domingo, 11 de octubre de 2026

Euclides y las competencias

La gran paradoja de PISA es que, a pesar de ser una prueba diseñada para medir competencias, los mejores resultados los obtienen los países que se centran en los conocimientos (como se ve en la diferencia entre Inglaterra, por un lado, y Escocia y Gales, por otro).

Cuando Euclides presentó sus Elementos —una de las grandes construcciones intelectuales de la humanidad— a Ptolomeo I Sóter, éste le preguntó si había alguna manera de comprender fácilmente todos aquellos teoremas. Euclides le respondió: "Señor, no hay caminos reales en la geometría".

Ptolomeo quería un método que lo hiciera rápidamente competente sin tener que transitar por la áspera senda de los codos. Le hubiera gustado hacerse con el conocimiento sin pagar el precio de la atención metódica y Euclides podría haber intentado ganarse el favor del monarca haciendo lo que hacemos nosotros: rebajar los contenidos. Pero no se dejó intimidar. Los Elementos estaban a la altura de quien quisiera conquistarlos intelectualmente, fuera esclavo o rey.

Esta anécdota ha sobrevivido dos mil años, pero hoy podríamos estar asistiendo a su fin. Para ahorrar el esfuerzo al alumno, nosotros le gamificaríamos los Elementos.

La respuesta de Euclides a Ptolomeo tiene un doble sentido. Por un lado, un sabio de origen humilde le dice al sucesor de los faraones que, si quiere saber geometría, debe seguir el mismo camino que el resto de los mortales. Por otro, recuerda a los plebeyos que tienen la geometría a su alcance si se someten al rigor de sus procedimientos, que es el rigor de la democracia del saber. Sin embargo, había cierta dignidad en Ptolomeo I Sóter. Un Ptolomeo actual lo primero que haría sería preguntar: "¿Y esto para qué sirve?"

En el 2011, cuando las pantallas tenían buena prensa, un secretario de Estado de Educación sostuvo en un acto del Colegio de Doctores y Licenciados que había profesores tan empeñados en representar a Hamlet que no se daban cuenta de que les habían cambiado el decorado a su espalda: ahora, en lugar del castillo de Elsinor tenían un McDonald's. Es decir, deberíamos sustituir los Elementos por un fast-book. Pensé entonces, y lo mantengo ahora, que quien elige un bien inferior (la equidad por abajo) y rechaza un bien superior (el desarrollo de las más altas capacidades de los alumnos) actúa inmoralmente. Como decía Ortega, "la inmoralidad máxima es esa preferencia invertida que exalta la mediocridad y rechaza lo óptimo en nombre de una moral falsa".

Volviendo a Euclides, lo que más me gusta de su anécdota es que no impone ningún deber externo al saber (ninguna competencia). Considera que esforzarse por saber nos dignifica y nos aporta experiencias de rigor, orden, pulcritud y belleza (experiencias que, según el filósofo checo Jan Patočka, son la manera adecuada de cuidar de nuestra alma).

Seguro que nadie aspira a tener una juventud incompetente, pero es evidente que la teoría competencial ha aumentado la burocracia de los docentes, la confusión en los claustros, la disparidad de criterios de los inspectores y el uso de un lenguaje sofístico que las familias no entienden. El resultado es un inquietante malestar docente, el descenso del conocimiento y el recurso creciente de las familias a la educación en la sombra porque con la escuela no tienen suficiente.

De todos los factores que intervienen en el aprendizaje, el más importante, sin duda, es el conocimiento previo, que se enriquece con más conocimiento. Es una buena noticia porque si la pobreza cultural está socialmente construida, también podremos construir su compensación escolar.

Hoy la relevancia de los conocimientos previos se pone de manifiesto en nuestra capacidad para dirigir las preguntas adecuadas a la inteligencia artificial. Pero aprender a preguntar requiere saber. ¿Qué puede preguntarse sobre un tema que se desconoce completamente? Si navegamos frente a Santander, nos será más útil pedirle a la IA una carta náutica de la bahía cántabra que un mapa de carreteras de Málaga... siempre y cuando seamos capaces de leer una carta náutica.

La diferencia entre saber y no saber preguntar se llama criterio. Y el criterio útil es el mío, no el de la IA. Por esta razón, lo relevante no es saber qué podemos hacer con el conocimiento, sino qué puede hacer el conocimiento en nosotros. La IA hará lo que hace cualquier otra prótesis antropológica: amplificar lo que cada uno ya es.

Me imagino que los reacios al conocimiento (esos que siguen viajando idealmente a Finlandia esperando encontrar lo que nunca nos pudo ofrecer) me pueden preguntar: «Vale, los codos funcionan en la práctica... pero ¿funcionan en teoría?»

sábado, 26 de septiembre de 2026

La escuela que enseña

Artículo publicado en el diario ARA:

Hace poco me preguntaron cómo me imaginaba la escuela a la que me hubiera gustado ir. La pregunta es pertinente como divertimento pedagógico y con ese espíritu ofrezco mi respuesta.

Sería, en primer lugar, una escuela que enseña (pone hitos y educa la atención).

Daría a los alumnos al máximo posible tiempo de calidad. Un alumno vulnerable necesita que la escuela compense las carencias cognitivas que lleva de casa. ¿Quién, si no, lo hará? Perder el tiempo es privarle de oportunidades.

Trabajaría a fondo el vínculo entre comprensión lectora y conocimientos previos. Quien sabe más, comprende mejor y acumula más bagaje, ampliando sus conocimientos previos. Enseñar contenidos es también enseñar a leer.

Cuidaría de la alfabetización disciplinar. Dado que cada materia tiene su propio léxico, todo maestro es un maestro de lengua. No existe actividad escolar que no pueda enriquecer el lenguaje de los alumnos.

Dispondría de un rico currículum en contenidos: acumulativo, secuencial y coherente. Basado en el conocimiento, impulsado por el conocimiento y articulado en unidades didácticas, de acuerdo con el principio "de lo simple a lo complejo ".

Cada actividad evaluaría la carga cognitiva asequible, porque es necesario dar a los alumnos lo que la IA elimina, el esfuerzo.

Daría valor al saber, porque sólo nos esforzamos por conseguir lo que consideramos valioso. Sin conocimiento no existe pensamiento de orden superior. El conocimiento es aquello con lo que pensamos

No confiaría demasiado en la existencia de competencias genéricas. Los neurólogos, por ejemplo, no son particularmente buenos diagnosticando casos de cardiología.

Como nos tomaríamos en serio la equidad, apostaríamos por un currículo secuencial, con una progresión controlada y una enseñanza explícita (la más eficaz).

Habría un currículum para todo el centro, no tantos currículum como alumnos con problemas de aprendizaje. Un currículo bien secuenciado no deja a nadie atrás.

Defendería que el conocimiento no tiene ninguna propiedad que le impida ser transmitido y no confundiría epistemología y pedagogía.

Su principio básico: Ningún alumno puede hacer lo que no ha aprendido. Por eso se enseñaría para recordar. Sin modificaciones en la memoria a largo plazo, no hay aprendizaje. No menospreciaríamos la memoria y veríamos el olvido como un reto pedagógico (como nos recuerda la curva de Ebbinghaus).

Lo primero que haríamos con un niño con problemas de aprendizaje es preguntarnos por sus posibles causas pedagógicas.

Nuestra escuela se vería como una institución republicana comprometida con el fomento de la cultura común.

La relación pedagógica clave sería el cara a cara. No tiene sustituto, aunque siempre ha requerido complementos (desde las tabletas de arcilla hasta las digitales).

El error del alumno se vería como una oportunidad de aprendizaje, partiendo de la base de que el estudiante suele dar la respuesta correcta a la pregunta que él mismo se hace. Por eso hay que hacerle explícita la lógica de su error.

Dedicaríamos todos los recursos disponibles a los momentos en los que se manifiestan trayectorias divergentes en los alumnos (cuando se pasa de aprender a leer a aprender leyendo, por ejemplo).

La escuela sería inclusiva, pero no necesariamente lo sería cada aula de forma permanente. Los niños neurodivergentes, por ejemplo, necesitan una atención continuada y a medida.

Practicaríamos las palabras mágicas que facilitan la convivencia: gracias, por favor, perdón, confío…

En nuestras aulas no habría sitio para la ansiedad matemática. No existe humanismo sin matemáticas.

Nos gustaría todo lo que permite dejar las diferencias sociales en la puerta del centro. Se celebraría la excelencia ajena y se estimularía su emulación,

Amaríamos mucho más el pensamiento riguroso que el pensamiento crítico, y el razonamiento mucho más que la opinión,

Tomaríamos con pinzas la educación emocional, no sea que sea el mal del que ella se cree cura.

A las familias les pediríamos tres cosas: garantizar la higiene del sueño de sus hijos, permitir les gozar del juego libre y arriesgado, y diez minutos de lectura diaria (alrededor de 730.000 palabras al año).

El resumen de todo es la convicción de que escribir es hacer visible el propio pensamiento. Una vez visualizado, puede ser cuestionado, refinado o fortalecido. Escribir bien es practicar el pensamiento riguroso porque, lejos de reducirse a ser un medio de transmisión de ideas, la escritura es la mejor forma de hacernos con ideas claras y distintas. Claridad es empatía. Como dice mi admirado Nick Gibb, la lectoescritura no es parte de la educación, es lo que hace posible la educación, porque clarifica metas y fortalece la atención.

viernes, 28 de agosto de 2026

La normalidad

El viento sacude las ramas de los árboles. Es decir, hay viento. He abierto la ventana sin tener la sensación de estar abriendo un horno. Pero si el clima se calma, la política se encrespa. Somos un país con fuertes componente surrealistas. O, si lo prefieren, digamos que tenemos una relación muy creativa con la realidad. No puedo quitarme de la cabeza la imagen de los militares españoles desarmados huyendo de unos delincuentes en Ceuta. ¿Cómo es que ocurren cosas como esta y no nos escandalizamos? ¿Cómo puede ser posible que dos ministros de un mismo gobierno disientan públicamente sobre si el CNI ha cumplido o no con su papel? ¿Cómo pueden jugar de esta manera con la credibilidad de los servicios de inteligencia?  Hay una extraña sensación en el aire de que cualquier cosa nos puede pasar. Cualquier cosa, se entiende, menos la normalidad. 

jueves, 20 de agosto de 2026

20 de agosto (de nuevo)

He dejado que fuera pasando el día para ponerme a escribir. Mi querida amiga B. me ha echado la bronca esta mañana porque se ha encontrado el café vacío. Pero es que ando concentrado en el próximo libro, volcado en él, y estoy justo ahora atravesando ese momento fatal, que se me presenta siempre cuando llevo a medias un libro, en el que me parece que todo lo que he escrito no vale para nada y que no merece la pena seguir escribiendo. Voy aprendiendo a conocerme a mí mismo porque, simple y llanamente, me repito mucho. He recibido muchas felicitaciones. Siempre me saben especialmente ricas las que me llegan de América. Ahora mismo acabo de recibir una de Monseñor Luis Baura que ha pasado de Costa Rica a Guatemala por cosas de su oficio. El día ha transcurrido diría que en recogimiento, plácidamente. Me he levantado temprano, he estado trabajando intensamente durante 5 horas ininterrumpidas que me han dado para menos de una página y me he ido a desayunar al Petit Café de la Plaza de Ocata. Hoy, además de no cobrarme el desayuno, me han invitado a comer. Pero tenía cita con mis hijos en un restaurante del puerto. A la vuelta a casa he estado un buen rato sentado en mi sofá, cada vez más desgastado y cada vez más mío, frente a la ventana, pensando en tonterías deshilachadas y viendo caer la lluvia intermitente. No me apetece leer ni ver la televisión. He contestado mensajes, he recibido llamadas de teléfono y he hablado de la posibilidad de comprar un terreno a bajo precio en un pueblo de la burgalesa Sierra de la Demanda. J. quiere que sea su vecino para acompañarnos mutuamente en espera de la Parca bebiéndonos la fenomenal bodega que lleva acumulando desde hace décadas. No es mal plan.

sábado, 15 de agosto de 2026

En IDEAS

Lo primero que hago cada día al levantarme es abrir la ventana a ver si corre un poco de aire. La cierro inmediatamente, porque no hay ni gota de aire y entra esa calor mefítico del exterior que nos está castigando tanto este verano. Pero a veces con el calor llega lo cálido, somo esto de IDEAS.

jueves, 13 de agosto de 2026

El día del eclipse y los calipos

Tengo abandonado este Café, pero es que no doy más de mí. Ando muy atareado con la escritura de un nuevo libro que me está devorando el tiempo. Cuando no estoy escribiendo estoy dándole vueltas a alguna idea. O, mejor: son las ideas las que dan vueltas a mi alrededor y tengo que andar diligente para cazarlas al vuelo. El "yo pienso" es en mi caso un yo bastante extraño y caprichoso.

Hoy, sin embargo, es necesario abrir las puertas del Café de Ocata para que quede constancia de que ayer nos fuimos toda la familia (abuelos, hijos y nietos) de eclipse. Nos decidimos por la montaña, sabiendo que nos encontraríamos con más gente que en San Fermín en Pamplona, pero yo le había echado un ojo a un sitio donde aparcar cerca de un mirador privilegiado en un claro del bosque. Como los Luri somos como somos, nos preparamos a conciencia con todo lo importante: sandía, melón, agua fresca, mucho hielo y una buena cantidad de calipos, ese invento genial que dignifica a una cultura. Mis nietos y yo hemos inventado la calipoterapia y, señores, nos funciona de maravilla como remedio para todo mal, del alma o del cuerpo.

El eclipse en sí no deja de ser un fenómeno mecánico al que no se puede mirar cara a cara, pero nosotros nos lo pasamos bien. Tras el eclipse, nos fuimos a cenar. En resumen, que hemos creado un buen número de buenos recuerdos y quizás de aquí a 50 años mis nietos les contarán con cierto tono melancólico a sus propios nietos el día aquel del eclipse y los calipos.

Euclides y las competencias

La gran paradoja de PISA es que, a pesar de ser una prueba diseñada para medir competencias, los mejores resultados los obtienen los países ...