Estoy releyendo Memorias del subsuelo y tengo que ir a lo ratonil, mordiendo poco a poco y masticando bien para poder ir tragando. Había leído este libro/ensayo, premonitorio del existencialismo hace ya unas cuantas décadas, pero el verano pasado, releyendo también Juan de Mairena, me di cuenta de la deuda enorme que tenía contraída Antonio Machado con Fiódor Dostoievski, y ahora estoy leyendo las Memorias tan de otra manera que es como si las leyera por primera vez. Quizás sea este el signo distintivo de un clásico: que siempre que te enfrentas a él chocas con su novedad. La diferencia entre Mairena y el narrador anónimo de Memorias del subsuelo es la que hay entre un nihilista andaluz y un nihilista ruso. Un andaluz, por mucho que lo intente, no puede ser nihilista. Hay en Andalucía demasiada luz. Podrá creer que lo es, pero su creencia no será más que un ejercicio de la voluntad, un empeñarse en dar la espalda al chisporroteo de la vida. Un nihilista casi no tiene otra manera de serlo que naciendo en Rusia, en los inviernos gélidos y eternos, a 40º bajo cero, donde la vida enmudece bajo el frío. El nihilismo es el exceso de penumbras. Esta referencia a la luz andaluza y a las penumbras rusas es, en realidad, una referencia a dos estados de ánimo opuestos y el existencialismo se toma muy en serio los estados de ánimo como el estar del ser.
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