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sábado, 6 de agosto de 2011

No hay tiempo que perder

Cuando Louis Hubert Lyautey (1854-1934) estaba en África, le pidió a su jardinero que plantara un árbol cuya copa le parecía especialmente majestuosa. El jardinero le informó de que un árbol de ese tipo tardaba doscientos años en alcanzar su madurez. "En ese caso -dijo Lyautey- no hay tiempo que perder. Plántalo hoy mismo"

sábado, 11 de septiembre de 2010

Celestí Barallat

Algunas personas, notablemente las aquejadas de males románticos en su versión católica ortodoxa, es decir,  en su versión más melancólica, salían a la calle, allá a finales del XIX, vestidos de tal manera que parecía  que su propósito era encontrar el cortejo de su propio entierro, para  ponerse a la  cola, el último, y empaparse así del polvo levantado por los pies de los dolientes. Este fue el caso de Celestí Barallat (1837-1905). Según dice Ferran Sáez, era un hombre "lívido y silvestre, vestido invariablemente de negro y cubierto con un sombrero de copa altísimo y pasado de moda". Le acabo de hacer una hornacina en este café, por haber sido el autor de una obra que, aunque sólo fuera por el título, ya merece este honor: Las plantas no comestibles de los cementerios. Junto a su nombre tendré buen cuidado de que se mantenga siempre fresca una dalia de colores encendidos.


martes, 9 de septiembre de 2008

Vigencia de Santayana


Estoy leyendo los Diálogos en el limbo de Santayana y me vuelvo a encontrar con su escritura elegante y precisa y con la plena vigencia de su pensamiento. Con la necesidad que tenemos de maestros, ¿cómo es que despreciamos con olímpica ignorancia a los que de verdad pueden enseñarnos? No lo sé. Y tampoco me propongo adivinarlo. Me conformo con disfrutar de la inteligencia de este filósofo cabal, de la que os ofrezco una muestra a continuación.

Una vez el mundo entero era un jardín en que un niño tierno y rubio, que se llamaba Autólogos, jugaba y parloteaba a solas. Había por cierto una anciana que cuidaba el jardín, una diosa disfrazada; pero vivía en una cueva y sólo salía de noche, cuando el niño estaba dormido, porque, como el murciélago y el astrónomo, veía mejor en la oscuridad. Tenía una afilada podadera puesta en una larguísima pértiga, con la cual podaba silenciosamente todos los árboles y arbustos del jardín, hasta las ramas más altas, cortando los vástagos muertos y haciendo caer nubes de hojas secas; y muchas veces, murmurando para sí misma agrias palabras ininteligibles, cortaba una flor, o bien un capullo, de suerte que el niño al despertar los echaba de menos y no podía imaginar qué había sido de ellos. Ahora bien, el niño, jugando, ponía nombre a todas las cosas que le agradaban o desagradaban; y a la rosa la llamaba Belleza, y al jazmín Placer, y al jacinto Dulzura, y a la violeta Tristeza, y al cardo Dolor, y al olivo Mérito y al laurel Triunfo, y a la vid Inspiración. Gran contento le daban todos estos nombres, y tanto aumentaba su interés hacia esas flores y plantas, que pensaba que tales nombres eran sus almas. Pero un día, habiéndose herido con las espinas de una rosa, le cambió el nombre por el de Amor; y esto lo movió a pensar por qué había puesto aquellos nombres determinados a cada cosa más bien que otros totalmente distintos; y el niño empezó a sentirse más viejo. Estaba rumiando este problema, y había dejado de jugar, cuando entró en el jardín un hombre envuelto en un manto negro. Era un botánico y dijo: “Poco importa qué nombres les des a las flores, porque ya tienen nombres científicos que indican sus verdaderos género y especies; la rosa no es más que una rosa, y no es Belleza ni Amor; y así todas las otras flores. Son simplemente flores y plantas, y no tienen alma”. Al oír esto el niño empezó a llorar, con gran fastidio del botánico, a quien, como era hombre ocupado, le disgustaba la emoción. “Al fin y al cabo”, agregó, “ess nombres tuyos no harán daño alguno, y puedes seguir usándolos si quieres, pues son más hermosos que los que describen verdaderamente las flores, y mucho más cortos; y si la palabra alma te es particularmente preciosa, hasta puedes decir que las plantas y flores tienen alma: sólo que, si deseas ser un hombre y no siempre un niño, debes comprender que el alma de cada flor no es más que un nombre para su modo de vida, que indica cómo despliega sus pétalos por la mañana y los cierra acaso por la noche, como tú los ojos. Nunca debes suponer que, porque la flor tenga alma, esta alma haga otra cosa que lo que veas hacer efectivamente a la flor”. Pero el niño no se consoló, y cuando el viento hubo secado sus lágrimas, contestó: “Si no puedo dar a las plantas y flores hermosas nombres que sean en realidad sus almas, y si no puedo contarme a mí mismo cuentos verdaderos acerca de ellos, no jugaré más en el jardín. Y puedes quedarte con todo él y ponerte a herborizar, pero te odio”. Y el niño se fue a dormir esa noche muy acalorado y enfadado. Entonces, tan silenciosa como la reptante luz de la luna, la vieja salió de su cueva y fue derechamente al lugar en que el niño dormía y dándole un gran tajo con su podadera le cortó la cabeza; y se lo llevó a la cueva y lo enterró bajo las hojas que habían caído esa misma noche, que eran muchas. Cuando a la mañana siguiente volvió el botánico y vio que el niño se había ido, se quedó muy perplejo, “¿A quién –se decía- le voy a enseñar ahora botánica? Ahora no hay nadie a quien le interesen las flores, pues yo no soy más que un profesor, y si no puedo enseñar a nadie los nombres exactos de las flores, ¿para qué me sirven las flores a mi?”. Tanto le agobió al pobre esta idea, que perdió el conocimiento por completo, y como, ante todo, estaba muy marchito, pronto quedó reducido a unos duros tendones y huesos, como los nervios de una hoja seca; y aun esos restos no tardaron en desmenuzarse, y así se evaporó del todo. Sólo quedó su manto negro, para delicia del trapero. Pero la diosa en forma de vieja siguió podando el jardín y no pareció que cambiara en nada sus costumbres por la muerte del niño y el botánico.

martes, 9 de octubre de 2007

La invención de la botanosofía

En El Café de Ocata podría nacer también la botanosofía. ¿Por qué hemos de contentarnos con la creación de la zoosofía al amparo de la Vaca Socrática? Quizás en una de mis vidas futuras me ponga a ello. ¡Hay tantas jugosas maneras de perder el tiempo y tampoco tiempo para perder! Así que por ahora me limitaré a dedicar este post a esta disciplina por nacer.

La botanosofía tendría como lema de cabecera una magnífica expresión que utiliza Joachim Gasquet en "Il y a une volupté dans la douleur": "¡Qué Epictetos son estos pinos…!"

“Qué Epictetos son estos pinos…! ¡Qué frenéticos de vida estos escuálidos esclavos, y cómo parece, en medio de su desdicha, que están satisfechos con su suerte!”

Seguiría con “La locura entre los árboles”, del excéntrico poeta francés Francis Jammes, donde encontramos reflexiones como esta:

“Pienso en los árboles que están siempre a a constante búsqueda de su equilibrio aéreo… Tal es la vida de esta higuera, semejante a la de un poeta: la búsqueda de la luz y la dificultad de sostenerse”

Y siguiendo de la mano de este poeta recalaríamos en sus “Pensamientos en los jardines”:

“Hay manzanos que, prefiriendo la belleza de sus frutos a la conservación de su equilibrio, se quiebran. Están locos".

Y aun a riesgo de parecer demasiado afrancesada, esta disciplina dedicaría un lugar de honor al filósofo Théodore Jouffroy, porque cuando veía un árbol sacudido por los vientos montañeses no podía menos de recordar “al hombre, los dolores de su condición, una multitud de ideas tristes”.


Añadido del día 10 a las 14: 14:

¡¡¡Me olvidaba del "árbol de Porfirio"!!!

Ceuta y los derechos

Ya están los fiscales de la República de las almas cándidas enarbolando los derechos humanos de los marroquíes que han invadido Ceuta. No po...