El camarero del Petit Café me dice que no para de sudar, que se engancha por todas partes, que parece un cromo. Intento no quejarme, pero la vuelta al Mediterráneo desde las alturas de la Sierra de la Demanda está siendo cruel. Demasiada luz, demasiada calor, demasiada humedad, demasiada pereza... estoy sudando y tecleando. No exagero. El viaje ha sido inolvidable. La familia Luri al competo (nietos, hijos y abuelos) nos hemos movido por las carreteras de Castilla, redescubriendo lo hermoso que es estar juntos. Los nietos, adolescentes, arrastran a lo largo del día un hambre voraz que no parece haber manera humana de saciar sino provisoriamente y resulta entrañable. Hemos andado por la Sierra de la Demanda, Salas de los Infantes, Burgos, Lerma y he presentado a hijos y nietos el asombroso románico del Duero... y pusimos la guinda al viaje deteniéndonos, a la vuelta a casa, en las ruinas de Numancia, para lanzar al cielo nuestros gritos familiares de "¡Viva Sertorio!" Hace unos días leí a un memo -de vez en cuando no tienes otro remedio que leer memeces- que proclamaba al mundo que la familia está superada. La mía, no. Lo que me da mi familia no hay institución humana que pueda proporcionártelo ni siquiera a plazos.
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