No logro ver nada especialmente criticable en el hecho de que una actriz dedicada a la comedia, Silvia Abril, no comprenda la religión cristiana y se admire de que algunos nos sintamos tan bien afirmando nuestra de. Lo que debiera preocuparnos a los cristianos -especialmente a los suspicaces- debiera ser el silencio, el peligro de diluirnos en la transparencia hasta alcanzar la invisibilidad y acabar siendo ceros a la izquierda (¡qué gran expresión política, por cierto!). Que los tataranietos de Voltaire se sorprendan de lo raros que somos no es ninguna novedad. ¿Es que hemos olvidado el «Credo quia absurdum» de Tertuliano? Somos raritos, señores, y es importante perseverar en la rareza. Por otra parte defiendo el derecho de cualquiera a reconocer esta rareza nuestra con mayor o menos conocimiento de causa. Incluso me halaga un poco que haya alguien que sienta pena por mí.
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