domingo, 4 de diciembre de 2022

sábado, 15 de octubre de 2022

Hoy, en La Vanguardia:

Entrevista que me hizo Albert Lladó para el Cultura/s de La Vanguardia:



1) Una de las tesis del libro es que el Siglo de Oro supone «una exploración colectiva del yo». ¿Cómo pensar un clima de autoafirmación que no lleve al narcisismo?

La condición necesaria para mejorar algo es estimarlo, pero como en el hombre todo es cuestión de grados, fácilmente pecamos por exceso o por defecto. Entre el amor propio autista de Narciso y el desprecio de sí mismo, se encuentra lo que Diego de Colmenares (1586-1651) llamaba la “filautía”, nuestra “autoestima” -un término que consideraba ya “españolizado”. La “filautía” sensata es la que encuentra su valor en el valor de la mirada que nos dirigen los otros, porque como dice la Rosaura del Animal de Hungría de Lope, “Para engendrar un yo, / otro yo es fuerza”. 

2) ¿Qué nos enseña el Siglo de Oro de la ‘teatralización’ de la vida?

El gran teatro del mundo surge de la sospecha de que somos actores, no autores, que no hemos diseñado autónomamente este “aparato de apariencias”. “Toda la vida humana / representaciones es”. Siendo muy consciente de ello, Olivares aseguraba que se contentaría con que “el vicio se escondiese y la virtud pareciese, aunque ni aquel faltase ni esta fuese verdadera”. El catalán Joaquim Setantí añadía que no vale para rey quien no sabe disimular.  Pero si todo es simulacro, entonces el sueño se convierte, como quiere don Quijote, en “alivio de las miserias para los que las sufren despiertos.”

3) Durante el ensayo, explicas que el mundo del pícaro hace el viaje inverso del del místico. Uno es arrojado a la calle, y otro hacia adentro. Pero, ¿en qué se parece esa indagación, aparentemente tan contraria?

Sus diferencias son obvias, pero no es casual que el místico sea contemporáneo del pícaro. Si el mundo de la vida es el teatro de la propia virtud, la hipocresía es inevitable. El pícaro y el místico pueden entenderse como dos reacciones opuestas a esta hipocresía. Ambos buscan una vida sin apariencias y por ello comparten un cierto sentido de la desvergüenza. El fisgón Perlícaro compara las confesiones de la pícara Justina con las de Santa Teresa. Dejemos de lado a los místicos pícaros que fingían arrebatos para poder comer. Lo relevante es que si el místico, como decía San Juan de Ávila, sabe “desarrimarse de sí”, para “andar siempre arrimado a Aquel que todas las cosas sustenta”, lo que mejor diferencia al místico del pícaro es la búsqueda del “aquel” que los sustente.

4) También abordas un tercer arquetipo, el del político. Aquí Francisco Suárez es fundamental para entender la pluralidad que defiende la «doctrina española». ¿Qué es lo que más sorprende de la «singular relación» de los españoles de la época «con la libertad política»? ¿Cómo ha mutado, hoy, el concepto de libertad en nuestra sociedad?

La Defensio fidei de Suárez circulaba con toda normalidad por las tierras de la corona española, mientras que Jacobo I prohibió su lectura en Inglaterra y ordenó que el verdugo de Londres lo arrojara a la hoguera. Mientras en París el Parlamento ordenaba la quema de un libro de Mariana, Del Rey y la institución real, Olivares le regalaba un ejemplar a Felipe IV. Lo que ingleses y franceses rechazaban era la llamada “doctrina española”. Sus teóricos (Suárez, Vázquez de Menchaca, Juan de Roa Dávila, Alfonso de Castro, Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Luis de Molina, Diego de Covarrubias, etc,). Sostenían que “el reino no es del rey, sino de la comunidad, y la misma potestad regia por derecho natural es de la misma comunidad y no del rey, por lo cual no puede la comunidad abdicar totalmente en ese poder” (Martín Azpilicueta). En consecuencia, las formas de gobierno son arbitrarias y solo se justifican por sus efectos. Este indiferentismo ante las formas de gobierno resurgió en la Segunda república con la CEDA y se mantiene viva entre no pocos monárquicos coyunturales.

5) Suele decirse que el Siglo de Oro culmina con la muerte de Calderón, en 1681. ¿Qué es lo que te parece más contemporáneo del dramaturgo? ¿Podemos imaginar, hoy, cómo sería Segismundo, cuáles serían sus prisiones?

¿Quién aceptaría mis palabras si osase decir que la ciudad es la caverna y que, en su seno, los ciudadanos -especialmente los mejores entre ellos- están tan apasionadamente comprometidos con sus opiniones, que viven lo arbitrario como lo más serio? ¿Encontraría a alguien que compartiera mi sospecha de que todo el que pregunta por la vigencia de un clásico, está viviendo muy cómodamente instalado, en los subterráneos de la caverna?

viernes, 14 de octubre de 2022

Haciendo las Américas

Sutilmente, nuestra amiga parisina, B.M., me pide una pequeña narración del viaje que hemos hecho estos días pasados mi mujer y yo por Colombia y Ecuador. No es una empresa fácil porque son muchas las personas memorables que hemos conocido, muy ricas e intensas las experiencias vividas y muy clamorosas las añoranzas. Estamos ya en casa, pero casi nos vamos arrastrando por el suelo como las iguanas de Ecuador. No podemos levantar cabeza por el peso del sueño y de la sucesión de los flashes de lo vivido. Espero que sirvan estas pinceladas.

Por supuesto, hemos caminado. Mucho. Nada más aterrizar en Bogotá, el 1 de octubre, subimos y bajamos (andando, por supuesto), la empinadísima y retorcida cuesta del cerro tutelar de Monserrate (3152 metros de altura, 512 sobre la ciudad). Yo ya sabía que para los colombianos esta es una inmejorable carta de presentación.

A lo largo del viaje hemos cometido una y otra vez errores de principiante, aunque sin consecuencias lamentables. Por ejemplo, el primer hotel lo elegimos en el centro de Bogotá, cerca de la catedral, olvidando que las zonas céntricas de estas ciudades no suelen ser ni las más limpias ni las más acogedoras, aunque sean las más populares y concurridas. Nos volvió a pasar algo parecido en Medellín cuando al disponer de un rato libre decidimos acercarnos a la catedral metropolitana y nos encontramos con el tristísimo espectáculo humano de la Plaza Bolívar, a cuya fuente van a limpiarse las legañas los vagabundos que aún conservan un poco de pundonor, que son la aristocracia de este sumidero de la dignidad humana.

No pretendo asustar a nadie. La verdad sea dicha, con un poco de precaución se puede caminar por la mayor parte de la ciudad, cosa que a nosotros nos exigía una continua resistencia a la tentación inercial de convertir la pobreza en motivo turístico. La pobreza es aquí escandalosa porque se pasa sin transición de la riqueza a la miseria, sin que la existencia de una clase media bien articulada permita una cierta convivencia en los espacios intermedios. De ahí que entre un hotel de cuatro estrella y otro de tres, haya un abismo

El martes, día 4, tuve el inmenso honor de participar, en Cúcuta, en el "Tercer Foro Internacional de Filosofía en la Escuela", que tiene lugar en el Colegio Julio Pérez Ferrero, de esta ciudad fronteriza, bajo la inteligente e incansable dirección del entrañable amigo Jorge Enrique Ramírez, filósofo y maestro de este centro.

Cúcuta es, posiblemente, la zona más devastada por los enfrentamientos civiles en Colombia: guerrilla, paramilitares, militares, narcotraficantes (primero, colombianos y ahora mexicanos)... De ahí la emoción que me embargaba al dirigirme a adolescentes que estaban, todos, marcados, por los desastres de la guerra. ¡Pero qué ganas tenían de hablar y con qué destreza lo hicieron! ¡Qué preguntas más hondas! ¡Cómo se agruparon en torno a mí para seguir hablando de todo, hasta del estoicismo. No olvidaré en mi vida ni este encuentro ni la inagotable generosidad de Jorge, que al día siguiente nos llevó a Pamplona, ciudad cercana a Cúcuta. Y. aprovecho para decir que esta última ciudad está bañada por el río Pamplonita. De Pamplona nos acercamos al puente internacional Simón Bolívar. Había en el aire una tensión difícil de definir. Mucha policía visible y mucha más intuible. A lo lardo de los días precedentes se habían ido formando grupos de emigrantes venezolanos dispuestos a ir caminando hasta la frontera de Estados Unidos -su última frontera-, siguiendo el éxodo épico de la pobreza expuesta a todo tipo de abusos.

De Medellín, a donde llegamos el día 5, me cautivó la frondosidad floral de su vegetación tropical. No tuve mucho tiempo para disfrutar de los espacios que se supone que todo turista debe visitar, porque el objeto de la visita era un congreso en el que tuve la fortuna de conocer a dos personas cuyos nombres ya ocupan un lugar de honor en mi agenda: Jorge Eslava (del Instituto Colombiano de Neurociencia) y al tan sabio como divertido Francisco Cajigao. Creo que también aquí pude hacer realidad mi lema: "Cuando vayas al mercado, no te olvides de volver con un amigo".

El lunes 10, aterrizamos en Guayaquil, y allí nos esperaban David Pacheco y su mujer, Jhaky Vega, que, después de cebarnos con una comida realmente exquisita, se empeñaron en llevarnos al Parque Nacional de El Cajas, por encima de los 4.000 metros. En esta ciudad hemos sido tratados de manera formalmente excelente y cordialmente cariñosa, si bien, al menos en mi caso, el cansancio acumulado se iba convirtiendo en una rémora que iba pesando cada vez más. De hecho, creo que lo que me ha proporcionado de manera incontestable este viaje es la evidencia de que ya no tengo veinte años.

Y ya estamos de vuelta, en casa, donde con tanto cariño me ha recibido mi sofá.

De Agustín a Al-Razi

«La sociedad es una maravillosa máquina que permite a las buenas gentes ser crueles sin saberlo» En El Debate