miércoles, 14 de enero de 2026

Prejuicios y amarres

Emilio del Río es riojano y para mí eso es un mérito. Me pueden alegar ustedes que esta es una conducta prejuiciosa. Se lo acepto. Pero es que llega un momento en que uno ama a sus prejuicios conscientemente, como si fueran amarres a la realidad. En tiempos de fluideces y fluctuaciones, un buen prejuicio es cosa seria. A lo que iba. Emilio del río, el riojano, me invitó a participar en un podcast que tiene en RNE -Locos por los clásicos- y yo le dije que encantado. Por eso ayer pasé un buen rato en la Casa de la radio hablando del mito de Prometeo y de La dignidad del mediocre. No sé si se creerán lo que les voy a decir pero hubo un momento crítico en la grabación en que a Emilio se le saltó una lágrima y a mí se me formó un nudo en la garganta. Fue cuando, recordando a Argo, el perro de Ulises, casi caemos en la pornografía emocional. No entraban en el guión ni Argo ni nuestra reacción, pero es que la realidad no cabe en un guión y por eso, de repente, una historia mil veces contada te afecta de manera imprevisible y profunda. Por la tarde estuve cenando en Aravaca, con las dos almas de la Librería Ontanilla. ¿Por qué hay personas que nada más verlas te caen bien y sabes, a los dos minutos de contacto, que estás iniciando una relación de amistad, y personas que nada más conocerlas concluyes que hay que mantener con ellas relaciones higiénicas de distancia? Sin duda, la razón es el prejuicio, luego el prejuicio tiene razones que la razón no entiende, pero cuyo valor la memoria constata. También tengo prejuicios favorables con los murcianos, con los bocadillos de calamares y con mis amigos venezolanos.

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