viernes, 8 de junio de 2007

Kant

Kant (1724-1804) escribió a sus 39 años una obrita titulada “El único argumento posible”, donde se contienen afirmaciones como esta

“Los hombres que obran según principios son muy pocos, cosa que hasta es muy conveniente, pues con facilidad estos principios resultan equivocados, y entonces el daño que de ello se deriva llega tanto más lejos cuanto más general es el principio y más firme la persona que lo ha adoptado.”

Quienes estén familiarizados con la ética de Kant saben bien que pronto cambió radicalmente de postura. En su segunda Crítica define el carecer como

“el arte de pensar de manera consistente en la esfera de lo práctico de acuerdo con máximas inalterables”.

Es decir, el Kant maduro quiso conquistarse un carácter, quizás porque como escribió en su Antropología,

“querer volverse un hombre mejor fragmentariamente es un intento vano, pues unas impresiones se extinguen mientras se trabaja en otras; el fundamento de un carácter es la absoluta unidad del principio interno de la conducta en la vida en general”.
En otro lugar de esta misma obra sostiene que

“la única prueba de que en un hombre existe la conciencia de tener un carácter está en el hecho de haber convertido en máxima suprema el principio de veracidad tanto en el interior de lo que él se confiesa a sí mismo como en su comportamiento con todos los demás”.

Muy probablemente en el radical cambio de actitud de Kant fue decisiva la influencia de su amigo Joseph Green, que hablaba de sí mismo de esta manera:

“Yo no me levanto porque haya dormido bastante, sino porque son las 6 de la mañana. No me siento a la mesa porque tenga hambre, sino porque el reloj marca las doce; no me voy a la cama porque esté cansado, sino porque son las 10 de la noche.”
Tan notable fue este influjo que, en la práctica, el carácter moral de Kant fue metamorfoseándose poco a poco en el de su amigo. Ambos estaban de acuerdo de que su amistad sólo se apoyaba en los más altos principios. En el deber. Era una amistad moral.

Pero la vida que es caprichosa y siempre acaba matando por la espalda, le jugó a Kant una mala pasada. En sus últimos años, fue perdiendo lenta e irremediablemente la memoria. Llegó el momento en que no era capaz ni de escribir su nombre ni de seguir una conversación compleja. A medida que su mente se iba hundiendo en las tinieblas iba perdiendo el control de su cuerpo. No podía permanecer sentado en una silla. Su delgadez extrema y sus escasísimas fuerzas eran incapaces de mantenerlo erguido. Se deslizaba como un guiñapo hasta el suelo, donde tenía que esperar a que alguien lo ayudara a levantarse. Mientras pudo escribir tomaba notas para mantener vivas ciertas imágenes. Dos de ellas me parecen especialmente llamativas. Una tenía que ver con su criado, Lampe, a quien se vio obligado a despedir a causa de su falta de lealtad. Escribió:

“El nombre de Lampe debe ser ahora completamente olvidado”.

De esta manera, manteniendo la nota a su lado, intentaba no olvidar lo que debía olvidar. La otra nota trata sobre las mujeres y su significado no puede ser más ambiguo:

“Similitud de las mujeres con el capullo de una rosa, con una rosa lozana, y con una baya (fruto del espino).”

6 comentarios:

  1. De la pérdida progresiva de la memoria y del Alñzheimer podría decirse lo mismo que solía decir Epicuro de la muerte:

    "cuando ella está tu no estás y cuando tú estás ella no"

    Claro que la conciencia de morirse, como la de perder la memoria, debe de ser una tragedia (por ineludible) terrible.

    Un día alguien me dijo de su suegro, médico de reconocido prestigio, que a causa del Alzheimer "estaba en casa sentado ante la televisión como una maceta". La crueldad de quien habló era innecesaria, pero la crueldad de la realidad, terrible.

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  2. Lo mejor, literariamente, que he leído -y casi lo único, porque creo que no se ha escrito demasiado sobre eso, el deterioro mental, exactamente- : "El hombre aparece en el holoceno", de Max Frisch (creo que te gusta, Luis). Es un relato soberbio, que he leído varias veces y que tengo como modelo narrativo.

    Lola

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  3. Max Frisch mucho, Lola, cuando más joven le leí como autor de parábolas, pero no conozco ese relato que buscaré ahora. "No soy Stiller" fué opara mi una lectura fabulosa.

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  4. Luis: El problema es cuando a uno o a la otra se los ve venir desde lejos y se van acercando lentamente. Entonces, inevitablemente, forman parte de tu desvivirte.

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  5. Lila, Luis: Yo tampoco he pasado de "No soy Stiller". A ver si encuentro el relato que dices, Lola.

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  6. En Alfaguara, chicos. Aunque hace años y quizá esté descatalogado. Tiene la virtud, que no tenia Stiller, de ser una novelita corta.
    Describe a un jubilado que se ha ido a vivir a las montañas alpinas, sólo en su casa en tiempo de tormentas. Está narrado en tercera persona, con tal habilidosa objetividad, que parece una cámara que nos cuenta lo que pasa dentro de la cabeza del anciano. Impresionante, de verdad. Y tiene la decencia de no ser sólo cruel, también es triste, sobre todo triste.

    Lola

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