Si alguna vez me ven quejarme de que tengo mucho trabajo, no me lo crean. Eso, exactamente, es lo que me gusta. Me siento bien con esta sensación de acorralado por las fechas de entrega de artículos, libros, textos de las conferencias, etc. De hecho es cuando voy al borde de la saturación cuando más rindo. Cuando tengo mucho tiempo por delante acabo incumpliendo los compromisos. Tras la publicación de La dignidad del mediocre estoy dando mi voz a un buen número de podcasts. Me llama muchísimo la atención que tengan tanta audiencia. Y me lo llama, sobre todo, porque es un hecho. Los de mi generación tendemos a creer que si no ha aparecido la reseña de tu libro en el suplemento cultural de un diario relevante, no eres nadie; pero resulta que los oyentes de los podcasts son muchísimo más numerosos que los lectores de los suplementos culturales de los medios tradicionales. Y esto nos sitúa ante un fenómeno nuevo. ¿Se está imponiendo el oído al ojo? No lo sé. La vida me ha enseñado que si te pones a hacer de profeta enseguida confundes lo episódico y coyuntural cono lo trascendente y estiuctural. En cualquier caso, ahí ando, sin parar de hablar, explorando un mundo nuevo.
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