, Bacallà Salat, acudía a donde yo estaba y se sentaba frente a mí, escuchándome -¡lo juro!- con sumo interés. Con tanto interés que he decidido ponerlo a prueba. Me he mudado a otro lugar y he comenzado a cantar de nuevo el Virolai. Inmediatamente ha aparecido Bacallà Salat y se ha sentado con la cabecita alzada. Al principio no me ha hecho mucha ilusión. ¡Con dos hijos del Barça ya hay suficiente pasión catalanista en casa! Pero poco a poco me he tenido que rendir ante la evidencia. A Bacallà Salat le gusta el Virolai. He probado con canciones religiosas, excursionistas, canciones del verano y hasta con el Nessun dorma. Nada. Sólo se ha mostrado interesada por el Virolai. Ante el resto del repertorio se mantenía impasible. Al llegar mi familia les he ido mostrando, uno a uno, su sorprendente comportamiento. No sé si considerarlo un prodigio atribuible a la intercesión de Sant Jordi. No sé… O simplemente es que esta casa mía hace tiempo que se me fue completamente de las manos.

martes, 18 de noviembre de 2008

Llega el invierno

El invierno llega de verdad a mi casa cuando el lugar preferido de Bacalla Salat pasa a ser el teclado de este ordenador. Cuando tiene frío se acerca, muy mimosa, primero a restregar su cabeza contra mi barbilla y poco apoco se va acercando al teclado. Se queda quieta, al lado, hasta que tiene la oportunidad de tumbarse sobre él. Basta con que me de media vuelta. Los resultados, obviamente, no siempre son divertidos. Pero esto a ella le da igual. Una vez dueña de sus dominios, cuesta arrancarla del calor cibernético. En esto, ciertamente, se nota que es mi gata.

viernes, 18 de abril de 2008

Dales recuerdos de mi parte

Ayer me lo advitió Abelunimbus, que es el hombre del tiempo más fiable que conozco: “Mañana coge el paraguas”. Y esta mañana he salido de casa, ¡faltaría más!, con el paraguas en la mano. La verdad es que el cielo estaba gris y bajo y la atmósfera un poco turbia, pero más que llover “gotigotiaba”, que decía mi madre.

"Los días así es cuando mejor sabe el café con leche", les he dicho en el Petit Café y me han mirado con cara misericordiosa. De todos es conocido que digo cosas raras.

A eso de las cuatro ha arrancado a llover de verdad, con ganas, furiosamente, de una manera enrabietada, como si el cielo se empeñara en demostrar que en estas cosas él tiene siempre la última palabra, y no el gobierno de Cataluña, y la administra como le da su real gana. La pobre Bacallà Salat, que es mi gata, no sabía donde meterse con los truenos y el repiqueteo de la granizada.

La que parecía pasárselo bien es Morla, una de mis dos galápagos. No sé si la distinguís bien. Las tortugas son animales incomprensibles, muy, muy tozudos, nunca dan el brazo a torcer. Bacallà Salat apenas muestra interés por ellas. Estas mías presentan una curiosa característica, posiblemente una mutación propia de tortuga de patio: les gusta morder los dedos de los pies desnudos. Así que en verano hay que andarse con cuidado.

Mi pobre perejil (¡Julivert meu, com t'has quedat!) ha soportado estoicamente el fusilamiento del granizo. Ya decía el poeta que en los momentos de tormenta resiste mejor junto a la corriente el dúctil junco que la inflexible encina. Este es el premio a la poco reconocida virtud de la condescendencia.

Tal como se ha presentado el chaparrón, se ha ido para Premiá, dejando paso a unos cielos azules que me han empujado a abandonar el ordenador y salir a la playa. ¡Qué lujo los olores primaverales tras la tormenta! Pero he tenido que volver pronto. De nuevo al cielo se le estaban inflando las narices.

¿Hay algún espectáculo semejante al de las nubes? La naturaleza estaba pasando por una fase barroca cuando las creó. Claro que para verlas hay que estar dispuesto a meterse en todos los charcos, cosa que la mayoría evita con todo cuidado, aunque para ello se tenga que bajar la mirada a la altura del barro.

Eran nubes inquietas, de evolución rápida, heraclitianas y místicas y, por lo tanto, a veces rasgadas por el rayo. El espectáculo ha ido ganando en intensidad dramática a medida que el sol descendía y las iluminaba horizontalmente desde el Tibidabo. Mirándolas es imposible pensar. Uno se queda, literalmente, embobado, o sea, feliz.

"Profe -me decía el hoy Abelunimbus en clase de filosofia- yo no puedo estar aquí encerrado con esas nubes en el cielo. Tengo que salir a verlas". "Bueno, vale -le contestaba yo- pero dales recuerdos de mi parte".

sábado, 23 de febrero de 2008

Mi gata y su mascota

Hay una extraña neblina en Ocata. Y Bacallà Salat se ha puesto melancólica. Se empeña en no dejarme ni leer ni escribir. Se sube a la mesa, se sienta sobre el teclado y comienza a refregar su nuca contra mi barbilla. Si le grito y la bajo al suelo, se enfada y me muerde los pies. Si me enfado yo, se queda en un rincón mirándome con unos ojos brillantes, profundos y melancólicos en los que poco a poco me va macerando. Cuando me tiene bien ablandado y a su merced, salta de nuevo sobre el teclado. Así no hay quien escriba un post.
Ya perdonaréis, pero hoy le voy a ceder la palabra a mi admirada Olivia y os dejo con ella. No es mala compañía en días como este, cuando afuera hace frío y adentro tu gata decide usarte de mascota.

- ¿Por qué, señor Antonio, todos los demás animales traen la cabeza baja, mirando a la tierra, y el hombre solo la trae alta, siempre derecho mirando al cielo?

- Porque como el origen y nacimiento del ánima del hombre fue del cielo, quedóse así colgando de él, y tomó su principal asiento y silla en la cabeza del hombre (como la raíz de las plantas quedó asida, al revés, en la tierra), y allí en el alcázar real le hizo el Hacedor de la naturaleza tres salas (que son tres celdas de la médula del cerebro), en las cuales hiciese sus acciones y oficios espirituales. En la primera de la frente para entender y sentir lo presente. La de en medio para imaginar y raciocinar lo ausente, juzgar y querer o aborrecer. La postrera para guardar las especies de lo ya pasado y ausente con tanto orden y tan admirable cual podréis ver en la anatomía. Allí junto a ella le fabricó cinco órganos o puertas para los sentidos

Doña Olivia Sabuco de Nantes Barrera,
Coloquio del conocimiento de sí mismo.

La normalidad

El viento sacude las ramas de los árboles. Es decir, hay viento. He abierto la ventana sin tener la sensación de estar abriendo un horno. Pe...