miércoles, 31 de agosto de 2011

Releyendo

Normalmente leo demasiado deprisa, dejándome llevar más por la imaginación que por los ojos. La impaciencia lectora, lo reconozco, es un signo de desprecio al autor, porque lo supone, de hecho, poco sutil. Leyendo rápido es cuando creo entenderlo todo.

Sin embargo con algunos autores me demoro en los recodos y de vez en cuando me siento en la necesidad de echar la vista atrás y de volver si es preciso sobre mis pasos para recuperar la frescura de un aroma perdido en el trayecto. Continuamente redescubro que cuanto más lenta es la lectura, más fuerte es la sospecha, al final, de que algo importante del texto se me ha pasado por alto. O, dicho de otra manera: cuanto más lenta es la lectura, más se me impone la relectura.

El autor que me exige una mirada más lenta es Platón. Con el trato de sus textos he ido tomando una clara conciencia de que la lectura atenta, entre líneas, de los diálogos es un antídoto contra el platonismo congénito en todos nosotros (permítanme ustedes que generalice). Me refiero a esa vocación que nos empuja de manera muy convincente a reificar todo aquello que valoramos positivamente.

6 comentarios:

  1. Siempre he leído muy rápido y no por desprecio al autor, sino por costumbre adquirida en la infancia. Devoraba los libros que ahora releo, especialmente Stendhal, Maupassant o Dickens y otras novelas decimonónicas cuyas detalladas descripciones merecen detenerse por el camino por el puro gozo de visualizarlas.

    Saludos

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  2. "Cuando se lee demasiado aprisa o demasiado despacio, no se entiende nada", dejó escrito Pascal, quien, por lo vehemente que era, no me fío yo mucho de que hubiera encontrado el justo medio que es necesario para la lectura, y para casi todo. De todos modos cada texto lleva implícita la exigencia de un ritmo de lectura, quiero creer, individual que el lector ha de saber descubrir para entenderse bien con él. Y luego están los libros con los que se tropieza y en los que es imposible leer de ningún modo ni con ningún ritmo.
    ¡Ah, gregorio, la reificación! ¡Cientos de páginas existencialistas se me han venido a los ojos atolondrados de un testarudo lector de obras casi ininteligibles en las que, sin embargo, persistía como los topillos en los campos castellanos!

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  3. ¿Qué significa "reificación"? Lo pregunto sin revueltas, es que no lo sé, lo he oído y leído bastantes veces pero lo he pasado por alto. Me imagino que, ya que su raíz es "res", será algo así como bloquear pétreamente el significado en la letra o algo así, pero no tengo ni idea.

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  4. Dhavar: Ya sabes que los términos filosóficos suelen ser confusos... hasta que se los pretende definir, que entonces se vuelven ininteligibles. Pero vamos allá: la reificación es la afirmación de lo que sólo es mental como real, es decir, como subsistente en sí y por sí.

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  5. Pues yo siempre lo había entendido como "cosificación"..., y aun creo haberlo leído en alguien poco pagado de pseudohermetismo. Ya tiene razón el buen Bueno, que primero hemos de definir los términos con los que pretendemos dialogar para estar seguros de algo, al menos. Porque su tesis, brillantemente defendida, es que el tópico de "hablando se entiende la gente" es radicalmente falso, y que lo propio es lo contrario.

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  6. Si se trata de eso, entonces se trata de la polémica de los Universales, que tuvo en vilo todo el pensar medieval y que se cerró en falso.Recuerdo que la solución de Tomás de Aquino era que los Universales eran tanto "en re" como en la mente.Voegelin, al acercarse a los antiguos, sostiene que, precisamente, en el encuentro con lo ... "numinoso" se borra la pseudo distinción conciencia/realidad (más allá de la conciencia). Y toma el término "metaxi" que utiliza Platón en una Carta como una categoría fundamental para cercar la experiencia del Fundamento - del cual surge el Orden de la Polis, como pequeño "cosmion".

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