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miércoles, 17 de octubre de 2007

Baroja: Un ogro melancólico

Baroja era un misántropo que no podía dejar de soñar con mejores vidas y como para soñar necesitaba personas que poblasen su imaginación, se vengaba de ellas inmiscuyéndose en sus tramas. Por eso encontramos su mirada en los ojos de sus protagonistas, contemplando indolente el mundo inaprensible con una pizca de ese resquemor marca de la casa, retraído y arisco. Pero con este proceder también se venga de su vida, mucho menos nietzschena de lo que a él le hubiese gustado, y, para nuestra fortuna, nos la lanza a la cara diciendo algo así como: “¡Ea! Entérense ustedes de que yo no soy ni este ni aquel, sino todos ellos.

Al mismo tiempo, al soñar, creía afirmarse como vasco. En sus memorias recoge con evidente agrado estas palabras de Michelet sobre los vascos de la costa: “Nadie más imaginativo que estos hombres, amantes de lo imposible, buscadores del peligro en los abismos y en los sombríos mares de los polos.” Pero no es fácil imaginar a don Pío sometiéndose a la disciplina radical de la aventura ni tan siquiera es fácil imaginarlo haciendo deporte. Aquí radica su principal contradicción. Le gustaba haber nacido junto al mar, pero no junto a cualquier mar, sino junto al cantábrico, y yo aún diría más: junto al mar de Zumaya, circunstancia que siempre tuvo como un augurio de libertad y de cambio. Pero se sentía demasiado empapado de un pesimismo schopenhaueriano como para buscar la aventura en compañía. Era un individualista radical que consideraba que tener muchos amigos era señal de escasa inteligencia. Lo que le gustaba era mirar de manera indolente y soñar con lo entrevisto. Me da la sensación de que con la edad le fue gustando cada vez más soñar y menos escribir sus sueños, de ahí que fuera haciéndose no sé si perezoso o avaricioso con el adjetivo y me temo que le hubiese encantado poder prescindir de la sintaxis, convertir la novela en puro juego de la imaginación, soñar la acción y transmitirla telepáticamente a quienes estuviesen suscritos a su iguala. No digo esto por decir. Baroja comenzó a escribir con plena conciencia del oficio siendo médico en Cestona aprovechando las muchas hojas sobrantes del cuaderno en el que tenía su lista de igualas.

De sus primeros años de vida en San Sebastián, donde nació el día de los inocentes de 1872, confiesa en sus memorias que recordaba, sobre todo, el mar vivido de manera contemplativa. En 1879 su familia se trasladó a Madrid, ciudad de remotas orillas, y, en 1881, a Pamplona ciudad sin mar. Con este traslado, según sus propias palabras, “la ilusión del viaje” se apoderó de él por primera vez en su vida. En Pamplona esa ilusión se afirmó a sí misma como sólo la imaginación de un adolescente puede hacerlo.

En “Inventos, aventuras y mixtificaciones de Silvestre Paradox”, que no es sino su vida fantaseada, cuenta que “Silvestre (…) se subía por las tardes a un árbol carcomido de la Taconera, el árbol del Cuco, y allí se figuraba estar en las islas fantásticas y dominios espléndidos ideados por sus autores favoritos”. La Taconera es un hermoso parque arbolado del noroeste de Pamplona que ocupa una posición privilegiada sobre la vega del río Arga, que discurre a los pies de las murallas de la ciudad. A lo lejos, de izquierda a derecha se divisan sucesivamente la Sierra de Andía, la de Aralar, la Basaburúa, a cuyas espaldas se encuentra los montes de Vera, y la corona nevada de los Pirineos. Ya no está el “árbol del cuco” en la Taconera, pero es fácil imaginar al niño Baroja encaramado a sus ramas y soñando aventuras que alguna vez intentó hacer realidad, como cuando construyó un cajón y se embarcó Arga abajo, estando a punto de acabar en la boca de un molino harinero.

Sabemos que en estos años pamploneses leyó “Werther”, “Robinson”, “La isla misteriosa” y diferentes novelas de Verne; y construyó meticulosamente una verdadera escuadra de buques de madera, de cartón y de papel que botaba en un abrevadero del camino de la Puerta Nueva. A todos les puso nombres notables: Nautilus, Astrolabio, Capitán Cook; etc. En sus memorias recuerda así estos sueños infantiles: “A mi me hubiera gustado parecerme a Robinson Crusoe, y cuando tenía esa aspiración iba muchas veces, al anochecer, al paseo de la Taconera, me subía al árbol del Cuco y fumaba en pipa, lo que me mareaba, y soñaba en una isla desierta, sueño que igualmente me mareaba.

No voy a emplear ni un minuto en razonar lo que sólo necesita ser comprobado: la maestría narrativa de don Pío. Es un novelista tan cabal que no parece costarle ningún esfuerzo hacernos olvidar la realidad que deja fuera de sus novelas. Me limitaré a clasificar su literatura marinera en tres apartados:

  • Los cuentos: “Playa de otoño”, “El amo de la jaula”, “Ángelus”, “Lo desconocido” y “Grito en el mar.” Hallamos en ellos a un escritor lírico que se iría perdiendo con los años.
  • Las novelas de mar: “Las inquietudes de Shanti Andía”, que lleva un título general “El mar”, escrita en 1911, un año antes de instalarse en Itzea, en Vera, y “El laberinto de las sirenas”, de 1923.
  • Novelas de aventureros marinos: “Los pilotos de altura”, terminada en Vera en octubre de 1929 y “La Estrella del capitán Chimista”, concluida en Madrid en enero de 1930.

Normalmente estas cuatro novelas se agrupan bajo el epígrafe de “novelas del mar”, pero esta clasificación nos oculta que el mar se fue retirando en las dos últimas novelas en beneficio exclusivo del personaje aventurero que, además, es marino. En “Las inquietudes de Shanti Andía” el término “mar” aparece el doble de veces que en “El laberinto de las sirenas”. En ésta, a su vez, aparece cuatro veces más que en “Los pilotos de altura”, y, por último, en ésta el mar aparece el doble de veces que en “La estrella del capitán Chimista”. Alguna cosa debe significar esta singular ascesis marinera del aventurero.

En el conjunto de estas cuatro novelas lo que se encuentra no es tanto un auténtico amor al mar como la voluntad de construir narrativamente una gran metáfora del espíritu aristocrático que Baroja encontró en Nietzsche y que, finalmente, logró esbozar en Chimista, el aventurero que consigue a la par afirmar radicalmente su autonomía y embridar su destino. “La vida –escribe Baroja en “Juventud, egolatría”- no es ni buena ni mala, es, como la naturaleza, necesaria”. Dada esta necesidad, la vida, es en el fondo –y esto es muy claro para Embil y especialmente para Chimista- un inmenso fenómeno deportivo.

Hay también, indudablemente, remarcables similitudes en estas cuatro novelas:

Todas ellas evocan el mismo mar, el mar antiguo de la navegación a vela. Baroja las escribe remontando su infancia hacia un pasado aventurero que tenía por irremediablemente perdido. En un artículo de 1939, titulado “El mar en la literatura”, distinguió tres periodos en la historia del mar:

  • El fabuloso o mítico, que se habría desarrollado en el mar Mediterráneo;
  • el antiguo, caracterizado por los barcos de vela, aventuras, sublevaciones, piratas, negreros… y que estaba representado por los escandinavos, los normandos y los vascos;
  • el moderno, el mar de la técnica, la mecanización y la economía. Su conclusión es que “hoy todo hace pensar que el mar y la vida del marino han perdido elementos para la novela de aire costumbrista”. En este mar programado ya no hay lugar tampoco para los vascos. Esto es lo que explica el lamento de Shanti Andía: “Los vascos se retiran del mar.” Sospecho que don Pío no se murió por casualidad el 30 de octubre de 1956, día en que nació la televisión, sino que lo hizo adrede, con pleno conocimiento de lo que se le venía encima. Era, en cualquier caso, muy capaz de ello. Encontramos una precisa descripción de este mar antiguo en “Las inquietudes de Shanti Andía”: “Todavía en el mundo había piratas, todavía había negreros, males todos, ¿quién lo duda?, peligros que obligaban al marino a tomar ante los hechos una actitud gallarda. Todos estos riesgos exaltaban la imaginación, aumentaban el valor, daban el pensamiento de luchar contra el mal y de vencerlo. A la gran barbarie del mar correspondía la barbarie de su servidor el marino; a la brutalidad del elemento salobre, la brutalidad humana. En aquella época, un marino volvía a su rincón con un anillo en la oreja, una pulsera en la muñeca y una cacatúa o una mona en el hombro. Un marino, entonces, era algo extrasocial, casi extrahumano; un marino era un ser para quien la moral ofrecía otros aspectos que para los demás mortales”.

En el transcurso de estas novelas se pone de manifiesto, efectivamente, que la moral es una cuestión de paralelo… excepto para los vascos, porque su carácter no se ve alterado por los avatares de la latitud o la longitud. La moral, para los vascos, es una cuestión étnica.

En las cuatro novelas los protagonistas son vascos a los que Baroja ofrece el don de un fin apacible. Chimista envejece como un lord inglés, rodeado de respeto. Galardi se hace cura y Shanti Andía apenas opone un “sin embargo” melancólico a la renuncia de sus hijos al mar.

En las cuatro hallamos algo que es de mucho agradecer: Nietzsche está presente, pero camina a hurtadillas por el texto, sin necesidad de gesticular. A Baroja no le da por hablar de él como hace en otros lugares de Kant, exponiéndolo como Dios le daba a entender.

Es ilustrativo recoger los verbos que Baroja asocia más frecuentemente con el mar. Su mera lectura ya nos informa sobre el sesgo de su mirada: Agitar, bramar, brillar, contemplar, extender (se), golpear, hervir, luchar, mugir, palpitar, parecer, resplandecer y temblar.

La escritura de don Pío fue, a la par que su personalidad, derivando en ciaboga de la compleja luz del guipuzcoano Zuloaga, claramente perceptible en sus cuentos, a la austera luz del madrileño Solana. Nombro a estos dos pintores porque el propio Baroja confesó que "entre vascos y castellanos” le gustaría tener sus lectores, ya que “los demás españoles me interesan menos." Pero también los nombro para resaltar su distancia con pintores claramente mediterráneos como un Sorolla o un Joaquín Mir.

A Baroja no le gustaba ni el Mar Mediterráneo ni su luz. En “Familia, infancia y juventud” transcribe esta conversación:

- A mi no me gusta nada la luz de las Vascongadas –me decía Sorolla en San Sebastián, de una manera categórica-. El verde es monótono.

- A mi tampoco me gusta nada la luz del Sur –le contesté yo-, ni en general la del Mediterráneo. (…) Me parece una luz blanca, fuerte (…). Todo tiende al blanco, al negro y al gris, es decir, a lo que no son colores.

Aunque la paleta de colores de don Pío está bien surtida, los que más usa para describir el mar son los siguientes: amarillo, azul, blanco, fosforescente, gris, metal fundido o incandescente, negro, perla, plata, rojo, rosa y verde.

Baroja nos ofrece abundantes muestras de su rechazo de lo meridional y mediterráneo. Su estancia juvenil en Valencia no le resultó agradable. La luz del sol del levante le “producía bastante aburrimiento.” “No me gusta nada el Mediodía”, dice Shanti Andía. En “El laberinto de las sirenas” describe el Mediterráneo como “una cloaca mefítica (…) desde todos los puntos de vista”, incluido el moral. La suciedad e inmoralidad de sus hombres es constitucional y no aprendida. A Galardi –"que era un vasco decidido y valiente"- le molesta su “luz blanquecina y difusa” y encuentra en los pueblos mediterráneos demasiados mendigos, jorobados y mujeres gordas.

Mientras el Atlántico es para Baroja “la alta piratería, los grandes naufragios, el bergantín negrero, el marino con un anillo en la oreja y una cacatúa al hombro”, “el Mediterráneo es un mar clásico y al mismo tiempo realista; el Atlántico es un mar romántico y turbulento”; “el Mediterráneo es más constante, más parecido a sí mismo; el Atlántico es la eterna variación, el eterno cambio”; el hombre del Mediterráneo “es las fórmulas hechas; el hombre del Atlántico es el ímpetu aún sin moldearse.”

Como no ama la luz mediterránea es ciego para ver el diálogo que descubrió Josep Maria de Sagarra en sus “Cançons de rem i de vela” (escritas en 1923, el año de “El laberinto de las sirenas”) entre les “vinyes verdes vora el mar” y el “llagut i la gavina”. Y ya que nombro a Sagarra, me imagino que don Pío hubiese podido hallar en estos versos del catalán la explicación del aire mefítico que hallaba del Mediterráneo:

Pixo a l'abim:
al fons la mar blava,
allà el cap de Begur,
aquí el cap de la fava.

Sería ilustrativo comparar la prosa intempestiva de Baroja con el puntillismo exacto, nada mefítico y mucho menos aburrido de un Joaquim Ruyra o de un Josep Pla, pero tampoco es cuestión de fomentar veleidades literarias. Y menos al lado de esta nave que dirigió don Juan de Austria en Lepanto, réplica de otra cuyos planos fueron hechos por un antepasado de Baroja, Antonio Alzate, armador de Barcelona, que dirigió también su construcción aquí mismo, en las drassanes.

Me limito a sospechar que Baroja es a Zuloaga y Solana lo que Sagarra, Ruyra o Pla son a Sorolla y Mir.

Tratándose de Baroja, sería injusto concluir con un final feliz, porque lo evidente es que Euskadi continúa sin saber muy bien qué hacer con él. Tanto es así que en San Sebastián han caído en la ignominia de poner su nombre ni más ni menos que a un polideportivo. Pero esto no es todo. En “Juventud, egolatría” confesaba retadoramente: “Yo he sido siempre un liberal radical, individualista y anarquista. Primero, enemigo de la Iglesia; después, del Estado; mientras estos dos grandes poderes estén en lucha, partidario del Estado contra la Iglesia; el día que el Estado prepondere, enemigo del Estado”. Pues bien los responsables de los transportes urbanos de San Sebastián han puesto a la línea 18 el nombre genérico de “Seminario”. Compruébenlo ustedes cuando visiten esta ciudad. La línea 18-Seminario tiene paradas en Urbieta, Arrasate, Zubieta, Miraconcha, Sanserreka y Pío Baroja.

¡Si supiera que sobre los acantilados de Zumaya hay actualmente un centro de Thalassoterapia, cómo se pondría!

A este hombre no lo dejamos descansar en paz.

¡Que así sea! ¡Esta es su fortuna y nuestra dicha!

sábado, 13 de octubre de 2007

Baroja, al que voy aprendiendo a querer

Me parece que ya voy encontrando el perfil de don Pío. Y la verdad es que este hombre arisco y desabrido me cae bien. Posiblemente porque no tengo que aguantar ni sus arrebatos de furia, ni sus contradicciones, ni los dardos de su lengua, pero así, visto con una distancia higiénica, me parece un tío cojonudo. Y me cae aún mejor desde que me he enterado que han puesto su nombre a un polideportivo en San Sebastián. ¿Os podéis imaginar un despropósito mayor? Si no os lo podéis imaginas, no importa, la realidad acude en vuestra ayuda. Ya sabéis que hay cosas que sólo suceden en la realidad: La línea 18 de los autobuses urbanos de San Sebastián, que lleva el nombre genérico de "SEMINARIO" tiene paradas en Arrasate, Zubieta, Miraconcha, Sanserreka, Pío Baroja y Mikeletes. ¿Alguien puede imaginarse a don Pío tomando un autobús de esta línea?

Me retiro. Hago mutis. Le cedo al novelista la palabra y que diga de sí mismo lo que quiera.

I

“Cuando me hablan de la democracia me entra una risa tal que temo que me pase como aquel filósofo griego de que habla Diógenes Laercio, que murió a carcajadas al ver un burro comiendo higos". [Se refiere Baroja al burro de Crisipo, otro animal más para la zoosofía]

II

"Yo he sido siempre un liberal radical, individualista y anarquista. Primero, enemigo de la Iglesia; después, del Estado; mientras estos dos grandes poderes estén en lucha, partidario del Estado contra la Iglesia; el día que el Estado prepondere, enemigo del Estado."

III

"Yo tengo una esperanza, quizá una esperanza cómica y quimérica, la de que el lector español de dentro de treinta o cuarenta años, que tenga una sensibilidad menos amanerada que el de hoy y que lea mis libros, me apreciará más y me desdeñará más."

IV

"Yo de humilde no tengo ni he tenido más que rachas un poco budistas; de errante, tampoco, porque hacer unos viajecillos de poca monta no autorizan a llamarse uno a sí mismo errante."

V

"Todas mis aspiraciones literarias proceden de Vasconia o de Castilla. Yo no podría escribir una novela gallega o catalana. Entre vascos y castellanos me gustaría tener mis lectores. Los demás españoles me interesan menos; los españoles de América y los americanos no me interesan nada."

VI

"Yo parezco poco patriota; sin embargo, lo soy. Yo no puedo hacer que mi calidad de español o de vasco sean la únicas categorías para mirar al mundo, y si creo que un concepto nuevo se puede adquirir colocándose en una actitud internacionalista, no tengo inconveniente en dejar momentáneamente de sentirme español o vasco."

VII

"El clima de la Turena y de la Toscana, los lagos de Suiza, el Rhin con sus castillos, todo lo mejor de Europa, lo llevaría por mi voluntad entre los Pirineos y el Estrecho. Al mismo tiempo desnacionalizaría a Shakespeare y a Dickens, y a Tolstoi y a Dostoievski, para hacerlos españoles; desearía que rigieran en nuestra tierra las mejores leyes y las mejores costumbres. Mas al lado del patriotismo de desear, está la realidad. ¿Qué se puede adelantar con ocultarla? Yo creo que nada."

VIII

«Sería hermoso como ensayo hacer de la zona del Bidasoa, española y francesa, un pequeño país limpio, agradable, sin moscas, sin frailes y sin carabineros. Pero esto es un sueño. Hay una intolerancia demasiado fiera en nuestras provincias para que brote una flor espiritual, y no hay espiritualidad que pueda soportar el yugo abrumador de la teocracia. Comprendemos que pensar en la nación del Bidasoa, tolerante, libre y amable, es cosa bella para un chapelaundi, pero es perfectamente utópica».

jueves, 11 de octubre de 2007

Elogio barojiano del vago

¿Era Baroja realmente un vago? Sospecho que un poco por la tendencia natural de su alma y otro poco por misantropía efervescente, su ideal fue ser un vago integral, pero para su desgracia, no tenía otra manera de espantar a los fantasmas que poblaban su imaginación que la de escribir sus historias. Ahora bien, esa aspiración por la vagancia fue puliendo su escritura, a la que libró poco a poco de adjetivos y a veces (no pocas, por cierto), hasta de las cadenas de la sintaxis. A él le hubiese gustado, me parece a mi, grabar sus sueños. O comunicárnoslos por teletransportación a todos los que estuviésemos suscritos a su iguala.

En cualquier caso, para don Pío ser vago no era cualquier cosa, como vemos en sus cuentos no todos, ni mucho menos, son bendecidos por los dioses con el don de la vagancia cabal.

1. Es imprescindible para ser vago tener una farola en la que apoyarse, con ademán indolente, mientras se mira entretenido a la gente.

2. El vago no es un desarrapado, aunque no le preocupe demasiado ir bien vestido.

3. Se limita a estar, sin esperar nada de nadie. Como mucho, sonríe. Lo que le gusta es mirar, porque tiene, como Shanti Andía, "la avidez en los ojos".

4. No tiene empleo, ni renta ni beneficio. Su industria es la de vivir sin trabajar.

5. Ante los ojos de los moralistas pasa casi por criminal. Pero ser vago es una cosa dificilísima. “Ser vago es casi ser un filósofo, es algo más que ser un cualquiera”.

6. No es vago aquel que va por la vida a grandes zancadas, como si hubiese algo en ella por lo que valiese la pena correr. El vago deja correr la vida y no tiene inconveniente en pasarse horas y horas contemplando el desfile de una nube o el correr del agua de una fuente.

7. “El vago será una bagatela, pero no es una escoria. Una bagatela puede ser trascendental.”

8. Tiene pocos amigos. “Quizás ninguno. Señal de inteligencia. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez.”

9. “Se le habla de política…, sonríe; se le habla de literatura…, sonríe; se le habla de cualquier cosa…, sonríe.”

Así concluye Pío Baroja su descripción de un vago de la Puerta del Sol:

“El otro día me dijo uno de él que debía ser un imbécil.

Pero es lo que pasa en estas sociedades sin freno; se empieza a hablar mal de las personas serias, y se llega a hablar mal hasta de los vagos.”

Tengo pues a Baroja por un misántropo que no podía dejar de soñar. Y como para soñar necesitaba de personas que poblasen su imaginación, se vengaba de ellas inmiscuyéndose en su interior. Por ello encontramos siempre la mirada de don Pío tras las máscaras de sus protagonistas de historias ajenas. Su mirada de contemplador indolente, y con una pizca de resquemor, de un mundo inaprensible.

martes, 9 de octubre de 2007

Baroja, Schopenhauer, Nietzsche

De Baroja como lector atento de Schopenhauer se ha escrito mucho. Parece claro que Schopenhauer le abrió el camino que lo conduciría en poco tiempo hasta Nietzsche, en quien encontró finalmente lo que había estado buscando inútilmente en Kant: Una perspectiva integral sobre el presente de incertidumbres que había dejado tras de sí el 98 y un revulsivo contra “la piedad dulce de la moral de los esclavos”. El primer artículo de Baroja sobre Nietzsche es de 1899 (Nietzsche y la filosofía: a él pertenece la cita anterior).

Playa de otoño” es un cuento anterior a su encuentro fecundo con Nietzsche. Pertenece al que podríamos llamar “Baroja lírico”, el primer Baroja, schopenhaueriano, escritor de cuentos, que se detiene en los adjetivos coloristas con un afán que no volverá a practicar en ninguna de sus novelas (quizás con la excepción de “El laberinto de las sirenas”). Concluye de esta manera:

“Y llegarán otras primaveras y otros veranos –pensó con desesperación-, y ante el mismo mar que ruge, agitado en olas inmensas; ante los mismos crepúsculos rojizos y las mismas noches estrelladas, germinarán otros amores y otras ilusiones en otras almas…, y yo habré pasado como la espuma que brilló un momento”

Es fácil encontrar en ese párrafo algo más que un mero aire de familia con este otro de El amor, las mujeres y la muerte de Shopenhauer:

"Te pareces a la hoja de un árbol cuando, marchitándose en otoño pensando en que se ha de caer, se lamenta de su caída, y no queriendo consolarse a la vista del fresco verdor con que se engalanará el árbol en primavera, dice gimiendo: 'No seré yo, serán otras hojas".

lunes, 8 de octubre de 2007

Baroja se observa a sí mismo por el rabillo del ojo


I

“He hecho pocas cosas en mi vida, y me he pasado mucho tiempo paseando, divagando, sentándome en los bancos y mirando el paisaje y las nubes” (El escritor según él y según los críticos)

II

“Yo no soy un intelectual, ni un hombre de discursos, ni un hombre de pensamientos profundos, no; no soy más que un hombre que tiene las grandes condiciones para no hacer nada” (El tablado de Arlequín)

III

“Soy un curioso de muchas cosas y necesito ondular y trazar curvas como los ríos” (La sensualidad pervertida)

IV

“No he pretendido la gloria, ni el dinero, ni la importancia social. Vivir y contemplar. Ése ha sido mi ideal” (La sensualidad pervertida).

V

“Como todos los que se creen un poco médicos preconizan un remedio, yo también he preconizado un remedio para el mal de vivir: la acción. Es un remedio viejo como el mundo, tan útil a veces como cualquier otro y tan inútil como todos los demás” (Juventud, egolatría)

VI

“¡Educar a los golfos! Pero ¿quién? Los que tengan conocimiento, y, sobre todo, un criterio moral, fijo y sano… ¿Y dónde están esos? En ninguna parte, ¿no es verdad?" (El tablado de Arlequín).

VII

“Un vago apoyado en un farol es un motivo de reflexión. El farol, la ciencia, la rigidez, la luz; el vago, la duda, la indecisión, la sombra” (El tablado de Arlequín)

VIII

En mi deambular por los alrededores del pueblo, tropecé una tarde con un labriego que cavaba la tierra. Le pregunté:

- ¿Qué se hace, amigo?

- Pues aquí estoy, don Pío, trabajando y trabajando como un perro para ganar cuatro cuartos… No tengo la suerte suya, que, como es un señorito, por contar mentiras en los ‘papeles’ le dan buenos cientos de duros.

Me despedí del campesino sin tratar de rectificarle, y, pensándolo bien, pensé: Quizás este hombre tenga alguna razón: que esto de escribir novelas, cuentos, artículos, no sea trabajo… Que el único trabajo verdadero sea el material.

Y me decidí a cultivar personalmente un cuadro de la huerta….

Una mañana que llevaba yo cuatro horas cavando y que sudaba como un fogonero de un barco al pasar el mar rojo, me encontré frente a mí, al levantar la cabeza, al campesino que me había hecho hortelano, quien me miró irónicamente y me saludó con estas palabras:

- ¿Qué hay, don Pío? Ya le veo entreteniéndose en la huerta, pasando el rato.

A mi naturalmente me dieron ganas de asesinarle. Cuando él cavaba era trabajo; cuando lo hacía yo, pasatiempo.

(Bagatelas de otoño).

IX

“Yo estoy convencido de que la vida no es buena ni mala, es como la naturaleza, necesaria” (Juventud, egolatría).

X

“’Baroja no es nada, y presumo que no sea nunca nada’, ha dicho Ortega y Gasset en el número primero de El espectador.

Yo también tengo la sospecha de que no voy a ser nunca nada. Todos los que me han conocido han creído lo mismo.”

El joven Baroja sueña el mar

Oficial y administrativamente somos de donde hemos nacido y de donde vivimos; sentimentalmente solemos ser, sobre todo, de donde nos acogen. Y cuando soñamos somos de la patria de la que siempre, inexorablemente estaremos presos: del lugar del que aprendimos a soñar.

Por nacimiento, don Pío Baroja es de San Sebastián y por adopción de Bera de Bidasoa, el pueblo que hace la mejor chistorra del mundo, donde se compró una casa casi en ruinas para realizar su adolescente sueño robinsoniano. Pero donde se soñó como Robinson fue en Pamplona.

Pamplona, donde pasó la adolescencia, es la patria fabuladora de don Pío. Pero entonces su casa fue el Parque de la Taconera y su cuna un viejo árbol carcomido próximo a las murallas, desde donde podía contemplar el manso discurrir del río Arga y, más allá, el monte de San Cristóbal, y más allá aún, San Donato, y en lontananza, cerrando el horizonte, la corona nevada de los Pirineos. Cuando estudiaba en Pamplona, yo solía ir a ese parque a tumbarme sobre la hierba y ver pasar, indolente, las nubes. Yo creo que no hay en el mundo nubes más aristocráticas que las de Pamplona.

Pío Baroja llega a Pamplona en 1881, con nueve años de edad. En sus memorias al relatar su salida de Madrid, escribe: “la ilusión del viaje se apoderó de mi.” Esta ilusión ya no lo abandonará jamás. Era el alimento del que se nutría, paradójicamente, su ánimo sedentario, solitario y misántropo.

José María Iribarren, en un articulo titulado “Baroja y Pamplona” cuenta lo siguiente de estos años pamploneses: “Baroja (…) soñaba aventuras ante el futuro inédito. Era el Baroja estudiante, lector de “Werther” y del “Robinsón”. El que subido a un árbol de la Taconera, soñaba fábulas maravillosamente aprendidas en Verne y en Maine Reid. (…) Su adolescencia estremecida imaginaba viajes marineros por las aguas de un Arga harinero, ‘antimarinero’, de orillas llenas de molinos.

En “Inventos, aventuras y mixtificaciones de Silvestre Paradox”, que es “mi vida un poco fantaseada”, cuenta don Pío:

“Silvestre (…) se subía por las tardes a un árbol carcomido de la Taconera, el árbol del Cuco, y allí se figuraba estar en las islas fantásticas y dominios espléndidos ideados por sus autores favoritos.

Una vez se metió en un cajón del río en busca de aventuras, y a poco estuvo de que no entrara con su frágil barquilla en la boca de un molino.

(…)

También dibujó un sinnúmero de planos de la casa que pensaba construir cuando llegase a un país inexplorado de América o de Oceanía, e hizo una verdadera escuadra de buques de madera, de cartón y de papel. Estos últimos eran de lujo; los de madera, no; se botaban en un abrevadero del camino de la Puerta Nueva, y todos tenían nombres notables: Nautilus, Astrolabio, Capitán Cook; etc, etc.”

Confirma estos recuerdos en sus memorias con estas palabras:

“A mi me hubiera gustado parecerme a Robinson Crusoe, y cuando tenía esa aspiración iba muchas veces, al anochecer, al paseo de la Taconera, me subía al árbol del Cuco y fumaba en pipa, lo que me mareaba, y soñaba en una isla desierta, sueño que igualmente me mareaba.”

El despertar marinero de la imaginación barojiana fue estimulado por sus amigos, pues “los chicos de Pamplona teníamos una mentalidad de pirata. Todo lo que fuera cortesía o suavidad, se nos antojaba rebajamiento.” Entre los más cultos de estos chicos se devoraban con pasión dos novelas: “Una de ellas el Robinsón, y la otra, La isla misteriosa”. “Soñábamos –insiste- con islas desiertas” y “con viejos marineros con anillos en las orejas y tipo de piratas.

La normalidad

El viento sacude las ramas de los árboles. Es decir, hay viento. He abierto la ventana sin tener la sensación de estar abriendo un horno. Pe...