El pasado día 8 participé en Vic en la inauguración del curso escolar y aprovechando el viaje, me perdí un rato en Costa Llibreter, la librería de viejo de la calle Sant Sadurní, que tantas alegrías me ha dado. En su trastienda encontré los 5 volúmenes del “Teatro histórico-crítico de la elocuencia española” de Antoni Capmany (1756) o “El arte de pensar”, de Alfred Opisso (1919), que comienza así: “Entre todas las necesidades inherentes a la vida humana, ninguna es más perentoria que la distinción entre lo verdadero y lo falso, y esto no solamente tratando de las ciencias, sino de la común existencia, lo que exige la supremacía del entendimiento para la guía de nuestros actos”.
Esta vez salí de la librería con un pequeño manual en el bolsillo, titulado “Cómo se educa a un niño en el hogar”, escrito por una persona muy bien informada de los debates pedagógicos de su tiempo, el botánico Francesc Masclans i Girvés (1905-1999). Fue editado en 1930 por Publicaciones del Orfeó de Sants y lleva un prólogo de Alexandre Galí.
“De te fabula narratur”, decía Kierkegaard, ese danés contradictorio y genial, dandy, filósofo, corruptor de cuerpos y salvador de almas, que leía las obras ajenas como a él le gustaría ser leído: con la convicción de que el texto trata del lector. La literatura que no trata de nuestra propia existencia y no contribuye a la comprensión de nosotros mismos es sólo un ejercicio de juntar letras. Si un libro del pasado puede hablar de nosotros, entonces algo nuestro vive en un presente continuo. Los buenos libros nos muestran permanencias antropológicas.
Galí comienza diciendo que si bien no se puede poner en duda el amor de los padres por los hijos, lo importante "es saber administrar ese amor", porque "no hay cosa que dé más pena que el niño mírame y no me toques". El hijo, continúa, "no es nuestro; al menos debemos considerar que no es para nosotros, porque procede precisamente que cuando el hijo rinda, por ley de naturaleza, nosotros ya no estaremos. El hijo debe rendir para los demás y para él mismo". Esto lo sabían nuestros abuelos, que, si bien desconocían la pedagogía moderna, "realizaban de una manera vigorosa esta administración del amor". Son muchas las cosas que hay que cambiar en la educación, pero también muchas las que hay que preservar, porque "el desconchamiento externo de una parte del viejo edificio educativo nos ha animado a tirar todo el edificio; y determinadas normas centrales que habrían tenido que ser inviolables han caído con el descalabro general". Hemos renunciado a "procedimientos clásicos" sin "contar con principios para sustituir a las instituciones destruidas". Galí concluye su prólogo confiando en que estos libros "pueda provocar la corriente restauradora de normas educativas que hoy necesita de una manera casi apremiando la colectividad catalana".
Masclans hace una defensa firme del juego infantil, "verdadero medio de expresión del niño y lenguaje maravilloso". Es necesario que el niño juegue, pero “es necesario también que juegue con menos limitaciones de las que a menudo se le imponen.” Ciertamente el juego puede ser peligroso, "pero los peligros del juego son como los de todas las actividades de la vida. Muchas madres, con un espíritu enormemente hiperbólico tratan de reprimir los daños posibles con una abstención metódica que conduce a educar al niño como una flor de invernadero".
Subrayamos la palabra “invernadero”.
A finales de la década de 1980, el proyecto Biosfera 2 recluyó a un equipo de científicos en un mundo en miniatura autosuficiente. Su objetivo era comprobar si un sistema cerrado podía sustentar la vida humana y servir de modelo para la supervivencia en Marte. Pero los diseñadores toparon con un fenómeno sorprendente: una vez que los árboles dentro de la cúpula alcanzaban cierta altura, simplemente caían como los relojes blandos de Dalí. Los científicos descubrieron que carecían de «madera resistente al estrés», una característica crucial que se desarrolla únicamente cuando un árbol está expuesto a la resistencia del viento.
Este mismo principio se aplica a la educación: si los estudiantes nunca se enfrentan a la resistencia que generan los errores, no desarrollan la resiliencia necesaria para conseguir un gran crecimiento. Los errores son el «viento» que les ayuda a fortalecer su pensamiento y prepara para hacer frente a los complejos problemas del mundo real.
Estoy seguro de que a un botánico como Masclans le hubiera gustado esa analogía. Para terminar le cedo la palabra: "Ni abandonar, desentendiéndose de todo cuidado, ni halagar en exceso [...]. Una libertad con el interés colectivo por límite y los buenos modales por forma."
