Ayer me lo advitió
Abelunimbus, que es el hombre del tiempo más fiable que conozco: “Mañana coge el paraguas”. Y esta mañana he salido de casa, ¡faltaría más!, con el paraguas en
la mano. La verdad es que el cielo estaba gris y bajo y la atmósfera un poco turbia, pero más que llover “gotigotiaba”, que decía mi madre.
"Los días así es cuando mejor sabe el café con leche", les he dicho en el Petit Café y me han mirado con cara misericordiosa. De todos es conocido que digo cosas raras.
A eso de las cuatro ha arrancado a llover de verdad, con ganas, furiosamente, de una manera enrabietada, como si el cielo se empeñara en demostrar que en estas cosas él tiene siempre la última palabra, y no el gobierno de Cataluña, y la administra como le da su real gana. La pobre Bacallà Salat, que es mi gata, no sabía donde meterse con los truenos y el repiqueteo de la granizada.

La que parecía pasárselo bien es Morla, una de mis dos galápagos. No sé si la distinguís bien. Las tortugas son animales incomprensibles, muy, muy tozudos, nunca dan el brazo a torcer. Bacallà Salat apenas muestra interés por ellas. Estas mías presentan una curiosa característica, posiblemente una mutación propia de tortuga de patio: les gusta morder los dedos de los pies desnudos. Así que en verano hay que andarse con cuidado.

Mi pobre perejil (¡Julivert meu, com t'has quedat!) ha soportado estoicamente el fusilamiento del granizo. Ya decía el poeta que en los momentos de tormenta resiste mejor junto a la corriente el dúctil junco que la inflexible encina. Este es el premio a la poco reconocida virtud de la condescendencia.
Tal como se ha presentado el chaparrón, se ha ido para Premiá, dejando paso a unos cielos azules que me han empujado a abandonar el ordenador y salir a la playa. ¡Qué lujo los olores primaverales tras la tormenta! Pero he tenido que volver pronto. De nuevo al cielo se le estaban inflando las narices.

¿Hay algún espectáculo semejante al de las nubes? La naturaleza estaba pasando por una fase barroca cuando las creó. Claro que para verlas hay que estar dispuesto a meterse en todos los charcos, cosa que la mayoría evita con todo cuidado, aunque para ello se tenga que bajar la mirada a la altura del barro.

Eran nubes inquietas, de evolución rápida, heraclitianas y místicas y, por lo tanto, a veces rasgadas por el rayo. El espectáculo ha ido ganando en intensidad dramática a medida que el sol descendía y las iluminaba horizontalmente desde el Tibidabo. Mirándolas es imposible pensar. Uno se queda, literalmente, embobado, o sea, feliz.
"Profe -me decía el hoy Abelunimbus en clase de filosofia- yo no puedo estar aquí encerrado con esas nubes en el cielo. Tengo que salir a verlas". "Bueno, vale -le contestaba yo- pero dales recuerdos de mi parte".