Veo últimamente por aquí y por allá escritos de mujeres solteras que reivindican su soltería con argumentos un poco llamativos. En primer lugar niegan el amor romántico y, por lo tanto, los lazos de copertenencia de la pareja. El amor romántico, suelen decir, es un yugo afectivo con el que los hombres, tan taimados, tienen sujetas a sus mujeres garantizándose así sexo gratis. Estas mujeres, que tienen en tan poca estima la inteligencia de las mujeres que se casan, consideran que son dueñas de su vida porque son autónomas y que su autonomía, puesto que es una señal de los tiempos, es obviamente buena. En resumen: una mujer independiente, que se gana la vida y no tiene otro compromiso de fidelidad que no sea el de su autonomía, sería una conquista cultural. A mí estos argumentos (me olvido ahora de las feministas que sostienen que una mujer que goza sexualmente con un hombre está colaborando con el enemigo) me parecen propios de quien, puesto que se encuentra ocupando una determinada posición, siente la necesidad de justificar que es buena. En realidad, la soltería y el matrimonio son dos formas diferentes de ser mediocres. De lo que se trata es de saber cómo se lleva en cada caso la propia mediocridad, si con deudas de copertenencia o sin ellas.
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