Ayer vi, justo antes del partido, la Odisea de Christopher Nolan. Me gustó, a pesar de la extraña mezcla de Homero con Tolkien y La guerra de las galaxias; a pesar de que la narración a veces se reduce a ruido; a pesar de que un Polifemo deshumanizado solo es un monstruo; a pesar del excesivo influjo de la Atenea Negra de Martín Bernal... Me gustó porque Nolan es consciente de que está versionando una de las historias más grandes de la humanidad, para mí, resumida en el último temblor de triste alegría del rabo de Argos, capaz de ver, como los dioses, más allá de los humanos. Nolan nos recuerda que Homero está ahí, incluso en nuestras distorsiones, imágenes de nuestro tiempo. ¿Pero qué es Europa sino un ejercicio constante de traducción al presente de las grandes obras de nuestro legado? Europa no se ha hecho a sí misma por tener grandes libros, sino por no considerarlos intocables. Lo único intocable ha sido la libertad para comentarlos, que comienza, precisamente, con los escolios a Homero. Nadie ha dicho más barbaridades sobre Penélope que los escoliastas griegos. El mismo Platón, que tantas veces cita a Homero, más de una vez falsea sus palabras. Homero sigue vivo en la transmisión.
Aulo Gelio señala que la admiración, cuando es verdaderamente grande, se expresa con el silencio. Cuando Odiseo termina de desplegar sus aventuras ante los feacios (Canto XIII), estos estos «callaron todos a la vez, atónitos y estupefactos, por haberse filtrado hasta los orígenes de la voz el encantamiento de los oídos». Algo de este encantamiento creí percibir cuando se acabó la película.
Añado tres apuntes más para recalcar la transmisión.
Tiene razón Recalcati, la Odisea, hoy, puede leerse como la añoranza del padre.
Nathaniel Hawthorne nos cuenta en su Wakefield la historia de un hombre que un día decide abandonar, sin más ni más, su casa e irse a vivir dos calles más arriba. Mientras su mujer se iba resignando a su soledad, el hombre rondaba por el barrio con una peluca y hasta la rozó alguna vez al pasar a su lado. Tras veinte años de ausencia, volvió.
Kafka nos asegura que, al ver pasar junto a sus arrecifes el barco de Ulises, con el héroe amarrado al mástil y los marineros ensordecidos por tapones de cera, las sirenas decidieron permanecer en silencio. Movían los labios, pero no cantaban. El comportamiento de Ulises fue una farsa.
La cultura es una farsa, pero una farsa hecha verosímil por nuestra necesidad de ella para conseguir ocultar la naturaleza.
[Unas horas más tarde]:
Lo acabo de encontrar en los diarios de Hannah Arendt: «La Odisea es un trozo de eternidad en la inmortalidad del género humano».
