viernes, 16 de junio de 2006

Palabras beatas: alteridad, otredad y otras memeces.

A propósito del libro de Salvi Turró et al., “Pensar l’alteritat”, La Busca, 2005.

Las palabras son importantes. Para los filósofos son tan importantes como los alimentos para los cocineros. Por eso hay que recogerlas frescas, sin permitir que se queden como las acelgas al sol. Las palabras deben tener, para ser filosóficamente útiles, hasta un punto de acidez. Por eso el filósofo de raza siente alergia ante las palabras manidas y, muy especialmente, ante aquellas cuya sola mención ya despierta veneración. A estas últimas yo las califico de “beatas”. Una palabra beata es para la filosofía lo que el chiclé para la gastronomía. La diferencia entre el intelectual y el filósofo es que el primero usa, beatificándolas, las palabras que el segundo arranca del suelo destrozándose las uñas. La asepsia no es una virtud filosófica y el reclinatorio, desde luego, no tiene cabida entre el mobiliario filosófico.

La filosofía francesa del siglo XX ha sido un fenomenal mecanismo de generación de palabras beatas. Quizás sea debido a que Francia mima a sus intelectuales hasta el extremo de travestirlos de filósofos. Pues bien entre la piología francesa las palabras más chorreantes de agua bendita y brillantina son “otredad”, “alteridad” y sus afines. Se vienen usando para castigar la mala conciencia europea, incapaz de sobreponerse a su pasado si no es a través de la construcción de un narcisismo culpable en el presente. Y es que hay quienes para demostrar su inocencia necesitan sentirse siempre culpables hasta de que el otro sea otro. Pero dejémonos de tonterías: el otro es aquel que desearíamos tener lejos. Por eso es otro. El otro (os lo digo al oído) es el gilipollas. Pensad en el gilipollas más próximo y descubriréis el rostro del otro. O, para no perder la compostura, podemos decir que el otro es tanto más otro cuanto yo soy más yo. Y la capacidad para afirmarme a mi mismo depende de mi capacidad para diferenciarme de los demás. A esta afirmación de uno mismo (de las propias convicciones, en primer lugar) le acompaña necesariamente la afirmación de la diferencia con otros. Por eso hay fronteras. Las fronteras son la manifestación de una identidad afirmativa y, por lo tanto, excluyente. Quien quiera renunciar a sus fronteras que comience renunciando a sus convicciones. El otro es un producto de mi fe (en mí mismo).

Las ilustraciones, por supuesto, de los ParkeHarrison

Postdata 1: Nada más leer esta entrada me ha llamado por teléfono Esteban Soler para echarme la bronca por zafio. "¿Era necesario -me pregunta- el uso del término "gilipollas"?". No me ha dado oportunidad de justificarme. "Los otros -me dice liriqüescentemente- son aquellos con los que no queremos formar un nosotros y, por lo tanto, somos otros para los que no nos quieren entre los suyos".
Postdata 2: A modo de resarcimiento me ha dad la gana de componer -sin él- un poema liriqüescente que dice:
"Sin ti
no puedo estar contigo
sino en el Congo"

5 comentarios:

  1. Dice usted: "El otro (os lo digo al oído) es el gilipollas." ¿Es consciente que en el redactado de esta frase se declara gilipollas ante mi?

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  2. No, no soy cnsciente de eso, puesto que compartimos, como mínimo, un ámbito de copertenencia -el de este blog-, estamos dentro de una frontera común. El otro -a mi modesto entender-, en su caso extremo, es tan otro que no queremos saber nada de él: en este sentido es el "gilipollas". En cualquier caso intento ofrecerte una respuesta que no sea gilipollas.

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  3. Ni contigo ni sintigo tienen mis males remedio: contingo porque me matas, sintigo porque me muero.

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  4. Esos conceptos, aunque para ti sean "beatos", son los únicos que sirven para entender el recghazo que genera lo distinto, lo que no está dentro del propio uiverso referencial. Ahora que se habla tanto de postcolonialismo, podemos decir conEdward Said que los colonizados han podido derivar en "los otros" de sí mismos, a través de la asunción de las lenguas y las culturas de los colonizadores. Tales conceptos "otredad" o "alteridad" a mí me gustan. Tanto como las fotos que has puesto de Misha Gordin, que no sin ironía, te están respondiendo también.
    Un saludo cordial.

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  5. Sobre los otros: yo, humildemente, pienso que los conceptos de “otredad” y “alteridad” tal como han venido siendo elevados a los altares semánticos de la (paleo)progresía (donde Said, sin duda ocupa un lugar venerable) ocultan, precisamente, lo que pretenden mostrar: que del otro me separa la lucha por el reconocimiento de mi propia identidad. La misericordia europea para con el otro me parece el ejercicio de cinismo más grande de la historia de la cultura.

    Pero --¿quién sabe?- quizás la beata Kristeva tenga razón y yo sea ya un otro para mí mismo. O quizás el psicoanàlisis –ese Opus Dei de la beatería- esté en lo cierto y sean otros los que hablan por mi boca.

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Z.

Me cuenta su viuda que en el transcurso de una revisión, a Z. le encontraron un pequeño carcinoma en un pulmón. Nada grave, en estos tiempo...