miércoles, 4 de septiembre de 2013

Ser un gran hombre se ha puesto imposible

"Nadie es un gran hombre para su ayuda de cámara", decía Goethe. Quería decir que si ves a un gran hombre cada día en calzoncillos, acabas perdiéndole el respeto. Pero los ayudas de cámara antiguos solían ser gente discreta y se callaban lo que sabían sobre los calzoncillos de sus grandes hombres. En caso contrario nos habríamos quedado sin mitos y las calles de las ciudades estarían dedicadas a nombres de flores y a títulos de canciones. Pero ha ocurrido algo sorprendente y de cuya trascendencia me parece que aún no hemos tomado plena consciencia: Ahora los que ejercen de ayudas de cámara son los periodistas. Y estos, de discretos, nada. Viven de hacer desfilar ante nuestros ojos en las portadas de los periódicos y en las pantallas de las televisiones a los grandes hombres en paños menores.


El último en aparecer no ya en paños menores, sino con una mano delante y otra detrás, ha sido ni más ni menos que el senador John McCain, pillado jugando a poker durante el debate sobre cuántos misiles lanzamos sobre Siria.

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Nietzsche se preguntaba de qué manera afecta el conocimiento histórico a la vida moderna y llegó a la conclusión de que cuando vemos muchas veces repetida la película de las cosas humanas (que ha sido la misma en cualquier tiempo) se acaba perdiendo interés por el cine épico e interesado sólo por la comedia (él dijo otra cosa, pero los que han leído la Segunda Intempestiva ya me entienden). Pero la comedia es el triunfo del sanchopancismo, esa actitud vital suya única expectativa es ver qué se puede sacar de la cocina pegándole un azote pícaro en las posaderas a la cocinera (la imagen es de Orwell).

Los políticos han sido siempre tal como los vemos ahora. El conocimiento de esta verdad elemental será nuestra mayor desgracia, así que, por favor, no se lo digan a nadie.

Me voy a Jaén