jueves, 23 de agosto de 2012

Nietzsche: El tono y el gesto.


Nietzsche se plantea directamente la relación entre música y verdad en un fragmento de 1871 titulado Sobre la música y la palabra en el que encontramos el esquema básico sobre el que irá reelaborando su comprensión filosófica de la música. Básicamente su tesis es que la música está más cerca de la phýsis (de la naturaleza entendida como surgir, brotar, aparecer o, si se quiere, como insurgencia) que la imagen y, puesto que la filosofía tiene por objeto conocer la naturaleza de las cosas, la música es, en cierta manera, más filosófica que el discurso (el lógos). Dioniso también filosofa, dirá en Más allá del bien y del mal.

La esencia o meollo de la realidad sólo nos es accesible por medio de representaciones como la de la palabra. No hay una manera directa de intimar con la realidad. Nuestro trato con ella siempre está mediado por la representación. Incluso el juego de nuestros instintos, sentimientos, afectos y actos de la voluntad se nos revela como representación. Incluso la expresión "voluntad" es sólo una representación, si bien se refiere a la forma fenoménica más universal de algo completamente indescifrable para nosotros. Por lo tanto, no podemos salir del reino de la representación. 

Sin embargo hay dos maneras distintas de habitarlo: la del tono y la del gesto. 

En el tono se expresa el conjunto de sensaciones agradables y desagradables “que acompaña indefectiblemente" a todas las demás representaciones. El placer y el displacer son “manifestaciones de algo primordial que no podemos penetrar”, pero sí simbolizar en el tono de nuestras palabras. Todas las demás representaciones “son indicadas por la simbólica del gesto”. El tono emotivo que acompaña al discurso como su fondo es, para Nietzsche, universal. Sería el mismo en todos los hombres, fuese cual fuese su lengua propia. De este fondo común tonal se desarrolló la simbólica del gesto, “arbitraria y no completamente adecuada a su fundamento” que ha dado lugar a la multiplicidad de las lenguas. Podríamos decir que en cada acto lingüístico, el texto simbólico específico de cada lengua se yuxtapone a la melodía antropológica original. 

Si el gesto ha hallado su forma de expresión en el lenguaje, el tono alcanza en el desarrollo de la música una expresión simbólica cada vez más adecuada. Pero de forma paralela a este proceso histórico de musicalización del tono, se ha desarrollado el proyecto lírico de expresar la música en imágenes. Es este último un proyecto temerario, porque si la música es más fundamental que la palabra, no deja de ser arriesgado pretender musicalizar una poesía. Querer someter la música al dominio del concepto es invertir las relaciones naturales de las cosas. Es como si un hijo pretendiera engendrar a un padre. Al músico le es dado ofrecer imágenes, pero la imagen no nos puede dar de sí música. “El goce de la apariencia no puede engendrar de si el goce de la no apariencia”. Se podría objetar que lo que pretende musicalizar el músico no es la letra de la poesía, sino el sentimiento que despierta el poema, pero Nietzsche dice que el sentimiento está “penetrado y saturado de representaciones conscientes o inconscientes” y, por lo mismo, no puede engendrar la música. Es evidente que la música puede representar sentimientos de amor, de temor o de esperanza, pero no lo hace por medios directos, llenando como hace el lenguaje cada uno de estos sentimientos con representaciones. La música alcanza ese terreno intermedio de los afectos que se encuentra entre la expresión natural y espontánea de los mismos y su representación. Por eso mismo, los que sólo comprenden la música por sus efectos no consiguen ir más allá de su vestíbulo, sin penetrar hasta el santuario. 

El origen de la música es dionisíaco y está más allá de toda individuación. 

Podemos decir, pues, que la música surge de la voluntad, como forma fenoménica originaria, y al mismo tiempo la expresa. “En este sentido puede ser considerada como una imitación de la naturaleza, pero de la forma más universal de la naturaleza”. No tiene por objeto expresar sentimientos. Su meta es más ambiciosa: quiere expresar la voluntad. “En las más altas manifestaciones musicales sentimos muchas veces la grosería de cualquier imagen". Este sería el caso, por ejemplo, de "los últimos cuartetos de Beethoven, que se avergonzarían de cualquier interpretación plástica tomada del reino de la realidad empírica”. 

Lo dionisíaco no quiere comunicar nada, ni se dirige, por lo mismo, a un oyente al que pretendiera comunicar alguna cosa. El músico “canta como canta el pájaro, por una necesidad interior, y enmudecerá si ante él se planta el oyente curioso”. Este es el impulso que lleva al pueblo a cantar sus canciones para sí mismo, guiado por una fuerza interior, “sin preocuparse de si sus palabras son inteligibles para otro cualquiera que no cante con él”. 

“Recordemos -añade Nietzsche- nuestra experiencia personal cuando se trata del arte musical en sus manifestaciones más altas: ¿qué entendemos del texto de una misa de Palestrina, de una cantata de Bach, de un oratorio de Händel, cuando nosotros no tomamos parte en el canto, sino que simplemente lo oímos? Sólo para los que cantan hay una lírica, una música vocal: el oyente la considera como música absoluta”. 

El oyente, por lo tanto, debe cuidarse de tener pretensiones. Nietzsche ahora está pensando en la ópera. “Para nosotros la ópera como género aparece tan justificada como la canción popular”. Su valor será tanto más alto “cuanto más libremente se desarrollen los instintos dionisiacos de la música y cuanto más desdeñosamente trate las llamadas exigencias dramáticas”, diga lo que diga “el público filisteo de mil cabezas”.

5 comentarios:

  1. Interesante, me hubiera gustado verlo analizar el fenómeno de de extensión musical mucho posterior a él, ¿cómo interpretaría el "entendimiento" más o menos común mundial de un rock? Imagino que para él la más alta expresión musical, al menos como ejemplo sería la ópera, pero tras ella en aquel siglo ha llegado de todo, en el sentido de su extensión mediática, y está claro que el ser humano logra "interpretar" una codificación musical ajena a representaciones que dependan de un lenguaje, verbal.
    Y aún menos dudoso resulta que ciertas "codas", equis conjunto de sonidos más o menos regularmente dispuestos, pero creo que siempre dependiendo de las culturas, lograrán "evadir" ese anclaje a lo representacional: siempre me pregunto si el efecto de unos sostenidos o unos tonos mayores o unos bemoles y unos tonos menores serán los mismos en los "estómagos" dependiendo de la zona geográfica/cultural del oyente, y sobre todo, del individuo.
    Pero imagino que ya existirán mil estudios sobre el particular.
    Interesante como le digo, Don Gregorio, para seguir reflexionando.

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    1. Pues no me atrevo a contestarle nada, doña Sofía, porque aquí el primero que tiene que pensar soy yo... pero comienzo a intuir el desastre que supondría para Nietzche las desastrosas críticas que recibieron sus obras musicales... críticas que no comparto en absoluto.

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  2. Como casi siempre, no deja usted de sorprendernos atacando una vez más lo fundamental, D. Gregorio; y es que, si es que Nietzsche tenía razón en algo, sin duda era en que la música, por decirlo así, toca la esencia. Siga, siga con estas fantásticas reflexiones.

    Si me admite preguntas, sí quisiera que nos dijese algo sobre la irrupción de la forma en ese magma primigenio del sonido, es decir, cómo introduce Nietzsche -sobre todo "superado" su entusiasmo wagneriano y schpenhaueriano- el elemnto formal en la música; cómo llega a reivindicar a Mozart por encima de cualquiera y cómo procura liberarse de la euforia de la voluntad y la oscuridad "germánicas" para elogiar la música mediterránea de un Bizet, por ejemplo; es decir, lo que supone el giro a mi parecer más interesante: cómo la música no es ya esencial por sumergirse en las oscuridades de la voluntad, sino precisamente por aprender a habitar la superficie (supongo que algo así le evocaba "lo mediterráneo").
    Por último, por si usted lo sabe: una vez oí que, en relación con esto último que decía, Nietzsche había elogiado la zarzuela, y no recuerdo si en particular alguna como "La verbena de la Paloma", ¿tiene usted noticias de que haya sido así? En lo que he leído de Nietzsche a lo largo de los años -y ya va para bastante- no he encontrado nada similar.

    Como siempre, un placer leerle.
    Un abrazo

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    1. Gracias, amigo.
      Le confesaré el secreto de todo esto pero no se lo diga a nadie) ando liado en un proyecto que me parece fantástico: el montaje de un espectáculo filosófico-musical a partir de una selección de las composiciones musicales de Nietzsche. La cosa requiere su tiempo, pero en unos meses estaremos preparados a ir al casino de Soria.
      Respecto a Nietzsche, no tengo respuestas para todas sus preguntas, pero me parece que si la música era para él el len guaje fundamental, el rechazo de sus obras musicales por parte de los críticos lo situaba en una situación muy peculiar que, en cierta manera, si quería filosofar, lo obligaba a sobrepasar lo que dice en este fragmento del 71. Pero esta es una cuestión a la que aún no sé darle respuesta. ¿Pretendió Nietzsche alcanzar una escritura filosófica musical? ¿Fue consciente de que ser filósofo lo condena a uno inevitablemente a moverse en un dominio de la representación que incorpora demasiadas mediaciones con respecto a la insurgencia de la phýsis? Deme tiempo... aunque yo no le garantizo respuestas.
      Un abrazo, amigo.

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  3. No seré quien discuta que la musica es mas filosofica que el discurso, pero por dar la contra y sacar algo apolineo:

    http://www.tendencias21.net/La-musica-imita-al-habla-humana_a3905.html

    http://www.youtube.com/watch?v=muCPjK4nGY4&feature=related

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