Comenzó bien el día de ayer, con un largo paseo sin destino concreto por un Madrid que estrenaba la luz del nuevo día, flaneur de despertares. No hacía mucho frío y la ciudad se estaba quitando el sueño de encima. Por la tarde les dije a un grupo numeroso de personas que cuando se sintieran pesimistas sobre nuestro tiempo, madrugasen y salieran a las calles a ver la cantidad de personas que van a trabajar a horas intempestivas para conseguir que sus hijos tengan un plato de comida en la mesa. Esas personas que cumplen sus compromisos con discreción diligente, en silencio, son el sustento cotidiano de todos nosotros. No solemos ser conscientes de ello, pero nos sostienen. Son los maquinistas del mundo de la vida. Tardé en entrar. a una cafetería para desayunar, demorando la vuelta al hotel. A las 10:00 tocaba podcast con la buena gente de Educatio Servanda y a las 12:00 una entrevista con la buena gente de Alfa y Omega. Aquí me encontré, gratísima sorpresa, con Ricardo Ruiz de la Serna, con el que di un paseo por el viejo Madrid. Me propuso comer juntos, pero yo tenía un día peripatético y un poco autista y le dije -la amistad también es decir no- que quería andar sin rumbo por el Madrid de las primeras horas de la tarde. A las 19:00, la presentación de La dignidad del mediocre en la sede de Abante, sobre la Puerta de Alcalá. Descubrí que el día iba de Ricardos. Cuando salí de este último acto me apetecía mucho, de nuevo, estar solo y volver al hotel dando un largo rodeo mientras la ciudad se iba recluyendo en sus casas. Mantuve una larga conversación telefónica con mi mujer, y a la cama. Hay soledades que no son tales porque son, en realidad, la condición imprescindible para sentir el rumor de fondo de la vida cotidiana, sus alegrías, silencios y quehaceres, ese aleteo que nos lleva a todos, sin apenas darnos cuenta, a ponernos en manos de nuestras esperanzas.
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