La gran paradoja de PISA es que, a pesar de ser una prueba diseñada para medir competencias, los mejores resultados los obtienen los países que se centran en los conocimientos (como se ve en la diferencia entre Inglaterra, por un lado, y Escocia y Gales, por otro).
Cuando Euclides presentó sus Elementos —una de las grandes construcciones intelectuales de la humanidad— a Ptolomeo I Sóter, éste le preguntó si había alguna manera de comprender fácilmente todos aquellos teoremas. Euclides le respondió: "Señor, no hay caminos reales en la geometría".
Ptolomeo quería un método que lo hiciera rápidamente competente sin tener que transitar por la áspera senda de los codos. Le hubiera gustado hacerse con el conocimiento sin pagar el precio de la atención metódica y Euclides podría haber intentado ganarse el favor del monarca haciendo lo que hacemos nosotros: rebajar los contenidos. Pero no se dejó intimidar. Los Elementos estaban a la altura de quien quisiera conquistarlos intelectualmente, fuera esclavo o rey.
Esta anécdota ha sobrevivido dos mil años, pero hoy podríamos estar asistiendo a su fin. Para ahorrar el esfuerzo al alumno, nosotros le gamificaríamos los Elementos.
La respuesta de Euclides a Ptolomeo tiene un doble sentido. Por un lado, un sabio de origen humilde le dice al sucesor de los faraones que, si quiere saber geometría, debe seguir el mismo camino que el resto de los mortales. Por otro, recuerda a los plebeyos que tienen la geometría a su alcance si se someten al rigor de sus procedimientos, que es el rigor de la democracia del saber. Sin embargo, había cierta dignidad en Ptolomeo I Sóter. Un Ptolomeo actual lo primero que haría sería preguntar: "¿Y esto para qué sirve?"
En el 2011, cuando las pantallas tenían buena prensa, un secretario de Estado de Educación sostuvo en un acto del Colegio de Doctores y Licenciados que había profesores tan empeñados en representar a Hamlet que no se daban cuenta de que les habían cambiado el decorado a su espalda: ahora, en lugar del castillo de Elsinor tenían un McDonald's. Es decir, deberíamos sustituir los Elementos por un fast-book. Pensé entonces, y lo mantengo ahora, que quien elige un bien inferior (la equidad por abajo) y rechaza un bien superior (el desarrollo de las más altas capacidades de los alumnos) actúa inmoralmente. Como decía Ortega, "la inmoralidad máxima es esa preferencia invertida que exalta la mediocridad y rechaza lo óptimo en nombre de una moral falsa".
Volviendo a Euclides, lo que más me gusta de su anécdota es que no impone ningún deber externo al saber (ninguna competencia). Considera que esforzarse por saber nos dignifica y nos aporta experiencias de rigor, orden, pulcritud y belleza (experiencias que, según el filósofo checo Jan Patočka, son la manera adecuada de cuidar de nuestra alma).
Seguro que nadie aspira a tener una juventud incompetente, pero es evidente que la teoría competencial ha aumentado la burocracia de los docentes, la confusión en los claustros, la disparidad de criterios de los inspectores y el uso de un lenguaje sofístico que las familias no entienden. El resultado es un inquietante malestar docente, el descenso del conocimiento y el recurso creciente de las familias a la educación en la sombra porque con la escuela no tienen suficiente.
De todos los factores que intervienen en el aprendizaje, el más importante, sin duda, es el conocimiento previo, que se enriquece con más conocimiento. Es una buena noticia porque si la pobreza cultural está socialmente construida, también podremos construir su compensación escolar.
Hoy la relevancia de los conocimientos previos se pone de manifiesto en nuestra capacidad para dirigir las preguntas adecuadas a la inteligencia artificial. Pero aprender a preguntar requiere saber. ¿Qué puede preguntarse sobre un tema que se desconoce completamente? Si navegamos frente a Santander, nos será más útil pedirle a la IA una carta náutica de la bahía cántabra que un mapa de carreteras de Málaga... siempre y cuando seamos capaces de leer una carta náutica.
La diferencia entre saber y no saber preguntar se llama criterio. Y el criterio útil es el mío, no el de la IA. Por esta razón, lo relevante no es saber qué podemos hacer con el conocimiento, sino qué puede hacer el conocimiento en nosotros. La IA hará lo que hace cualquier otra prótesis antropológica: amplificar lo que cada uno ya es.
Me imagino que los reacios al conocimiento (esos que siguen viajando idealmente a Finlandia esperando encontrar lo que nunca nos pudo ofrecer) me pueden preguntar: «Vale, los codos funcionan en la práctica... pero ¿funcionan en teoría?»
