sábado, 28 de febrero de 2026

Ignorancia e imprudencia

Andan muchos tertulianos perplejos porque, según reconocen abiertamente, no entienden las posturas que están tomando los jóvenes, principalmente las de los chicos. Creo que debieran ser más coherentes con este reconocimiento. Si admiten que no entienden por qué suceden las cosas, debieran ser muy prudentes a la hora de exigir que cambien radicalmente. Hay riesgos evidentes en intentar cambiar lo que no se comprende. El principal: que no puedes conocer sus consecuencias. Es decir: su ignorancia es hija de su imprudencia.

jueves, 26 de febrero de 2026

Dos mujeres

A veces en las pequeñas historias están las grandes verdades. Lo he vuelto a comprobar estos días. De todo lo que hemos estado conociendo sobre el 23F, no tengo duda alguna: lo más notable fue la reacción de la mujer de Tejero, primero pidiéndole que no hubiera sangre, después tratándolo de gilipollas por asumir él solo toda la responsabilidad de unos hechos que, evidentemente, lo superaban. Esta mujer le ha robado el protagonismo a la primera mujer, que era la reina Sofía, a la que yo imagino pidiéndole a su marido cordura y tiento y recordara lo que había pasado con su hermano en Grecia, que por apoyar el régimen de los coroneles, perdió la corona. En estas dos mujeres veo yo lo realmente importante de aquel día, porque es lo de cualquier día: Lo que permanece. Las permanencias antropológicas, vaya. Tengo claro que sin mi mujer yo sería como un globo de helio. Ella es mi principio de la realidad. La figura de la mujer es la relevante, Freud; mucho más relevante que la del padre, que antes y más que padre, es un marido. Todo lo demás, los hechos que llenaron las portadas de los diarios, era solo historia.

Días de radio

Días de radio. Ayer con mi querido Toni Marín y mi dilecto Ignasi Rigau y hoy con Franz Mescua. Y tengo tres visitas más pendientes en los próximos días. Cuando publiqué La dignidad del mediocre sabía que tendría un recorrido largo, con ventas pequeñas, pero constantes. No sé yo escribir bestsellers. Y no digo que no me gustase. Bien podría escribir un Los cuernos de Sócrates o un Aristóteles y las jovencitas o, incluso, una historia de filósofos casados. Es decir, bien pudiera escribirlos si supiese. Me doy, eso sí, como premio de consolación el publicar en Italia y saber que en Portugal están interesados por mi librito sobre la lectura. Me preguntan con frecuencia de dónde saco tiempo. La respuesta para mí es fácil. En casa tengo cuanto quiero. Veo poca, muy poca televisión; no leo prensa, y con 5 horas que duerma tengo suficiente. Así que leo y escribo. Esta mañana he comenzado un prólogo para un libro de Fra Valentí Serra de Manresa. Hacer lo que te apetece hacer es una manera excelente de vivir y, aunque no hagas nada excelente, te ayuda a sobrellevar los aullidos de las rodillas, por ejemplo. Me escribió el lunes un profesor que quería que le diese una lista de lectura. Me negué. Le pedí que se construyera él mismo, autónomamente, su propia trayectoria lectora y que no tuviese miedo a leer lo que casi nadie lee, porque si lees lo que todo el mundo, tienes las ideas que circulan por la plaza; si lees lo que no se lee, estarás en condición de entenderlas.

martes, 24 de febrero de 2026

La privatización de la moral

Quizás sea la privatización de la moral el fenómeno más importante de nuestro tiempo. Si es así, se entiende por qué, como decía Nietzsche, la tolerancia es nuestra última virtud. Es el criterio que nos permite medirnos los unos a los otros sin convicciones firmes. Podríamos haber esperado que, tras privatizar la moral, asumiéramos el reto de convertir la tolerancia en el fundamento de un nuevo sistema moral, pero, simplemente, no estamos a la altura del mismo. Nos hemos conformado con una moral de bolsillo basada en estos principios (dados pero no justificados): 1) Todos tenemos igual derecho a ser diferentes; 2) No seas solo tolerante con mi diferencia, tengo derecho a tu complicidad, es decir, no me basta que me aceptes, quiero que acojas mi diferencia como un valor; 3) Mi diferencia no es una patología, sino una identidad que es la forma que adquiere mi deseo; 3) Mi principal deseo es que tú me trates como deseo ser tratado al manifestar mi deseo de ser diferente; es decir, a ser quien me apetece ser. En resumen: la antigua bondad hoy se ha metamorfoseado en diferencia.

Un cafetero me advierte de que me he saltado un pretérito perfecto y yo se lo agradezco porque, como aprendí recientmente en Valladolid, lo recto es siempre lo co-rrecto.

lunes, 23 de febrero de 2026

Pies de cerdo

No suelo hablar de la felicidad. No suelo ni nombrarla, por la sencilla razón de que hemos inflado tanto este concepto que, por una parte, se llama felicidad a cualquier cosa y, por otra, como aun esa cualquier cosa se nos hace con frecuencia inalcanzable, la felicidad ausente nos deja profundamente insatisfechos. El mundo se nos ha llenado así de gentes que venden felicidad en cómodos cursillos y de un alud de estañadores que se dedican a poner tiritas en los cosques de las almas dañadas por la conciencia de su impotencia para domesticar la felicidad y guardarla en una jaula en casa. Sin embargo, he de reconocer que a veces toco la felicidad con las yemas de los dedos. Por ejemplo, cuando me pongo a guisar unos pies de cerdo y lo hago con tanto esmero que el resultado alcanza la perfección: una excelencia redonda de la que disfruto con mi mujer en una comida de domingo mientras el mundo se retira para cedernos la clausura de su centro y vas untando el pan en la salsa espesa y volviendo a llenar el vaso de vino y saborear huesos y a pringarte los dedos cosa que no está al alcance ni de la reina de Inglaterra.

domingo, 22 de febrero de 2026

Un guiñapo

Me encontré a un hombre joven, semidesnudo, en un parking de un centro comercial de Masnou. Estaba tirado en el suelo, entre dos coches, hecho un guiñapo. Tenía los pantalones a la altura de las rodillas. Me acerqué a él y me encontré con una mirada perdida y una especie de sonrisa flácida y triste. «¿Te encuentras bien?», le pregunté. Se giró hacia mí, amplió su sonrisa, que era como un mero gesto elástico, sin significado, y me contestó; «¡De puta madre!» Cerró los ojos y ya no pude cruzar con él ni una palabra más. Tres o cuatro personas pasaron a mi lado, me preguntaron qué pasaba y siguieron su camino. Yo no tenía valor para dejar al hombre así y llamé a la policía. Tardó más de media hora en llegar. Por la manera como lo trataban, sospeché que aquel joven debía ser un viejo conocido para la policía. A mi edad, cuando me encuentro con alguien así, no puedo dejar de pensar que tiene, seguramente, padre y madre. Es decir, me encuentro con un hijo.

Ignorancia e imprudencia

Andan muchos tertulianos perplejos porque, según reconocen abiertamente, no entienden las posturas que están tomando los jóvenes, principalm...