jueves, 5 de julio de 2007

Durmientes, sueños, buitres y ciervos

Si bien es cierto que, como decía Borges, hay cosas que sólo pasan en la realidad, no es menos cierto que hay realidades que sólo se muestran en la literatura. Kafka, que en este asunto estaba doctorado, le escribió a Felice:

“Escribir es un sueño más profundo, o sea, muerte, y de la misma manera que no se extraerá ni se podrá extraer a un muerto de su tumba, tampoco a mí de noche de mi escritorio.”

Uno de los relatos más inquietantes que nos ha legado Kafka, seguramente escrito desde su ataúd nocturno, es “El buitre”. Se encuentra en “La muralla china”:

“Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre (…). No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó (…). El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco lejos, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba”.

Kafka, ya sabéis, ese escritor judío checo que escribía en alemán. Reunía en sí mismo buena parte de las contradicciones del siglo pasado. Tiene para mi algo de escritor zen. Claro, evidentemente, acepto vuestros reproches, pero… como argumento a mi favor os contaré un cuento zen:

Se cuenta que un hombre cazó un ciervo en el bosque, lo mató y lo escondió en un hoyo cubierto de ramas. Como era invierno y la carne se conservaba bien, no tuvo prisa por traerla a casa y, curiosamente, cuando se decidió, había olvidado el lugar del escondite.

Comentó con un amigo el suceso y añadió que bien podía haber sido todo un sueño. El amigo, orientándose por los detalles de la descripción, encontró el ciervo y se lo trajo a casa, diciéndole a su mujer: “Mi amigo soñó que mataba un ciervo, pero el sueño era real”

- ¿Y si ha sido al revés? –le preguntó su mujer- ¿Y si toda esta historia sólo obedece a un sueño tuyo? Entonces tu sueño sería real.

- Poco importa –le contestó el marido-, lo importante es que aquí está la carne del ciervo.

Ese mismo día el primer hombre, el que de verdad había cazado el ciervo, soñó con el lugar en el que lo había escondido y soñó también con que su amigo lo había encontrado. Así que lo llevó ante el juez para que le devolviera la carne.

El problema, para el juez, consistía en discernir quién de los dos era realmente el que había soñado. Como fue incapaz de encontrar la solución, decidió dividir el ciervo en dos mitades y entregar una a cada uno.

Pero un príncipe que estaba en la sala valiéndose de su autoridad interrumpió al juez para preguntarle:

- ¿Y cómo sabe el juez que toda esta historia no ha sido soñada por él?

Por respeto al príncipe, el juez consideró esta tercera posibilidad, pero fue incapaz de llegar a conclusión alguna, así que se decidió a repartir el ciervo entre todos los presentes.


Nota al pie: Bacallà Salat, mi gata altiva, no acaba de fiarse de mis muletas. Pero no por eso me abandona. Ahora mismo está aquí, sobre mi mesa. Le dejo un huequecito entre un montón de libros y la ventana y allí viene a refugiarse. A veces se limita a mirar al más allá, confirmando su inconsistencia; otras me mira yo creo que decepcionada por lo que ve; las más de las veces, duerme.

7 comentarios:

  1. Creo recordar algo de un sueño que he tenido esta noche: alguien me regalaba un trozo de ciervo...

    ¿O estaré soñando?

    PD: he leído muletas ¿está usted bien Don Gregorio?

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  2. Leí los anteriores. Luri, siempre he pensado que las muletas marcan estilo;)

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  3. Esto.....el llamado Zen es un cuento de Borges.
    Cosas de su humor; te la coló desues de muerto.

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  4. No se si zan, que me huele más a sufí, pero en cualquier caso debo decirte que estoy convencido de que todo es un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño en una escalera infinita. No es posible arribar al fin o al principio y de entre todos los sueños, una línea conduce del primero al último como si fuera una línea lógica. La lógica occidental haría una sola pregunta: "¿Quien cazó al ciervo?" Yo, diría, uno y el otro "yo soñé que fuí yo". El juez Gómez Bermudez le diría al segundo, de inmediato: "aquí no hemos venido para hablar de sueños" y se zanjaría el tema sin dar lugar a un cuento, que sueño del sueño, acabaría en metáfora.

    Cúidate, amigo, mima tus muletas. Espero que tu cocsis no haya sufrido demasiado.

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  5. Saludos. No conocía yo esos sueños, pero ese buitre kafkiano y ese borgiano ciervo, a mí me han recordado de refilón, además de los paradójicos -y tal vez algo enervantes, la verdad... -sueños orientales, a la bulliciosa fauna de los sueños germanos (tal vez mucho más facilona... ¡y divertida!), sobre todo a la culebra del sueño de Gontrán.

    Como muchos saben, Gontrán fue un rey de los francos, hijo de Clotario, de quien se cuenta que habiendo salido un día al monte en compañía de un fiel guerrero, de pronto se encontró fatigado en extremo, y se echó a dormir, utilizando como almohada las piernas del escudero, el cual, mientras velaba el sueño de su señor, observó estupefacto cómo un pequeño y raro animal con forma de serpiente le salía al rey dormido por la boca abierta, y culebreaba hasta un arroyuelo que corría alegremente en aquel lugar. Una vez ante el arroyo, el animalejo se detuvo dando un respingo, como desconcertado por el obstáculo. El escudero, comprendiendo la intención del extraño ser, desenvainó al punto su larga espada, tendiéndola sobre el riachuelo a modo de puente. En efecto, la criaturilla cruzó inmediatamente el arroyo, y avanzó un corto trecho serpeando en la hojarasca antes de desaparecer por un agujero.
    Al poco rato volvió a surgir, y, desandando su anterior recorrido, cruzó de nuevo el arroyo, siempre por la espada, y alcanzando al dormido Gontrán, deslizose dentro de su boca del mismo modo que había aparecido por ella momentos antes.
    No tardó en despertar el rey, quien, vivamente impresionado, le contó a su escudero un sueño extrañísimo que acababa de tener. Había soñado que viajaba por un bosque maravilloso hasta encontrarse con el río de más rugiente y poderoso caudal que imaginarse pudiera. Tras haber cruzado el río sobre una alucinante puente de hierro, encontró en la otra ribera una tenebrosa y gigantesca caverna, la cual no dejó de explorar, hallando en sus profundidades tesoros inmensos, cuyos fulgores había contemplado extasiado durante largo rato. El escudero brincó unas cuantas veces y se santiguó otras tantas,y hasta trazó en el aire alguna runa propiciatoria, antes de contar a su rey, entusiasmada y atropelladamente, todo cuanto había visto mientras velaba su sueño... y claro, apenas un latido después, ambos, monarca y escudero, cruzaban de un salto el arroyuelo y se arrojaban al suelo, escarbando en el humus con dedos frenéticos, no tardando en hallar un pasadizo angosto y oscuro, siguiendo el cual hallaron un tesoro.

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  6. Sobre sueños dnetro de los sueños, soñé una vez algo inquietante que no recuerdo, me desperté y pensé que era una suerte que fuese un sueño pero me desperté de verdad y me di cuenta de que había soñado que soñaba, suerte que muchas veces no recordamos lo soñado.

    No se si es cierta la historia de un señor medieval que mató a su esposa por haberlo hecho sufrir durante un sueño en qué soñó que le era infiel.

    Kafka asusta mucho, la verdad. Recuerdo hace unos cuantos años una exposición en el CCCB sobre 'ciudades y escritores'. Fui por la mañana temprano y éramos dos o tres personas, era verdaderamente inquietante pasear por ella. Por cierto, hicieron unas cuantas sobre ese tema y veo que no han continuado...

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  7. Yo soñé que era un monje zen que le contaba este cuento a Borges.

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El amparo de las sombras

Reseña en Libros de Cíbola