Uno tiene prendida el alma de ciertos lugares, ciertas personas y ciertas experiencias. Y a veces el lugar, las personas y las experiencias coinciden de tal forma cualquier noticia que te llegue de allí te alcanza de lleno en la diana del corazón. Es el caso de una felicitación navideña que me llegó ayer, pasadas ya las navidades. Dejaremos para otro día el desbarajuste de Correos, que fue durante décadas una institución de eficacia ejemplar. Yo tenía 5 años cuando escribí una carta con lápiz, puse dos nombres casi ilegibles en el sobre, a lápiz, el de una persona y el de una ciudad y, sin sello, la eché en un buzón. Llegó a su destino a los pocos días. La felicitación que me llegó ayer venía de la sección de pediatría oncológica de un hospital y estaba ilustrada con el dibujo de un niño de 6 años que mostraba, en medio de un paisaje desolado, una cuna con un niño. La cuna y el niño parecían abandonados en un desierto. A la derecha un sencillo árbol navideño con una estrella. La parte superior del dibujo estaba reservada para las estrellas del cielo, rutilantes, festivas, acogedoras. Pero la soledad del niño de la cuna y su distancia con el árbol y las estrellas del cielo es tan grande, tan triste, tan conmovedora... Este año la Navidad, para mí, va a durar mucho.
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