Esta mañana he visto, con admiración, (y cierta envidia) a un joven de unos veinte años bajando las escaleras de la plaza de la plaza de Ocata. Parecía que flotaba. Movimientos armónicos, gráciles, de un cuerpo casi espiritualizado, con las alas de la levedad en las rodillas. Yo, quizás, un día las bajé así.
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