En el año 2019, el que era entonces director de educación de la fundación Santillana, declaró sin reparo alguno en El País que "transmitir la verdad ya no corresponde a la escuela" y que "saber aprender toda la vida es más importante que saber matemáticas". Me sorprendieron estas dos barbaridades, pero me sorprendió aún más la aquiescencia con que fueron recogidas por mucha gente bienpensante (pedagógicamente hablando). Han pasado los años y Santillana ha lanzado en Hispanoamérica un proyecto pedagógico, SUMUN, que valora el conocimiento, poderoso, el esfuerzo sostenido, la construcción del carácter, las prácticas reflexivas... es decir, todo lo que vengo defendiendo -muchas veces en soledad- desde hace muchos años. Por eso estoy colaborando con Santillana en un proyecto que puede dar un giro considerable a las pedagogías postverdad, a las que también llamó pedagogías del yo. Me estoy implicando directa, intensa y gozosamente proporcionando argumentos para defender lo evidente.
martes, 30 de junio de 2026
sábado, 27 de junio de 2026
viernes, 26 de junio de 2026
Venezuela
Un día de hace ya unos cuantos años, justo al llegar a Igualada en una tarde lluviosa para dar una charla en un colegio, me sonó el teléfono. Alguien que se presentó como la directora de los coros del Sistema (la organización de coros y orquestas juveniles de Venezuela) me dijo que llegaba a Barceona con el maestro Dudamel para dar unos conciertos en el Palau y querían verme. Por supuesto, asistí. Ya saben que nunca hay que darle la espalda al azar amigo. Desde aquel día ha llovido mucho. Nos han pasado cosas bastante incomprensibles y la vida ha ido dando vueltas sin que disminuyera nunca el aprecio que siento por Lourdes, una mujer de una inteligencia musical excepcional, una sensibilidad caligráfica y una sonrisa amplia y acogedora. Me acaba de enviar un mensaje de voz. Hay una palabra que repite una y otra vez: "Desolador". Se refiere, claro está, a los efectos del terremoto que ha asolado Venezuela. No hay recursos para tanto dolor.
jueves, 25 de junio de 2026
De Cota al cielo, pasando por Huamantla
Ya se habrán dado cuenta ustedes, queridos amigos, de que tengo un "love affair" con Hispanoamérica. Hoy he gozado con un amenísimo encuentro con los profesores de un colegio de Puebla cuya directora -¡bendito sea el azar amigo- es de Huamantla, mi lugar preferido de México. Ayer tuve otro encuentro digital con México, tengo pendiente la respuesta a tres invitaciones diferentes para visitar Jalisco, la ciudad de Panamá y Costa Rica... Todo lo que encuentro en aquellas benditas tierras es para mí El Dorado: amabilidad desbordante y generosidad perenne, sin fecha de caducidad. Hace dos días comimos con Oscar Aldana, de Cúcuta. Firmando en la Feria del Libro de Madrid me apareció la profesora Carolina Gutiérrez con una botella de un mezcal insuperable. Mil cosas podría contar, pero lo de hoy ha superado sentimentalmente a todo lo vivido hasta ahora. En el Liceo los Andes de Cota, ciudad próxima a Bogotá, han decidido bautizar un salón con mi nombre y, por si fuera poco, con mi imagen:
Las pantallas
La tecnología nos atrae. Y lo hace con tal fuerza que está consiguiendo que los fines sean la excusa que utilizamos para trastear con los medios. En esta usurpación del fin por parte del medio se encuentra la principal clave del éxito de la tecnología. Todos andamos en ello pero andamos con mala conciencia y por eso, por ejemplo, nos quejamos con la boca pequeña del poder del móvil mientras nos compramos un móvil nuevo mucho más potente que el antiguo, a pesar de que el antiguo cumplía con casi todas sus funciones (sus fines). Con casi todas, porque no cumplía con los imperativos de la novolatría. Quejarse de un poder es reconocer su poder y el poder siempre atrae, sea en el caso de los leones, de los macacos o de los humanos. No ha habido dictador sin admiradores. El inocente que juega con el fuego y se quema, protestará contra la llama pero no dejará de encender hogueras. Por eso hoy la técnica es omnipresente y se ha apoderado de nuestras vidas mientras protestamos de su omnipotencia. Véase el caso de las pantallas.
miércoles, 24 de junio de 2026
San Juan
Con una cosa y otra, se me echó la noche de San Juan encima sin tener nada preparado en casa, así que comencé el día recorriendo pastelerías y el mercado. A las 12 había quedado en pasar por Barcelona para recoger a Oscar Aldana, rector del IE Julio Pérez Ferrero de Cúcuta, y a su mujer. Quienes me conocen saben la importancia que tiene para mí este colegio del barrio de Cundinamarca. Tras dar una vuelta en coche por Barcelona (que el día no estaba para exponerse a la intemperie abrasadora) vinimos a comer a El Masnou. Fue un magnífico encuentro que, por supuesto, tendrá continuidad. Como la vida es caprichosa y se reserva para sus excentricidades una verosimilitud que no puede lograr la literatura, ayer recibí también un correo procedente de Granada que me hablaba de una novela de un autor polaco (Józef Mackiewicz) en la que hay una relación con mi experiencia en Cúcuta. Ya saben, el azar amigo. Después de comer dejé a Óscar y a su mujer en el conjunto modernista del hospital de Sant Pau y me volví para casa, a preparar la verbena, especialmente la imprescindible megatortilla de patatas. Ha sido una verbena familiar en la que se ha quemado mucha pólvora (como acostumbramos) y ha terminado, como cada año, con mi mujer barriendo la calle, para recoger los restos de la batalla. Y para echarle más sustancia a la verosimilitud improbable, he de añadir que ayer recibí dos invitaciones para viajar a la Ciudad de Panamá y a Jalisco. Ya veremos qué decido hacer. Posiblemente pondré a partir de ahora una condición de obligado cumplimiento: viajar en business.
martes, 23 de junio de 2026
Ya comienza a menguar el día
Me preguntáis si me pasa algo, ya que desde el día 15 ando ausente de este café. A mí no me pasa nada, pero al tiempo sí. Va más deprisa. Va tan deprisa que no me queda tiempo para nada. Un sabio musulmán dijo un día que el sonido armonioso de una flauta que traía el viento no era más que el llanto de Satán, que quería retener el tiempo y no podía. Esta condenado a constatar que todas las cosas pasan y solo Dios permanece. Pues así estoy yo, sofocado de tanto correr tras del tiempo para enjaularlo y él, intempestivo, se me escabulle. Me levanto y echo una mirada al correo, y me cae un alud de mensajes encima. Suena el teléfono y me piden que concrete esto o aquello y mientras me pongo a concretar me echo encima los fardos de tres o cuatro compromisos más. A veces pienso -y, de hecho, lo soñé hace tres días- que este acelerón es el final, el que reúne las últimas fuerza para arañarle unas décimas al cronómetro antes de aplastarme contra la pared. Comienzo a tener un poco de miedo de mí mismo. No llego a lo que hago y aun así me comprometo a más. Me digo, para justificarme, que son los últimos cartuchos y que hay que meter ruido. ¡Y ya estamos otra vez en San Juan! ¡Ya comienza a menguar el día!
Las vueltas que da la vida
En el año 2019, el que era entonces director de educación de la fundación Santillana, declaró sin reparo alguno en El País que "transm...

