miércoles, 19 de diciembre de 2012

El nou batxillerat


En el número del 13 de setiembre de 1934 del semanario Mirador, me encuentro con un artículo de Carles Soldevila que me llama poderosísimamente la atención, y por eso mismo lo traigo a este café. Se titula “El nou batxillerat”. 

Este “nuevo bachillerato” es el que el ministro de Instrucción pública de la república, Filiberto Villalobos, intenta aprobar en esos momentos y que tiene como principal novedad el establecimiento de una asignatura obligatoria de lengua y literatura castellana en cada curso, de primero a séptimo.

Aunque cueste creerlo, hasta ese momento los bachilleres simplemente cursaban un curso de lengua y otro de literatura castellana. Con el nuevo bachillerato la lengua se convierte en el plato fuerte del plan de estudios. 

A Soldevila esto no le parece mal: “Tota la vida hem deplorat que l’art de parlar i escriure correctament i graciosament tingués tan poca importància dins els plans d’estudi imperants. No hem comprès mai per quina estranya negligència, un país que s’ha atipat de plagiar fórmules, programes i costums francesos no ha tingut mai esma de copiar les preocupacions que dominen enllà del Pirineu en matèria de redacció, de composició i d’estil. Aprendre a escriure i a explicar-se bé és, comptat i debatut, aprendre a precisar amb solta”.

Efectivamente, la consideración axial de la lengua era la columna vertebral de la escuela republicana francesa. Pero algo semejante ocurría en Italia, Alemania o Gran Bretaña. La excepción era España.

¿A qué se debía esa excepción?

La explicación de Soldevila merece, como mínimo, ser rumiada: “els castellans no han tingut la preocupació d’ensenyar llur idioma. De fet, s’han acontentat d’imposar-lo i durant els segles XVIII i XIX han considerat que ell tot sol, sense auxilis pedagògics, per la seva força del nombre, per la coacció burocràtica, pel rayonnement de l’oratòria i de la literatura, havia assolit una orientació absolutament inexpugnable.

Yo he defendido varias veces que España ni ha querido ni ha podido ser un Estado centralista. No ha podido porque para ser centralista necesitas unos caminos interiores como los de los franceses y entre nosotros viajar de Barcelona a Valencia era una aventura de incierto fin, pero de riesgos asegurados, al menos hasta bien entrado el siglo XIX. La que si me permiten podemos llamar “razón castellana”, se ha preocupado más de menospreciar a los que hablaban otra lengua que de enseñar la propia.  Piensen que hay que esperar a Filiberto Villalobos para que alguien se preocupe de que los bachilleres dominen el castellano. ¡En 1934! Es decir, aún no hace ni cien años.

El pueblo castellano no ha sido un pueblo pedagógico, dice Soldevila. Él no está, pues, en contra, de la enseñanza del castellano, pero no puede librarse de la sospecha de que este incremento tan sustancial sus horas de enseñanza va dirigido contra el catalán, que estaba viviendo entonces un auge notable. Es decir, que lo que Castilla no quiso hacer en los siglos XVIII y XIX lo quería hacer deprisa y corriendo en los años 30. “La tasca d’unificació de cultura que no va curar de realitzar ningú durant el son llarguíssim de les nacionalitats, hom vol fer-la ara, quan les nacionalitats són desvetllades i inquietes”.

Soldevila añade que los catalanes han de aprender a hablar bien el castellano, “però una cosa és aprendre els idiomes d’altri i una altra cedir-los generosament el terreny que correspon a l’idioma propi”. Por lo tanto, concluye, está bien que se incrementen las horas de castellano, “amb na condició: que la meitat de les classes d’aquests set cursos jan d’ésser consagrades a la llengua i la literatura catalana”.

Me voy a Jaén