El miércoles pasado estuve en La Salle hablando del mito de Prometeo y de esa secuela moderna del mismo que es Frankenstein. Salí satisfecho. Me trataron muy bien y creo que me atendieron y me entendieron. Sin embargo, hubo un momento, solo uno, en el que me apeteció ponerme un poco impertinente. Fue cuando antes de comenzar el acto me preguntaron ante una cámara, en un aparte, si tiene algo que decirnos aún el mito de Prometeo. "Es curioso", contesté, "que siempre le exijamos al pasado que llame a las puertas del presente con educación y ropas nuevas y espere a que le dejemos entrar. Al pasado siempre le estamos exigiendo que justifique su actualidad. ¿Por qué no le exigimos al presente que justifique su bouquet? ¿Por qué en vez de constituir el presente como el tribunal de la historia no hacemos del pasado su juez del presente. ¿Por qué no se pregunta nunca al presente a ver si está en condiciones de llamar a las puertas del pasado con algo que ofrecerle?" Y me quedé tan satisfecho.
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