viernes, 19 de diciembre de 2008

Sobre el alma II

Así pues, estas navidades voy a hablar del alma. Y quiero hacerlo a partir de una convicción adquirida del Patocka de Platón y Europa: la de que Europa guarda –o ha venido guardado hasta el presente- su identidad en su fidelidad a una herencia que ha recibido de Grecia, la del cuidado del alma, la “epimeleia”. La “epimeleia” era, básicamente la supervisión del buen funcionamiento de algo. En Atenas el encargado del funcionamiento del suministro de agua en las fuentes públicas tenía el título de “epimeletés”. Digo esto porque la epimeleia no es exactamente una terapia. La terapia es una actividad de atención a algo (en nuestro caso, un alma) enferma, mientras que la “epimeleia” es una atención constante de su buen funcionamiento.

En los últimos años Pierre Hadot ha basado en la “epimeleia” su interpretación de la filosofía antigua. Él habla preferentemente de “ejercicios espirituales”, que son las formas culturales de la “epimeleia”. Defiende –y es esta su tesis central- que las obras filosóficas de la Antigüedad no estuvieron compuestas para dar forma a un sistema, sino para generar una acción formativa en el lector. Lo que quería el filósofo era modelar el alma de sus lectores. Al hablar de "ejercicios espirituales", Hadot quiere resaltar que la “epimeleia” filosófica afectaba a la integridad del psiquismo del individuo y, en consecuencia, la filosofía antigua era una oferta de un modo de vida, una elección vital.

Este planteamiento le permite a Hadot diferenciar entre el mero discurso filosófico y la filosofía en sí misma. Si bien las escuelas filosóficas podían dividir el discurso filosófico en varias partes (por ejemplo: lógica, física y ética), la mera teoría del discurso (de la lógica, la física y la ética) no se confundía con la forma de vida filosófica. Sólo la coherencia entre discurso y vida merecía el nombre de filosofía. Al que defiende un discurso filosófico sin preocuparse de poner en relación su vida y sus palabras, se le ha denominado tradicionalmente sofista. El filósofo llega a serlo tras haber vivido una conversión (una “epistrophé”).

El famoso “conócete a ti mismo” es el primer programa filosófico de ejercicio espiritual. Aunque el sentido original de la frase sea difícil de discernir, es evidente que propone una relación de uno consigo mismo que constituye el fundamento de todo ejercicio espiritual. Ahora bien, conocerse a uno mismo puede significar diferentes cosas:
  1. Descubrimiento de la propia ignoracia y de la instatisfacción que comporta, acompañado de la decisión de amar el saber, de querer ser un “philo-sophos”, de situarse en el camino hacia el saber.
  2. La voluntad de descubrir la propia esencia, separando aquello que no nos pertenece de forma esencial de aquello que constituye nuestro identidad (el “mí mismo” sobre el que recae el conocimiento).
  3. La pretensión de conocer el propio estado moral y examinar la propia conciencia.

Para que el cuidado de sí sea posible se ha de tener consciencia de algún tipo de autonomía del “yo”. Esta consciencia se fue formando a lo largo de los siglos VII y VI a. de C., como lo pone de manifiesto, por ejemplo, el uso en la literatura erótica de los pronombres personales de primera persona. La poesía de Safo, de Teognis y en general los versos eróticos de los poetas dramáticos de los siglos V y IV nos proporcionan abundantes ejemplos. De forma paralela la medicina, como veremos, se apropia del hombre como objeto de investigación científica.

Es en este contexto de formación de la conciencia de la identidad donde hay que situar, para hacerla comprensible, la filosofía de Heráclito, con quien, por primera vez aparece el hombre como objeto de investigación filosófica: “Emprendí la búsqueda de mí mismo”, leemos en el fragmento B101. Heráclito nos ofrece también el primer testimonio filosófico de esta dificultad: no consigue hallar los límites del alma (fr. 45) y, por lo tanto, no logra dotarla de forma. Esta es su diferencia con el cuerpo. Pero a pesar de las dificultades, no renuncia a buscarse a sí mismo (fr. 101), porque en esta búsqueda tan irrenunciable como dificultosa se encuentra la humanidad del hombre (fr. 116), su destino (fr. 119).

De una u otra forma –la carencia de fuentes nos obliga a ser muy cautos- el pitagorismo y el orfismo (en el caso de que sea posible discriminar con claridad entre ambos movimientos) también prestó una atención especial al “cuidado de sí”, a la “epimeleia”. Cuenta Plutarco (Sobre la virtud moral, 441 e) que si Pitágoras mostró tanto interés por la música fue porque descubrió que no todas las partes del alma son igualmente susceptibles de enseñanza y de sujeción a la razón, por lo que era necesario emplear con ellas formas de persuasión no discursivas si se quería domesticar a los recalcitrantes a la filosofía.

Todo este proceso se vio concretado de manera plástica en el siglo IV a.C con la aparición de la retratística.

3 comentarios:

  1. Ay, ay, ay... sigues copiando directamente código generado desde Word...

    Ahora lo limpio.

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  2. Una de las cosas que señala Hadot es la relación entre el que la filosofía deje de ser una forma de vida y la aparición de 'manuales' filosóficos, de los que se habló aquí hace unos días.

    Por cierto, un enlace sobre zoosofía:

    http://www.literaryreview.co.uk/gray_12_08.html

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  3. Decididamente, voy a leer a este filósofo checo cuya existencia desconocía por completo, aunque él me conociera a mí.
    Un abrazo.

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