domingo, 21 de octubre de 2012

Veteropedagogía i neotecnología

Acabo de llegar de Andorra, donde he asistido el fin de semana a unas jornadas organizadas por el Col·legi de Doctors i Llicenciats sobre las nuevas tecnologías y la educación.

Lo primero que he constatado -y era de esperar- es una rebaja de la confianza ciega que algunos docentes entusiastas del futuro y fugitivos del presente habían depositado en las nuevas tecnologías como panacea de los males escolares. Las cosas ya parecen comenzar a plantearse a otro nivel, ligeramente más realista.

Ligeramente, sólo, porque aún resulta de muy buen tono subirse a una tribuna y comenzar a despotricar contra la escuela actual. Sin embargo la cotidiana crítica de la escuela en modo alguno significa que conozcamos lo que con tanta saña vapuleamos. Hay miles de propuestas sobre cómo debería ser la educación, pero apenas disponemos de estudios sobre como funcionan, de verdad, las reuniones de profesores, por qué hay tanto profesor quemado (y por qué los profesores quemados no abandonan la docencia), cuáles son los errores más frecuentes de nuestros alumnos y cuál es la lógica implícita en los mismos, qué diferencias hay entre las dinámicas grupales de los alumnos en clase y en el patio, de qué forma se incorporan los proyectos de cambio en las escuelas, etc, etc. 

¿Está la escuela anclada en el pasado? Habría mucho que decir al respecto, pero a primera vista, la escuela se encuentra navegando un poco sin rumbo en el presente, sin saber muy bien dónde echar el ancla. Otra cosa muy distinta es que en el mundo abunden las personas a las que no les gusta el presente y que en lugar de hacérselo mirar, se dedican a decirnos a los demás qué debiéramos hacer para no defraudarlos.

No hacen ningún bien a la escuela los empeñados en sustituir la imperfecta escuela presente por una hipotética escuela futura plagada de virtudes, pero que nadie ha experimentado... o, lo que es peor, que ya ha sido experimentada centenares de veces con resultados peores que mediocres.

Es, por supuesto, legítimo, e incluso necesario, criticar la escuela que tenemos... pero además de legítimo y necesario sería muy provechoso criticarla mostrando experiencias efectivas que la superan y de las que se pueda aprender algo. 

Estos días he vuelto a oír algunas de las memeces que el presente pedagógico tiene por ideas excelsas,  simplemente porque no se detiene a analizar su significado. Por ejemplo, que en lugar de conocer hay que comprender (como si se pudiera comprender lo que no se conoce).... o que el conocimiento debe ser construido por el alumno... (como si el niño estuviera en condiciones de reconstruir la completa historia de la humanidad o como si el conocimiento tuviera alguna propiedad que lo incapacitase para ser transmitido)... o que todo está cambiando y que no hay nada estable (con lo cual, si no hay nada estable, no tenemos criterios para evaluar el cambio y nos quedamos sin saber qué cambios son preferibles o cómo nos podemos adaptar al futuro)... que las organizaciones piramidales están siendo sustituidas por estructuras horizontales (se lo pienso decir al primer policía que quiera ponerme una multa o al médico que quiera imponerme su diagnóstico o al que se suba al estrado a decirme lo que tengo que saber) o que ya no hay verdades (la tesis fue defendida por un eminente ingeniero catalán... cosa que, de creerlo, dejaría a la ingeniería catalana en un estado ... digamos que precario), etc, etc.  

La verdad verdadera es que mientras hablamos de realidades virtuales, el problema que más acucia hoy a los maestros es la hipermotilidad de sus alumnos. Es, decir, la biología, que no hay manera de expulsarla del aula de informática. 

Si me perdonan, les susurraré una pequeña grosería que le conté ayer por la tarde a Màrius Serra en la Plaça de la Germandat de Sant Julià. Donde mejor se ven los límites de las nuevas tecnologías es precisamente en el campo en el que más éxito están teniendo, el de la pornografía. Con un simple clic uno tiene acceso a todo tipo de imágenes, estáticas o en movimiento, silenciosas o acústicas, activas, hiperactivas, poliactivas  o interactivas... pero, en última instancia, por lo que parece, para que la pornografía internáutica deje satisfecho al internauta, éste debe poner algo de su parte, algún tipo de suplemento manual, para entendernos, que la pantalla no le puede ofrecer.

Pues pasa la mismo con las nuevas tecnologías y la escuela.

Y, por cierto... ¿Se han fijado ustedes que los que critican las clases magistrales no solamente adoptan un tono magistral sino que además lo hacen con el formato de una clase magistral?

Me voy a Jaén