Me volvió a suceder. Llegó puntual a la visita con el otorrino. Me siento en la sala de espera y me dispongo a lo que toca, a esperar. Van llamando a la gente y poco a poco la sala de espera se va vaciando. Finalmente, pasadas dos horas de la cita que tenía programada, me levanto y voy a preguntar qué pasa conmigo. Entonces la enfermera se me encara y me asegura que me han estado llamando insistentemente desde las 10:00. Son las 12:00. «Bueno -le digo- pero ustedes no debieran esperar que todo el mundo que viene al otorrino oiga bien». No le hace gracia mi respuesta, pero me hacen pasar a consulta.
Me proponen de la editorial italiana IPS (Il Pensiero Storico) que forme parte de su consejo editorial. Acepto sabiendo que si algo no me sobra es tiempo. Poco después me comunican en Ariel que van a reimprimir dos de mis libros más queridos, La escuela no es un parque de atracciones y Elogio de las familias sensatamente imperfectas.
Oigo poco y mal, voy cojeando como si arrastrara un ancla de hierro, pero siento que no tengo derecho a quejarme.
Mi querida amiga B. me comunica que se ha caído en casa y que está ingresada en el hospital sin apenas capacidad para moverse. Son cosas estas de difícil consuelo y mi incapacidad para proporcionarle, con sinceridad, una palabra de alivio me hace sentir extraña, aunuqe ligeramente, culpable.
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