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jueves, 14 de marzo de 2013

¡A Soria!



Nos espera, además del Círculo Filosófico Soriano, el primer Stenway de España (de 1869), que alguna memoria conservará de los dedos de Gerardo Diego.


                                     

lunes, 11 de febrero de 2013

Los ratas



Nietzsche: “Una importante ampliación del concepto – la opereta española La Gran Vía, que he escuchado dos veces, un acontecimiento madrileño de primer orden. Algo que simplemente no puede ser importado; se tendría que ser un pícaro y el demonio mismo, un tipo instintivo y solemne a la vez… Un trío de tres solemnes, viejos e inmensos villanos es lo más fuerte que he visto y oído… incluso en música: el genio no se puede formular. Pongamos por caso a Rossini, de quien conozco bastante su obra –ocho de sus óperas– y elijamos nuestra favorita, La Cenerentola, para compararla: pues bien, resulta mil veces más inocente cuando se confronta con las obras españolas. Sólo un completo pícaro podría concebir hasta el mero argumento; el modo en que los villanos aparecen en escena como un relámpago parece un juego de manos. Cuatro o cinco números musicales que merecen ser escuchados… La bella Helena de Offenbach escuchada inmediatamente después palideció tristemente. Me marché. Dura una hora exacta…”

viernes, 1 de febrero de 2013

En Petesburgo yo sería nihilista

Más de una vez he dicho que los mediterráneos no podemos ser nihilistas, que eso es cosa de rusos i de espíritus monócromos. Aquí el juego diáfano de luces y sombras nos pare ya platónicos perdidos. Con esta luz sería de idiotas no tener una iglesia en cada pueblo para resguardarse en la penumbra. Pues bien, esto es lo que acabo de leer en una carta que Nietzsche escribe desde Niza a Georg Brandes, que se encuentra en Copenhague (27 de marzo de 1888): 
"En Petesburgo yo sería nihilista: aquí creo, como cree una planta, en el sol. El sol de Niza -esto no es en realidad ningún prejuicio. Nosotros lo hemos tenido a costa de todo el resto de Europa. Que Dios, con el cinismo que le es propio, lo deje brillar cada vez más hermoso sobre nosotros, vagos, 'filósofos' i 'grecs'".
Según Nietzsche, posee un espíritu religioso todo aquel dispuesto a sacrificar lo peor de sí mismo en el altar de alguna posibilidad de ser más alta. Por eso incluye a los religiosos entre los artistas de primera fila.

Añado unos minutos más tarde (la lectura sigue su curso): Carta de Nietzsche a su hermana, cuatro días después de la anterior:
"Dios, con un cinismo no desacostumbrado en Él, deja, como parece, que el sol luzca más hermoso sobre tu inútil hermano nihilista filosófico que sobre el señor von Bismarck y la imperial y piadosa virtud alemana".

miércoles, 30 de enero de 2013

El rumor del superhombre

Recuérdalo tú y recuérdalo a los otros:


El día 12 de febrero llevamos a Nietzsche al CCCB.

Más información AQUÍ.

sábado, 19 de enero de 2013

La competencia lectora

Giovanni Francesco Maria Mazzola (Parmigianino), 
Retrato de un hombre leyendo un libro.

En esa mirada perdida más allá de ese libro que sujeta con firmeza con sus manos, está la prueba de la profundidad de su lectura. La lectura lenta nos empuja con frecuencia fuera del texto para rumiar lo leído. Y es entonces, cuando nos hemos alejado del texto explícito, cuando con más fuerza sujetamos el libro, para que no se nos escape de las manos. Aquí lo de menos es si el mayordomo ha sido o no el asesino, sino esa remisión constante a lo ya leído, ese continuo ejercicio de levantar puentes, esa necesidad de mantener la unidad de lo leído a medida que se va haciendo y, por lo tanto, a medida que se va rehaciendo. Esa inquietante sospecha de que algo sumamente importante para la comprensión del texto nos está pasando desapercibido.

lunes, 14 de enero de 2013

A propósito de "Nietzsche contra Wagner".

A diferencia de no pocos nietzscheanos, Nietzsche, el gran Nietzsche, sabía que era más fácil ser nihilista de tertulia que vivir de manera nihilista. Creo que incluso intuyó que cierta forma edulcorada de nihilismo podría ser muy bien recibida, como una pose estética de moda, por las gentes deseosas de estar al día, de ser personas de su tiempo. Es en lo que estamos. En esta tentación uno cae fácilmente, con frecuencia, y tan contento, resbalándose cómodamente por el sentido común. Creo que Nietzsche vería en el refugio estético moderno en el nihilismo de café un síntoma morboso, una enfermedad. Él siempre estuvo atento a esa forma tan humana de enfermedad que se pone de manifiesto en cuanto comenzamos a ponernos las cosas fáciles, buscando alivios existenciales contra el dolor de nuestra propia memoria.

La cuestión que le preocupa a Nietzsche es la de si hay alguna manera de vivir sinceramente el nihilismo que no oponga un no a la vida. Me parece que esta es, exactamente, la cuestión más candente, pero no de la actualidad, sino de cualquier tiempo.

La filosofía de Nietzsche presenta una analogía importante con los evangelios -o, al menos, creo que puede entenderse a partir de esa analogía-. Lo importante no es la muerte, sino la resurrección. La muerte es el resultado del esfuerzo destructor de Zaratustra: el paisaje desolado que queda tras el descubrimiento de la ausencia de fundamento. La resurrección es la afirmación de la vida más allá del ejercicio destructor. La resurrrección es la obra del Nietzsche constructor, del Nietzsche poeta, del Nietzsche que acepta su enfermedad como afirmación de la tristeza, de lo profundo, de la vida.

La filosofía del Nietzsche resucitado sabe que la vida es una enfermedad, un problema, una tristeza, pero, sin embargo, rehúye todo lo sombrío, porque la vida es una enfermedad, un problema, una tristeza que hay que amar, como amamos -dice él- a una mujer que nos hace dudar.

Hay que morir, pues, para regresar de los abismos, incluso de los abismos de la gran sospecha, como un renacido, con una segunda piel, un paladar más delicado y una actitud más jovial (las imágenes son de Nietzsche contra Wagner). El nihilista auténtico es el hombre que resucita como artista.

El nihilista conoce bien la oscuridad de la muerte, pero se cuida mucho de traer esa oscuridad a la superficie para ocultar con ella la luz del sol. La jovialidad del resucitado es incompatible con el mal gusto de los que a rajatabla, a cualquier precio, buscan la verdad. La probidad intelectual, "esa locura juvenil del amor a la verdad",  es una fe que no puede compartir el resucitado, porque sabe que siempre hay otro velo bajo los velos de Maya, porque Maya es, exactamente, un desvelo.

El resucitado comprende la suerficie de las cosas. Es superficial, porque ha regresado a la superficie y venera, como los artistas, las formas que se despliegan bajo la luz. Por eso Nietzsche amaba solamente la música que le ayudaba a andar.

jueves, 10 de enero de 2013

El "Proyecto Nietzsche" en el CCCB

Por la presente tengo el placer de comunciarles a todos ustedes que el "Proyecto Nietzsche" se pone en marcha el 12 de febrero en el CCCB con el siguiente programa:

1. Palestrina: Kyrie de la Misa Pappae de Palestrina.
2. Nietzsche, Monodie a deux.
3. Robert Schumann, Impromptu Op. 66.
4. Abraham Tena Manrique, Parafraseando a Nietzsche Op. 21.
5. Robert Schumann, Obertura Manfred Op. 115.
6. Nietzsche, Manfred Meditation.

Los protagonistas (además de Palestrina, Schumann y Nietzsche) serán:
  • Al piano: Esther Tena Manrique y Abraham Tena Manrique.
  • Al habla: Un servidor.

El objetivo: escuchar el rumor del superhombre. Ni más ni menos.

Resérvense la fecha, háganse el favor.

Nota: La hora está por concretar pero se la comunicaré a todos ustedes en cuanto la sepa.

PREGUNTA SUMAMENTE IMPORTANTE: ¿Debería ponerme pajarita?

lunes, 3 de diciembre de 2012

Serenidad

Ese lugar en el que la serenidad se encuentra con la jovialidad recibe en alemán el nombre de Heiterkeit. Es una de las palabras esenciales de Nietzsche. Es la alegría serena que los fuertes de espíritu saben mantener incluso en las circunstancias más adversas de la vida. Para expresar exactamente lo que quiere decir, Nietzsche apunta en sus primeras obras a la música de Mozart: ¨El espíritu sereno, claro, tierno y ligero de Mozart, cuya gravedad respira la tranquilidad y no el terror¨ (El viajero y su sombra §165 y §154). Hacia el 17 de diciembre de 1888 le escribe a Jean Bourdeau: ¨Cuento la serenidad entre las pruebas de mi filosofía¨. En uno de sus últimos textos publicados resume así su pensamiento sobre este término: ¨Conservar la serenidad cuando se está comprometido en un asunto tenebroso y extremadamente exigente, no es un asunto ligero: y sin embargo, ¿qué hay de más indispensable que la serenidad? (Crepúsculo de los ídolos, prefacio).

lunes, 24 de septiembre de 2012

Una coexistencia se da en nosotros

Lo que para nosotros, lectores balbuceantes de Nietzsche, resulta un  problema, tenía que serlo también de manera inmediata para el mismo Nietzsche, que pretendía, por encima de todo, ser un buen lector de sí mismo o, si se quiere, un buen intérprete de sí mismo. Utilizo "intérprete" en su sentido estrictamente musical.

No debería haberme sorprendido, pues, al encontrar en en el parágrafo 369 de La Gaya Ciencia las respuestas a algunos de los interrogantes que vengo arrastrando desde que comencé con estos apuntes sobre Nietzsche y la música. 

El parágrafo se titula Una coexistencia que se da en nosotros y dice lo siguiente:
¿No tendríamos los artistas que reconocer interiormente que hay en nosotros una discordancia inquietante, que nuestro gusto y nuestra fuerza creadora tienen cada uno una extraña manera de ser y de conservarse, y que cada uno tiene un crecimiento propio? (...). Así, por ejemplo, un músico sería capaz de crear obras que estuviesen en contra de lo que sus oídos y su corazón de experto oyente aprecian, saborean, prefieren, aunque ni siquiera sintiese la necesidad de tener conciencia de esta contradicción. Como muestra una experiencia que ya resulta dolorosa de tanto repetirse, fácilmente nuestro gusto sobrepasa el gusto de nuestra fuerza creadora, sin que por ello ésta última se paralice, ni le impida producir. Pero también puede ocurrir lo contrario, y a esto precisamente quiero llamar la atención de los artistas. Un creador constante, una especie de hombre "maternal" en el amplio sentido de la palabra, que no tuviese ya otra preocupación que los embarazos y los partos de su talento, que ni siquiera tuviese tiempo de reflexionar sobre sí mismo y sobre su obra, ni de medirse con ella, que ni siquiera deseara ejercitar su gusto y que simplemente se olvidara de él, abandonándolo o dejando que se extinguiera; ese autor, digo, acabaría tal vez produciendo obras cuyo alcance no sería capaz de juzgar. De esta forma, no diría ni pensaría más que tonterías al respecto. Creo que esta es la relación que casi normalmente mantienen los artistas fecundos con sus obras. Nadie conoce peor a un niño que sus padres e, incluso, por poner un ejemplo colosal, todo el mundo poético y artístico de Grecia no "supo" nunca lo que hacía.

sábado, 8 de septiembre de 2012

El culto de la escucha

Como el hombre es, con toda evidencia, un animal óptico, la filosofía se ha construido tradicionalmente, siguiendo esta inercia, desde la preeminencia de la visión. Su vocabulario es, fundamentalmente un vocabulario óptico. Basta leer a Platón para comprobarlo en cada párrafo. Pero el hombre no es sólo un animal óptico. Es muchas más cosas. Merleau Ponty, por ejemplo, desarrolla toda una antropología de la carnalidad a partir de una hermosa fenomenología del tacto.  Explorando estas otras muchas cosas que es el hombre, Rorty se propuso, continuando un proyecto ya esbozado por Heidegger, desmontar el “oculocentrismo” filosófico. En gran medida la filosofía del siglo XX puede entenderse como una puesta en cuestión de la centralidad de la mirada y, por lo tanto, de la teoría.

Nietzche ha precedido a todos los deconstrutivistas del "oculocentrismo" porque fue el primero (hagamos, en todo caso, la salvedad de Schopenhauer) en emprender el proyecto de hacer del oído un órgano filosófico, entendiendo la escucha como auscultación de la experiencia musical del mundo. Es esto lo que pretenden mostrar los últimos cantos de Así habló Zaratustra.

En El nacimiento de la tragedia habla de “aplicar el oído a las pulsaciones de la voluntad universal” que late en “todas las arterias del mundo”. Cuando sustituye a Wagner por Bizet en el altar de sus predilecciones, sostiene (en El caso Wagner) que Bizet lo hace “mejor auditor”, le permite escuchar aún mejor “el origen y la causa primera”, porque “cuanto más músicos somos, más filósofos somos”. Sin embargo no es fácil zafarse de mil quinientos años de filosofía y Nietzsche acaba rindiendo un gran tributo a la mirada cuando concluye (El Caso Wagner) que gracias a la música captamos el mundo sinópticamente, como si estuviésemos en lo alto de una montaña. Y en esto precisamente consiste la pasión filosófica.

La excelencia de la escucha (auscultare) es la auscultación, que es la acción por la cual prestamos a un sentido (auris, oído) una dedicación (culto). Es lo que hace el eremita del parágrafo 289 de Más allá del bien y del mal, que se dedica a afinar su oído con el trato a solas con su alma, como si fuera un excavador de tesoros.

Nietzsche ha sido el primer filósofo (de nuevo, con la salvedad de Schopenhauer) en presentir una experiencia no conceptual del mundo. Un concepto no sería, al fin y al cabo, como leemos en Verdad y mentira en sentido extramoral, más que el residuo de una metáfora. Nietzsche ha presentido una discursividad musical… porque ha sabido que de aquello de lo que no se puede hablar, se puede cantar y bailar.

lunes, 3 de septiembre de 2012

También los dioses filosofan


Tras escribir el post anterior he salido a pasear por la playa de Ocata con la sensación de que finalmente comenzaba -quizás- a comprender el que hasta ahora era para mí el punto más oscuro de la filosofía de Nietzsche: la afirmación que hace en Más allá del bien y del mal de que Dioniso es un dios filósofo y, en consecuencia, que, en contra de la tesis de Platón, también los dioses filosofan. 

Al volver a casa he buscado algo que decía Reinhardt al respecto. Es esto: "Lo que no carece de sutiles peligros".

Sin la música...

"Sin la música la vida sería un error".

Esta máxima aparece en El crepúsculo de los ídolos, una de las últimas obras de Nietzsche (1888), pero la había madurado previamente, como lo pone de manifiesto el hecho de que la encontremos en su correspondencia con un compositor (Peter Gast) y un filósofo (Georg Brandes). Se trata de un aforismo tan redondo que inmediatamente creemos comprender su significado... pero quizás sólo entendamos su melodía. ¿Y si era eso precisamente lo que pretendía Nietzsche?

Esta declaración apasionada de amor a la vida y a la música tiene la forma de un aforismo y, como tal, en su simplicidad formal se sugieren muchas cosas.

La fuente de Nietzsche es Schopenhauer, que en el parágrafo 52 de El mundo como voluntad y representación defiende que la música es la expresión del mundo, más aún: que es la expresión del ser verdadero de las cosas, de la realidad íntima, del mundo en-sí… es decir, de la voluntad. Si lo entiendo bien, lo que nos está diciendo es que la música es el sonido específico del brotar de la naturaleza, de esa emergencia que lleva a las cosas desde el misterio de su origen a la eclosión de su forma. Es "una copia inmediata de toda la voluntad que es el mundo.” Así como las palabras son el lenguaje de la razón, la música sería el lenguaje de un mundo que se pone de manifiesto en nosotros de forma inmediata a través del sentimiento y la pasión. Y así como el lenguaje de la razón nunca acaba de comprender el del sentimiento, tampoco comprende el de la esencia última del mundo expresada en la música. La música no expresa "esta o aquella alegría particular y determinada, esta o aquella aflicción, dolor, espanto, júbilo, diversión o sosiego, sino la alegría, la aflicción, el dolor, el espanto, el júbilo, la diversión y el sosiego mismos, en cierto modo, in abstracto; expresa su esencia sin accesorio alguno".

Desde este punto de vista se entiende mejor (entiendo mejor) lo que dice Nietzsche, en un fragmento de 1971 que ya hemos visto, sobre la imposibilidad de que la música se ajuste a las palabras sin traicionarse, porque el de las palabras, simplemente, no es su lenguaje.

Precisamente porque la música y el mundo fenoménico son dos expresiones diferentes de una misma cosa, la música mantiene una relación íntima con el verdadero ser del mundo y difiere de manera inevitable de las artes figurativas. Estas últimas son copias del fenómeno (o, en palabras de Schopenhauer, "de la adecuda objetividad de la voluntad"), mientras que la música es expresión de la voluntad misma. Apropiándose del lenguaje de los escolásticos, Schopenhauer añade que si los conceptos son los universalia post rem, la música ofrece los universalia ante rem y la realidad los universalia in re.

Pero si la pretensión de la filosofía es la expresión del ser del mundo en conceptos muy generales, la teoría de la música sería estrictamente hablando, filosofía.  

Leibniz, pitagorizando, definió la música como “exercitium arithmeticae occultum nescientis se numerare animi” (un ejercicio oculto de la aritmética por parte de un espíritu  que no sabe que está contando). Schopenhauer lo corrige de esta manera: “Musica est exercitium metaphysices occultum nescientis se philosophari animi” (la música es el ejercicio oculto de la metafísica por parte de un espíritu que no sabe que está filosofando).
Nietzsche se hace eco de esta reflexión de Schopenhauer sobre la música en varios lugares de su obra, por ejemplo en el parágrafo 16 de El nacimiento de la tragedia. Cito este caso porque aquí relaciona la tesis de Schopenhauer con la tesis que Wagner expone en su Beethoven a cerca de que la música ha de ser juzgada según unos principios estéticos completamente diferentes de todas las artes figurativas.
Parece que es en el sentido más propiamente schopenhaueriano como hemos de entender la osadía de Nietzsche al llamar a la música, en El nacimiento de la tragedia, arte dionisíaco, a diferencia de los artes figurativas, que serían apolíneas.

viernes, 31 de agosto de 2012

Línea a línea

Tanto se habla de lo dionisíaco en Nietzsche que con frecuencia se olvida que fue él quien dijo que Dioniso no puede vivir sin Apolo. Si bien Nietzsche es capaz de llevar hasta el concepto lo que se da unido en la realidad, nunca olvida la parcialidad inherente al concepto. Por eso mismo el texto necesita algún tipo de ayuda adicional.

Uno de los conocidos como "fragmentos póstumos" trata de esta cuestión y me parece que tiene mucho que ver con lo que he escrito en los anteriores apuntes sobre la importancia del tono y la cadencia en la lectura. Es del verano de 1888: "Se es artista a condición de sentir como contenido, como la cosa misma, lo que todos los no artistas denominan forma. Con lo cual uno pertenece, ciertamente, a un mundo invertido".

Es decir: El artista ve en Apolo a Dioniso.

No hay duda de que Nietzsche se entiende a sí mismo como un artista. En otro fragmento, de octubre de este mismo año, hace esta singular confesión biográfica: "... mis libros: (...) son libros vividos a partir de una voluntad de vida y por ello representan como creación, un verdadero suplemento, un plus de esa vida misma".

Recordemos que la música es el arte cuya forma coincide exactamente con su contenido.

jueves, 30 de agosto de 2012

Nietzsche: el guión

Un amigo de Nietzsche, von Gersdorff, escribió en sus Memorias que durante sus años escolares en Pfortal “sus improvisaciones eran inolvidables. Casi creo que incluso Beethoven no hubiera podido improvisar de manera más conmovedora que Nietzsche, en particular, cuando una tormenta se avecinaba". No sé el valor que puede concedérsele a este testimonio o al de otros compañeros de estudios que lo tenían por una autoridad musical o al del periódico de Leipzig que en 1868 le ofreció una columna de crítica operística. Si sé que no disponemos, claro está, de sus improvisaciones.

Uno de sus biógrafos, Werner Ross, sostiene que tenía, "indudablemente", un talento musical natural y que consideró la música como parte de su misión. Otros han hablado de su “obsesión musical”. 
 
Lo que parece evidente es que siempre pensó que había profundidades del alma que sólo encontraban su expresión precisa en la música. La palabra era, a su parecer, más adecuada para expresar lo superficial. Sospechó, incluso, que en toda conversación está latente una semilla de desprecio. 
 
Aquí está para mí la cuestión importante. Creo que Nietzche estuvo ensayando a lo largo de toda su obra un discurso propio en el que la palabra estuviera acompañada por la música, no como un mero adorno cosmético, sino como algo esencial. Como ya señalaron los que lo conocieron, se esforzaba para encontrar las palabras y las frases adecuadas en cada caso, con la intención de conseguir una melodía de la expresión. Y la mayoría de los estudiosos coinciden en que lo logró. Algunos dicen que sólo otro alemán escribió frases tan precisas y bellas: Goethe. 
 
Se ha dicho también que su abundante uso del guión pretende crear un tipo de lectura pausada que él elabora en analogía con la música. El guión sería para su escritura lo que el silencio momentáneo para la música. A su hermana le confesó en una carta: “Para mí (en mi escritura) todo comienza únicamente después del guión”. 
 
El estilo no es, pues, un adorno de la escritura de Nietzsche. Pero ocurre que cuando se piensa en su estilo se acostumbra a tener presente únicamente la forma aforística y no la unión entre el aforismo y su ritmo expresivo, su cadencia,

El día del eclipse y los calipos

Tengo abandonado este Café, pero es que no doy más de mí. Ando muy atareado con la escritura de un nuevo libro que me está devorando el tiem...