El profesor de lengua y literatura de un colegio privado me comenta, como si tal cosa, que no le gusta leer, que se aburre. He debido de poner una cara rara al escucharlo porque el hombre me ha preguntado si me parecía raro. «Lo que pasa- le he contestado- es que en mi tiempo los vicios se tendían a ocultar, mientras alardeábamos de nuestras virtudes a la luz del día».
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