domingo, 11 de abril de 2021

Menudencias sabáticas

Cada vez me resulta más insoportablemente aburrida la televisión. Eso tiene un aspecto malo y otro bueno. El malo es que, como la televisión juega en nuestros tiempos el mismo papel que el hogar encendido en las casas de los abuelos, si te alejas de la pantalla te alejas también de la convivencia familiar. El bueno es que es una maravilla irte a la cama a las diez de la noche con un libro en la mano. Esas horas de lectura iluminadas con la luz de la mesilla de noche son las más provechosas del día. Más provechosas, incluso, que las de la mañana en la Plaza de Ocata con sol y café con leche.

Gracias a mi abandono de la televisión y a mi lejanía de la prensa he acabado las Notas de mi vida, de Juan de la Cierva, y dos más que interesantes libros de un intelectual conservador hoy ya olvidado, don Severo Catalina, a pesar de que en sus tiempos parecía formar la santa trinidad del conservadurismo intelectual hispano, junto a Balmes y Donoso. Son La verdad del progreso y La mujer. Además, he repasado un capítulo de la Experiencia de la muerte, de Landsberg, el titulado Intermedio taurino, que quizás aproveche para mi próximo artículo para El Subjetivo. Para no tener los ojos desocupados, recupero la biografía de Juan Valera escrita por Carmen Bravo-Villasante. La aparté en su momento por decepcionante, pero quiero acabarla. Don Juan y mi autoestima se lo merecen.

Ayer decidí, de repente, que quería tener un objeto de valor de alguna cultura precolombina mexicana. Por supuesto, adquirido de forma intachablemente legal. Parece que no es fácil, pero vamos a probarlo. El afecto que siento hacia ese país inabarcabe que es México, me anima a este gesto. ¡A ver si es posible!

sábado, 10 de abril de 2021

Un aire estoico

Debiera existir la palabra "grisantemo", porque hoy es un día que no tiene otro calificativo. Hoy es un día nítidamente grisantemo, día de caminar con pasos rápidos, encogido de hombros, refugiado bajo el paraguas.

En el diario ARA, de muy grato recuerdo personal, publican un reportaje sobre la memoria en el que algo digo de todo cuanto quisiera decir. Pero lo biográficamente noticiable de este día es que comienzo mi colaboración quincenal en El Tribú, una revista digital que ha puesto en marcha con mucho entusiasmo mi admirado Ferran Caballero. Mi sección se llama "El lucutori" y tengo la intención de ir desplegando -en catalán- un "diccionario filosófico" personal que califico de entrada, para dejar claras mis intenciones, de "capcioso, sesgado y caprichoso":

Creo que en la foto aparento de manera verosímil un aire estoico.
 

Hoy he comenzado con Abelardo y he seguido con Absoluto y Academia.

viernes, 9 de abril de 2021

Otro día gris

Vuelven los cielos cenizos, la llovizna intermitente, el cuerpo que busca el abrigo de la ropa gruesa y los cafés muy calientes. Un realista me objetará que la primavera es eso: tiempo voluble. Lo sé. Pero prefiero la otra cara de la volubilidad: la de la cerveza helada en la mesa y los cielos nítidamente azules.

Todo el mundo está hablando de vacunas. Creo que hay, de mar de fondo, una histeria comprensible por la debilidad de nuestros políticos, que no queriendo meter la pata, se han vuelto tan timoratos, que se incapacitan para acertar. No saben cómo afrontar la incertidumbre cotidiana. Abundan las opiniones sin fundamento y faltan las autoridades que hablen con rigor. A mí todo esto me ha permitido descubrirme por primer avez y de forma inapelable, en el grupo de los viejos. En la estabulación terapéutica de la sociedad estoy en el corral de los viejos porque me han puesto ahí. Y de allí ya no saldré.

Dejo a Ruano para ponerme con otra biografía completamente distinta, Las notas de mi vida, de Juan de la Cierva, el político conservador que fue padre del inventor del autogiro. Me gustan estas biografías que no ocultan las mezquindades y heroismos cotidianos que constituyen el microclima propio de la vida política. Las historias académicas suelen ser relatos a los que se les ha extirpado el día a día. 

El número de libros por leer crece mucho más aceleradamente que mi ritmo lector. Hoy me han llegado dos libros que he buscado durante mucho tiempo. El primero, Experiencia de la muerte, de Landsberg, publicado por Cruz del Sur en 1962. El segundo, La mujer, del político conservador Severo Catalina, cuya primera edición es de 1858. Se trata de una firme defensa de la educación femenina.

Ignacio Peyró me pide dos párrafos de urgencia sobre la muerte del duque de Ediburgo. Por supuesto, le obedezco: este es el resultado.

jueves, 8 de abril de 2021

Estoy bien, gracias

Estoy bien. 

Estoy bien a pesar de que el jaleo armado en los medios sobre los efectos secundarios de la vacuna Astra Zeneca y las posturas contradictorias de los responsables políticos me hacen sentirme un poco como un animal de laboratorio. He dormido perfectamente. No he tenido ni fiebre, ni dolores en las articulaciones. Pero después uno pone la televisión... y el derecho a la información me deja perplejo.

Pero estamos mal. La pandemia ha demostrado ser un fenomenal test de estrés para la Unión Europea y parece claro que no lo estamos sabiendo superar. Voy a ser optimista: Quizás los europeos tengamos que fracasar para poder avanzar. Quizás al ver el ridículo que estamos haciendo nos hierva un poco la sangre. ¡Qué triste la imagen de Ursula von der Leyen ante Erdogan y qué lamentable la falta de reacción de Charles Michel, presidente del Consejo Europeo! ¡Cuánto se tiene que estar divirtiendo Putin con nuestra reiterada torpeza!

En la plaza de Ocata me encuentro con una de las grandes figuras del periodismo español, Eduardo Álvarez Puga, al que la edad parece ir clavándole los pies al suelo. ¡Tantas tertulias como hemos compartido! Me ve leyendo a Ruano y se sorprende. "¡Qué facha!", exclama. Inmediatamente añade que "se pintaba las uñas". Pero reconoce que escribe bien. Ahora mismo he terminado sus Memorias. Creo haber encontrado una parte de lo que buscaba: notas para un futuro ensayo sobre las estrategias de la autopercepción. 

La política doméstica. Seguimos con la jeremiada de escandalizarnos con lo que siempre ha sido así. La política tiene algo de esencialmente infantil. Basta prestar un poco de atención para escuchar argumentos propios de patio de escuela: los "¡Y tu más!", los "¡Pues ahora vas a la seño!" (que en nuestros días son los jueves y la prensa), los "¡Ya no soy tu amigo!" ("¡Ya no te ajunto!", decíamos en mi pueblo). La política, para entenderla, hay que observarla desde cierta distancia... desde la paradójica distancia que te condenaría, de presentarte a las elecciones, a no llevarte ni un voto.

En Gracia y justicia, del 17-10-1931.

miércoles, 7 de abril de 2021

Estoy vacunado

Me llama un periodista de El País que está haciendo un reportaje sobre la lectura. Le pido que, por favor, me vuelva a llamar más tarde. Ahora estoy intentando leer yo en la Plaza de Ocata. Hace un frío casi invernal que nos ha pillado de sorpresa, como un ataque de una plaza que hemos dejado atrás porque creíamos conquistada. Pido un café con leche bien caliente para compensar lo cenizo del día. Unos niños gritones corretean por la plaza y se persiguen por los lugares más divertidos, es decir, por entre nuestras mesas. Tiembla mi café con leche con sus voces agudas, de hojas de afeitar. Sus maestros, un hombre y una mujer de unos treinta años, están en medio de la plaza, hablando entre sí con las manos en los bolsillos y helados, también, de frío.

El periodista me vuelve a llamar cuando estoy haciendo cola en un centro municipal de Badalona para vacunarme. Tengo hora a las 15:00, he llegado media hora antes y me he encontrado con quince personas más madrugadoras que yo. A mis espaldas, la fila va creciendo a un ritmo muy vivo. El sol se asoma a consolarnos de forma intermitente, cosa que es muy de agradecer. Se supone que no hay nadie de más de 65 años entre los que esperamos. Me fijo en cada uno de ellos y concluyo que hago bien en sentirme el más joven de todos. ¡Hay que ver cómo maltrata la edad a los de mis años! Mi hija me llama para advertirme de los efectos secundarios de la vacuna de Astra zéneca. Teme que mañana pase un mal día, pero yo soy experto en malos días. El sol se acaba imponiendo. Al periodista le pido que me llame a partir de las 17:00. Él me cuenta que a su padre lo vacunaron ayer en Madrid y me da la enhorabuena.

Todo ha ido bien. La verdad es que la inyección, en sí, no poduce molestia alguna. Un pinchazo de mosquito desganado. Mi mujer me está esperando en la calle. A ella aún no la han llamado. Le comento mis impresiones. Todo ha funcionado de manera rápida y eficiente. Estricta estabulación terapéutica. Hemos entrado en fila, nos han pedido datos, nos han vuelto a poneer en fila, nos han preguntado si teníamos alguna enfermedad o tomábamos algún medicamento, nos han puesto la vacuna de pie, nos han aconsejado que en casa nos pongamos hielo en el brazo y tomemos paracetamol. Hemos pasado a una sala donde se nos ha aconsejado esperar diez minutos para ver si nos encontrábamos bien y donde cada uno ha esperado lo que ha considerado conveniente. Dentro de diez días nos avisarán para la siguiente dosis. Había en los estabulados una evidente confraterización en la esperanzada fragilidad. Hemos ido saliendo con caras de alivio y una cierta levedad en los cuerpos. Diría que hemos vuelto a casa un pelín más jóvenes... aunque quizás fuera porque la experiencia recordaba un poco a la mili.

Estoy ahora esperando la llamada del periodista.

martes, 6 de abril de 2021

¿Cómo se pronuncia el caos?

Ha cambiado el tiempo. Nada extraordinario, estando en primavera, la estación voluble, pero uno se había hecho a la idea de los desayunos soleados y esta mañana se echaba en falta un poco más de ropa.

A mi amiga B., crecida en una familia judía, le sorprende y creo que también le decepciona mi interés por Ruano. No es que me interese. Me intriga. Muestra con claridad que la sutileza para poner nombre a los rumores del mundo interior no garantiza, por sí misma, un alma ordenada. Para ello se necesita algún principio no emocional -es decir, moral- que sirva de guía y jerarquice lo emocional. Y me temo que ese principio, para ganarse nuestro respeto y obediencia, no debe de ser -o, al menos, no debe serlo por completo- una obra nuestra. Cuesta obedecer a los ídolos que uno mismo ha forjado. Obedecemos a lo que, por una u otra razón, consideramos que es superior a nosotros mismos. Obedecemos a aquello ante lo cual nos parece digno doblar la rodilla.

Ruano se empeñó en construir autónomamente una imagen de sí mismo que, siendo obra suya, dignificase literariamente su vida de escritor, que era la única que consideraba digna de ser vivida. 

Un escritor no era para Ruano alguien que se limita a escribir bien. Era alguien que vive literariamente. Ser un escritor era ser un personaje de la novela -nada trivial, por supuesto- de la propia vida. Y puso a disposición de su protagonista cada uno de los días de su vida. Sólo al final -me parece- descubrió que con ello no tenía suficiente para morir con la certeza de haber vivido.

Quiero pensar bien todo esto porque cuando hablo de "lo más alto que podemos llegar a ser" tiendo a olvidarme de lo diversas que pueden llegar a ser las aspiraciones a "lo más alto". 

Permítanme, para cambiar de tercio, una anécdota que ayer conocí gracias a mi admirado Ángel Ruiz. Un profesor norteamericano fue a una conferencia de Derrida. Por lo que podía entender, toda ella versaba sobre vacas (cows). Eso le desconcertaba, pero, como el resto de asistentes no paraba de tomar apuntes, los imitó en su seguimiento vacuno. Tras un breve descanso, Derrida volvió a tomar la palabra y comenzó diciendo: "Me han dicho que se pronuncia 'chaos.’”

lunes, 5 de abril de 2021

Ruano

Acabo el Diario  íntimo. La penúltima anotación es del 29 de noviembre de 1965: “Tarde: dos horas solo. Apiádate, Señor, de mi inmenso y miserable miedo. El miedo me une a Ti como un animal necesitado. He rezado largo tiempo". La última es del 30 de noviembre: "El terror es blanco. La soledad es blanca". César González-Ruano murió dos semanas después, el 15 de diciembre. 

 

Cierro el Diario íntimo y comienzo las Memorias. 

 

Ruano no era un santo. Ni mucho menos. Su narcisismo y su nihilismo, su dandismo y su necesidad imperiosa, por infantil, de aprecio se traslucen en cada una de sus páginas. Es imposible estimar al personaje. Por eso es más inquietante el magnetismo de su prosa micrológica.

 

Fue un gran escritor atrapado en un alma de protección oficial en la que vivían mal avenidos sus diferentes yoes: el de aristócrata, el de hampón, el que lo azuza moralmente... Tengo la impresión de que quería hacerse con una personalidad, un estatus, un dominio de sí... pero todo lo que pudo conseguir fue una pose inestable y muy cara, que sólo se podía mantener en pie ocultando una parte importante de lo que era o había sido y sableando a los amigos.

 

Era un dandy en busca de Guermantes en los escaparates caros y en las sombras de las amistades de renombre. En sus ojos necesitaba ver reconocido el valor de su posee. Aspiraba a que aquellos a los que admiraba vieran en él lo que a él le hubiera gustado ser. 

 

La guerra mundial lo pilló en París y, según han contado Haro Tecglen, Eduardo Pons, José Carlos Llop, Rosa Sala y otros, los alemanes lo encerraron en la prisión de Cherche-Midi porque sospecharon que estaba ayudando a los judíos a viajar a España clandestinamente. En realidad los estaba explotando miserablemente. Les vendía a precio de oro un pase asegurándoles que alguien los estaba esperando en un punto determinado de los Pirineos para pasar la frontera. Cuando llegaban, no había nadie y acababan en los campos de concentración. Los alemanes lo soltaron cuando comprobaron que "solo" era un estafador.

 

Es cierto que su hijo lo defendió sosteniendo con firmeza que "sus familiares sabemos que [esos hechos] nunca sucedieron". Pero las sospechas acumuladas son abrumadoras. Eso no evita que Francisco Umbral reconociera que "para Cándido o para mí, que aprendimos a escribir en él (y luego nos hemos alejado tanto), que nos lucramos de su amistad y su sombra protectora de ciprés galante, César es un maestro de juventud y una referencia entrañable".

 

Seguiré con Ruano intentando descifrar su alma narcisista tal como se intuye en su literatura y, sobre todo, en ese "inmenso y miserable miedo" que acabó acorrándolo. Si he de decir la verdad, añadiré también que siento una ligera afinidad con sus ataques de vértigo, episodios en los cuales, según reconoce, "se me pone la Cibeles al revés y me caigo al suelo”.

domingo, 4 de abril de 2021

Mañana larga

Mañana larga de lectura en la plaza de Ocata. Constato de nuevo que la mejor manera de leer es con un café con leche al lado. Incluso la taza vacía sobre la mesa resulta estimulante. El sol andaba jugando al escondite con las nubes, pero cuando brillaba, lo hacía casi con saña. He acabado con la cara quemada y la frente tostada.

No sé por qué pienso en un cementerio de altísimos cipreses en el que sea prescriptivo enterrar a los muertos vestidos de etiqueta. Subterráneos influjos de Ruano, supongo. ¿Es sólo el pudor lo que nos empuja a enterrar a la gente bien vestida? A una amiga de mi madre sus hijos la enterraron con sus mejores joyas. El ataud era metálico. Mercedes, se llamaba. Me contó mi madre que vieron juntas el mar por primera vez y que la Mercedes creía que el agua del mar era el cielo que en el horizontte se plegaba y se podía tocar en la playa con la mano.

Dejamos la plaza de Ocata a eso de las dos. Yo tenía la sensación de haber leído bien y, por lo tanto, de haber aprovechado bien el tiempo. Se puede leer mucho y leer mal. A mí me pasa a veces. La mala lectura no depende del libro, sino del estado del alma. Es una lectura de surfeo, superficial, que discurre por las palabras de un libro sin detenerse en ninguna y sin encontrar ningún pensamiento que rumiar.

Regresamos a casa dando un rodeo. En la playa hay una clara sensación de verano.

sábado, 3 de abril de 2021

Diarios y literatura

Deberían ser estos unos días de paz, lecturas, paseos largos y sosiego, pero con el kakodaimon dentro todo se altera y el horizonte se encoge hasta casi el límite del cuerpo. De esta reclusión me han sacado esta mañana las voces de unas niñas correteando en la plaza de Ocata. Viéndolas tan felices pensaba que tarde o temprano se pondrán de moda los cuentos para niñas en los que habrá princesas que no quieran ser heroinas, que es la tarea mayúscula que les imponen ahora las películas infantiles, sino princesas bien vestidas, de surtidísimo ropero, que eligen al mejor de sus pretendientes para marido y disfrutan intensamente de las delicias de la vida cortesana.

Hace calor. Es el primer día en que el sol empequeñece y la ropa sobra. El sudor asoma por las junturas del cuerpo con el simple caminar. La dejadez licenciosa de las glicinias se ha convertido en flaccidez. Las buganvillas acuden al relevo. Y las rosas, esas flores tan egoístas que prefieren pudrirse en el rosal antes que brindarle al aire gratuitamente sus pétalos, como hace el generoso almendro.

Al ponerme a escribir estas cuatro líneas pienso que llevar un diario es una forma de vivir el día que exige ir transformando cada asalto de la experiencia en literatura, pero al convertirse uno en espectador de sí mismo se vuelve también, y de manera inevitable, selectivo, o sea, hipócrita. La espontaneidad de la vida, ese vivir en el que la vida consume toda tu atención, se queda para lo que no se cuenta. Hasta del kakodaimon intenta uno hacer literatura.

viernes, 2 de abril de 2021

Viernes Santo

Un duende bueno era para un griego un "eudaimon" y un duende malo, un "kakodaimon". Llamaban felicidad (eudaimonía) a estar habitado por un duende bueno, que es como he estado yo durante estas últimas semanas. El cuerpo no me exigía -caídas puntuales aparte- ningún protagonismo, las horas pasaban plácidamente, leía, escribía, paseaba, comía con los amigos, hacía planes para el regreso de mi Agente Provocador... Pero ayer por la tarde a mi intermitente kakodaimon le dio por venir a visitarme y se trajo con él los mareos, las náuseas y los vómitos habituales. En estas circunstacias el invasor de mi cuerpo ocupa toda mi atención y me esfuerzo para encontrar consuelo en la esperanza de que esto no durará más allá de dos o tres días....

Viernes Santo. Recuerdo aquella Semana Santa de mi infancia, que parece, vista desde aquí, como de otra época histórica. En mi casa se hablaba con la mayor naturalidad, aunque teñida con un punto de tragedia, de que "Dios ha muerto" y comíamos torrijas. Y nadie había leído a Nietzsche. La muerte de Dios, en realidad, forma parte de la esencia de Occidente. Siempre he pensado que el Viernes Santo -al que alguna vez le he dado el nombre de San Nihilismo- hay que vivirlo como lo vivieron los discípulos más cobardes, sin sospechar lo que pasaría el domingo. Vivir la muerte de Dios sabiendo que el domingo resucitará sin falta no es vivir la muerte de Dios, pero ¿acaso la podemos vivir de otra manera? En consecuencia, nuestro nihilismo es un nihilismo un poco gesticulante, pero manso.

jueves, 1 de abril de 2021

Jueves Santo en Ocata

Curioso sueño el de esta pasada noche. Llego con mi mujer en autobús a un lugar donde no he estado  nunca, pero que es la ciudad mexicana de Jalisco. Entramos por una especie de desfiladero rocoso que va a parar  a unas amplias avenidas por las que empujan un carrito de bebé una pareja de Ocata, amigos nuestros y de nuestra edad. De repente me asalta una preocupación. Cuando despierte me olvidaré de esto y no lo podré recoger en este diario. Como descubro en el transcurso del sueño, he ido a Jalisco a dar una conferencia sobre las personas que se definen como no binarias. Sostengo en ella que estas personas dividen al género humano en dos grupos: el suyo y el de los binarios. Me he despertado y me he apresurado a garabatear dos líneas para rememorar lo soñado.

El Subjetivo publica mi artículo Jueves Santo en Orianenburg. La exministra Ana Palacio escribe en twitter: "Si leen un artículo hoy, no se equivoquen, elijan éste", lo cual, por supuesto, le agradezco sinceramente.

Me llegan las Memorias de Ruano cuando aún no he alcanzado el ecuador de su Diario íntimo. Ayer confesé aquí un cierto cansancio con su lectura. Sin embargo hoy me he reconciliando con ella. ¿Cómo no reconciliarse con un escritor que describe así a Jean Cocteau, a quien entrevistó en Madrid en noviembre de 1953?: "Menudo, inverosimilmente delgado, espiritado y espiritual, es una delicia de inteligenca sutil, de fortuna de palabra, en un clima siempre intermedio entre la poesía y el humor. No es Jean, sin embargo, ningún desorbitado. Tiene una cabeza muy bien organizada, muy clara, algo así como un cartesianismo inclinado a posiciones mágicas y a la sensibilidad afilada. Su conversación es firme y a la vez sonámbula. Cocteau es también hombre de extraordinaria simpatía humana y como de una afectación sencilla [...]. Tiene algo de hermano mayor de sí mismo, aspecto de guillotinado, un viejo 'chic', un dandismo muy Europa 1920. Su nariz parece estar siempre de perfil. Sus ojos son vivísimos. Sus labios, demasiado finos y crueles. " ¿Ustedes me entienden?

Creo -me voy a poner binario- que existen dos tipos de buenos escritores: los que tienen voluntad de estilo y los que tienen estilo. La voluntad de estilo es algo así como el estilo condenado a trabajos forzados.

Me envía mi muy querido Borja Lucena el texto de un libro que publicará próximamente sobre Hannah Arendt. Me he comprometido a escribirle el prólogo, cosa que haré encantado. Borja es para mí Soria, es decir, el paseo por la ribera del Duero desde San Saturio a Numancia y Garray y, sobre todo, el alma del Círculo Filosófico Soriano, un espacio tan singular que sólo podían cruzar sus umbrales los interesados únicamente por lo eterno.

Menudencias sabáticas

Cada vez me resulta más insoportablemente aburrida la televisión. Eso tiene un aspecto malo y otro bueno. El malo es que, como la televisión...