Hay algo de profundamente benéfico en las pequeñas rutinas cotidianas: permiten que el mundo parezca tu mundo. La realidad (lo primero en sí, que diría Aristóteles) nada sabe de rutinas, aunque pueda saber mucho de repeticiones, mientras que el mundo de las cosas humanas (lo primero para mí) es el mundo creado por los hábitos contra natura. Levantarse a una hora determinada, pasar a ver el correo, la ducha, el desayuno en la Plaza de Ocata, el rato de lectura, la charla trivial con los vecinos, la compra para hacer ese plato que te gusta, la cerveza helada al mediodía... Curiosamente, todo esto es lo que pretendemos romper en vacaciones y por eso nos cruzamos a las primeras horas de la tarde (cansancio, sudor, mochilas, sed y un niño a rastras), cuando el sol rabia sobre nuestras cabezas, con otros grupos de turistas que hacen turismo despiadado, molidos por el sol. Si un juez condenase a hacer turismo de la manera en que habitualmente lo hacemos, sus sentencias se nos antojarían inhumanas. Pero quizás se trate de eso, de hacer turismo para romper imprudentemente durante unos días con las rutinas y así volver a casa, al refugio de lo cotidiano. En la espera del año que viene, porque repetiremos.
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