Me siento como un coche atrotinado, cargado de kilómetros, que siempre está pidiendo alguna reparación y cuando lo arreglas por aquí se te rompe por allí. Ayer estuve en Can Ruti, el remoto megahospital de Badalona en el que es imposible aparcar. Tenía que someterme a una epiluminiscencia. ¡Hay que ver qué poca cosa es un hombre de mi edad en calzoncillos siendo examinado milimétricamente por médicos que parecen recién salidos de la adolescencia. Fui en tren hasta Badalona y empalmé con un autobús hasta Can Ruti. Por el camino asistimos a un atropello de una mujer en un paso de cebra por parte del conductor de una furgoneta que quiso darse a la fuga. La atención en el hospital es muy profesional. Gente amable y eficiente. Cuando a mediados de diciembre me operaron del menisco de la pierna izquierda pedí, al salir, el libro de felicitaciones. No tenían. Solo disponían del de reclamaciones. Les dije que quería dejar constancia de mi alegría por haber sido tratado como un adulto. Punto y seguido. Vuelvo a ir a Badalona. Hoy me toca examen neurológico, que es lo que me ha pedido el otorrino que lleva el caos de mi oído interno. El mundo sigue adelante y mi agenda se va llenando de citas médicas. Lo constato. No me quejo. De hecho creo que tengo una enorme suerte por mantenerme activo (a veces hiperactivo) mientras eludo a los del camión escoba. Continuo futurizando.
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