Odo Marquard nos comparó, a los ciudadanos del presente, con aquella princesa del cuento que no podía dormir por las molestias que le causaba un guisante que había bajo los veinte colchones sobre los que dormía. Y después el copión de Han se apropió de su reflexión y se hizo famoso. Básicamente lo que nos dice Marquard es que a medida que la medicina ha ido mitigando dolores fuertes, más nos hemos vuelto hipersensibles con el guisante. Por una parte los avances médicos y, en general, los avances de la sociedad del bienestar, nos han permitido soñar con la utopía de una vida sin dolores. Pero como el dolor, aunque sea a pequeña escala, está ahí, impertinente, terco, tenaz, en lugar de reconciliarnos con una realidad objetivamente cada vez más habitable, nos revolvemos contra ella porque no satisface todos nuestros anhelos. Siempre hay algo que nos duele.Siempre hay algo que va mal. Pero en la era de las exigencias excesivas, duele más porque duele menos. Cuando lo posible parece accesible (cuando reclamamos nuestro derecho a lo posible), lo real se vuelve decepcionante. Por lo tanto, alguien debe estar escatimándonos la felicidad que nos falta. El resultado de todo esto es que acabamos haciendo de nuestros dolores ideológicamente magnificados nuestra señal de identidad.
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