Mostrando entradas con la etiqueta Memorias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Memorias. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de febrero de 2009

A don Manel Balasch, que en paz descanse

Ha muerto Manel Balasch. No lo traté extensamente, pero durante unas semanas sí que lo traté intensamente. Ha muerto alejado de su inteligencia, lejos de sí mismo, perdido entre las brumas de la enfermedad. Fue el presidente del tribunal que evaluó mi tesis doctoral sobre el Libro I de la República de Platón. Recuerdo la ironía con que juzgó un acento que ensuciaba la transliteración del término griego, "meson" (lo que está en medio), haciéndolo pasar por un "mesón". No se le escapó ni una coma, cosa que en los tiempos que corren, es de agradecer. He conocido después presidentes que no consideraban digno de su posición perder el tiempo leyendo las tesis que tenían que evaluar. Manel Balsch leyó la mía de arriba abajo. Me felicitó efusivamente por lo que consideraba digno de una felicitación efusiva y me enjuicio con dureza crítica, pero cordial, en todo aquello que creía criticable. No me puso fácil la tarea de constituir el tribunal, porque no aceptaba sentarse al lado de cualquiera. Tenía un altísimo sentido de la dignidad y -digámoslo así- no sentía mucho aprecio por los chaqueteros.

Recuerdo ahora una larga discusión con él, en una iglesia de Cornellà -Manel Balasch era cura-, sobre la traducción correcta del verbo griego "gignomai". Yo defendía que en Platón la mejor traducción, casi siempre, es "constituirse" y él me exigió que se lo probase caso por caso.

Se contaban abundantes maldades de él entre los filólogos progres, porque don Manel era un puritano que no estaba dispuesto a que los textos clásicos dijeran cualquier cosa. Se lo pasó mal traduciendo el Banquete de Platón, por ejemplo. Buena parte de esas maldades creo que no tienen ningún sentido, pero si lo tuviesen no impiden que le rinda desde aquí un tributo a su memoria.

Gracias, Fortuna, por haber permitido que Don Manel Balasch se cruzara en mi camino.

domingo, 30 de septiembre de 2007

España, 1969


Comentaba Joseph T. en Del tiempo y del espacio: "El otro día un amigo me confesaba la envidia que sentía de nuestros padres. Se lamentaba de no haber vivido la transición, los grises y todo lo demás". Joseph a mi también intentan mentirme algunos desmemoriados de mi generación que vivimos juntos esa epopeya. La realidad, sin embargo, fue mucho más de andar por casa. El sesentayochismo hispano es una utopia retrospectiva. Aquí no vivimos nada semejante. Los cuatro gestos que hubo fueron, si los examinamos objetivamente, cuatro brindis anecdóticos a la autoconciencia militante, que era bien marginal. La verdad verdadera es que en 1969 eran muy pocos los que se sabían la letra de La Internacional, mientras todo el mundo tarareaba un himno tan escasamente épico como el "Canta con nosotros" de Voces Amigas. ¿Hay alguien que se siga acordando de Voces Amigas? Ellos eran el fenómeno sociológico. Y es que el país -es decir, todos nosotros- no dábamos para más.

Las utopías con sentido son las que funcionan como ideal. Y nuestro ideal era el seiscientos o, si se era de posibles, el ochocientos cincuenta de cuatro puertas. Las utopías que no movilizan el interés de nadie sino simplemente la curiosidad, son simplemente atopías, como ésta:

Así se imaginaban en 1910 la escuela del año 2000.

Las utopías que se sitúan en el pasado, como una especie de Arcadia perdida o Tiempo de Oro de la melancolía, son meras ucronías. Humo narcisista que expelen los descontentos con lo que son para mentirse a sí mismos lo que han sido.

martes, 31 de julio de 2007

Adiós, Antonioni, adiós

¿Para qué ser redundante?

Memorias de un provinciano I

Miren si era yo no ya provinciano a mis 18 años, sino pueblerino, que cuando comencé a trabajar de camarero en el Roncesvalles, un bar de Pamplona, ya desaparecido, estaba encantado con las atenciones que me dedicaban las oficinistas de telefónica que se pasaban el día repartiendo su desbordante presencia de mesa en mesa. Hasta que me informaron que el hecho de que el edificio de Telefónica estuviese al lado nada tenía que ver con el oficio de aquellas encantadoras señoritas. Y se hizo la luz en mi alma y comprendí el mundo.

Miren si era yo provinciano que una de las fijaciones eróticas de mi vida procede de aquella post-adolescencia mía tan ignorante. Vivía en un piso cochambroso de la calle Descalzos de Pamplona. Tan cochambroso que un día que mi santa madre vino a verme, puso la mano en la barandilla de la escalera y se le quedó pegada. Temiéndose, con razón, lo peor, se negó a seguir para adelante. Otro día hablaré de este piso que compartía, entre otros –y J.C.O., si lee esto, no me dejará mentir-, con un exparacaídista que, según nos contaba, había tenido una novia japonesa. Sólo había –nos decía- una cosa más hermosa en esta vida que tener a una japonesa de 18 años desnuda, boca abajo, sobre las sábanas blancas de la cama común. Esa cosa, el súmmum de la belleza accesible a un humano, consistía en darle una buena palmada con la mano abierta en una nalga, para contemplar a continuación cómo se dibujaban los perfiles del gesto posesivo, con sus cinco dedos; cómo en primer lugar emergía el grabado lívido del manotazo que, poco a poco, a medida que fluía la sangre, se tornaba rojizo. El paracaidista se tomaba su tiempo para contarnos la variación de las tonalidades de la huella de su mano sobre la tersa piel amarilla sobre el blanco de las sábanas. Y nosotros lo escuchábamos con más pasión y excelsa beatitud de la que jamás de los jamases espectador alguno le dedicó a Bergman.

Continuará.

lunes, 30 de julio de 2007

Adiós, Bergman, adiós

Se nos viene encima una tormenta de necrológicas y hagiografías. Se ha muerto el director más beato de la historia del cine. Aquel al que todas las provincianas cultas acudían lacrimosas con su mantilla de progres, su reclinatorio existencialista y su incensario antiburgués. Así que el crítico que no se estruje los sesos para demostrar a sus lectores que sabe de Bergman más que nadie y que comprendió su cine mejor que lo que lo comprendió el mismísimo director sueco, está perdido.

Pero yo no pienso dedicarle ni una lágrima, porque a su cine le debo algunas de las horas más amargas, acomplejadas y patéticas de mi primera juventud.

A mí las que me gustaban, de verdad de verdad, eran la pelis de vaqueros, de romanos, de ciencia ficción y de miedo. Pero de un día para otro me enteré de que todo lo que me gustaba ni era cine, ni era nada intrínsecamente valioso, sino una correa de transmisión ideológica del capitalismo para eternizar mi alienación. Así que para purgar mis males, tenía que peregrinar a Bergman. Y “me levanté y me fui” a recorrer cineforums, donde, para mi sorpresa, encontré, levitando, a todos mis profes progres, a todos los jóvenes entendidos y rojeras, y, como he dicho antes, a todas las provincianas cultas. Bergman los entusiasmaba, en el sentido etimológico del término. De ahí sus levitaciones.

Después de asistir a varias sesiones de cineforum llegué a la conclusión (tendría entonces 19 o 20 años) de que una película era buena si y sólo si:

  • Primero y principal: yo no entendía absolutamente nada del guión.
  • El ritmo era pausado, muy pausado, las descripciones minuciosas, las miradas más importantes que las palabras.
  • Los personajes eran desgraciados y el final feliz imposible.
  • La tragedia tenía un peso relevante y la comedia apenas se insinuaba como broma intelectual para los muy, muy eruditos.
  • Las interpretaciones de la película eran diversas, pero ninguna tenía nada que ver con la mía.
  • Les gustaba a los marxistas y a los curas postconciliares.
  • Se podía hablar mucho del juego plano-contraplano y de las audacias de picados y contrapicados.

El arte, en definitiva, tenía que ser un sobrepeso sobre el peso existencial de la absurda existencia.

Por todas aquellas horas de cineforum, Bergman, pelmazo, y por todas las películas de vaqueros, de vampiros y de marcianos que me robaste, no pienso derramar ni una lágrima por tí. Aunque, para ser completamente sincero, no me importaría volver a ver “Gritos y susurros” y, si me apuráis, alguna más.

miércoles, 6 de junio de 2007

Memorias de un hombre con alzheimer

No voy a poder ir a ver a José Tomás. ¡Qué le vamos a hacer! El hombre propone y su daimon dispone. Me hubiera gustado ir entre otras cosas para rendirle un pequeño homenaje a mi amigo R., que tanto admiraba a este genial torero, y también para ver si de esta manera me libraba de lo que ahora os voy a contar.

R. era un filósofo a quien le debo, entre otras cosas, una lectura detallada de la “Física” de Aristóteles. Poseía una ironía fina, inteligentísima, y con frecuencia despiadada, que utilizaba como un dulce veneno de efectos retardados con sus enemigos.

Era, entre otras cosas, presidente de una peña taurina de una importante ciudad de Cataluña. Su pareja de los últimos tiempos era la secretaria. Y estos eran todos los miembros de la peña. Así que continuamente me insistía para que solicitara el carné de socio y ser el representante de la masa social. Evidentemente, me negué, que yo también tengo mi orgullo.

Cuando se enteró de que su cáncer no tenía cura y de que le quedaban, como mucho, seis meses de vida, me invitó a su casa a comer un “arròs amb carxofes, rovellons, llanegues, gírgoles i fredolics”. Una pura delicia. Lástima que a lo largo de la comida se empeñara en contarme sin ahorrar minucia los detalles de su degradación física. Fue una comida muy larga. Cuando pensaba que ya nos estábamos despidiendo, me pidió que eligiera un libro de su biblioteca, porque quería que tuviese un recuerdo suyo. Elegí “Las efesíacas”, de Jenofonte de Éfeso. “No ese no –me dijo-, que es de mi mujer”. Lo cambié por una joya, “El coloquio del conocimiento de sí mismo” de una filósofa completamente olvidada, Doña Oliva Sabuco de Nantes Barrera. Quizás los próximos días os hable de ella. Me están entrando ganas de volver a leer el libro.

Me solía llamar por teléfono una o dos veces al mes, para comentar sus últimas lecturas filosóficas y, de paso, su estado físico. Pero una vez –recuerdo que estaba yo en una pastelería de Ocata, haciendo cola para comprar el pan- sonó mi móvil, vi que era él y no quise contestar. Lo confieso. No me apeteció. Era el medio día de un 17 de enero.

Las cosas cambiaron cuando el 17 de febrero me volvió a llamar. Esta vez me encontraba en casa y no tenía el móvil a mano. Cuando dí con él, ya había colgado. Lo llamé. Me contestó una voz femenina asegurándome que no me había llamado nadie de ese número, porque mi amigo R. había muerto exactamente un mes antes, el 17 de enero a las 12 y media.

A partir de ese día –os lo juro- cada cierto tiempo, dos o tres veces al año, vuelvo a tener llamadas en las que aparece en el móvil el nombre de R. Evidentemente no me atrevo a responder.

Y ahora una pregunta: ¿Por qué me pasan estas cosas a mí –acordaos de mi experiencia con la bruja Marcela-, que supuestamente soy un racionalista?

Decidido: os hablaré de doña Oliva.

jueves, 1 de marzo de 2007

Bulgaria en el corazón

Me escribe Ruja Popova para recordarme que hoy en Bulgaria es el día de Baba Marta (la Abuela Marta). Hoy no hay búlgaro que no lleve prendidas en la ropa estas figuritas en blanco y rojo.
La primera vez que visité Sofía fui a merodear por el antiguo barrio sefardí de los "spanyolis", en el centro de la ciudad, con la intención de hacer algunas fotos mientras daba con la casa en la que vivió Elías Canetti. En la confluencia de la calle Zar Ivan Shishman con Ivan Vazos se paró ante mí un hombre cincuentón, más fofo que gordo, mal peinado, con barba de varios días y una ropa tan raída y desgastada como el edificio que yo pretendía fotografiar. Apestaba a alcohol y para mi sorpresa comenzó a balbucear alguna palabra en español. Cuando, poco a poco, fue capaz de enhebrar frases con sentido, me contó que había aprendido español mientras vivía en Budapest con un colombiano. "La historia – me dijo en un lamento – hace tiempo que pasa de largo por Bulgaria. ¡Eso es mierda!" Dio una vuelta completa sobre sí mismo intentando imitar el brindis de un torero, lanzó un beso al cielo y le dijo a su ciudad: "¡No tengo padre, no tengo madre, no tengo dinero, pero te quiero!" E, inmediatamente me pidió dos levas. Le di veinte. Las recibió sin sorpresa, como si las hubiese esperado desde el primer momento.

Euclides y las competencias

La gran paradoja de PISA es que, a pesar de ser una prueba diseñada para medir competencias, los mejores resultados los obtienen los países ...