jueves, 15 de septiembre de 2011

El pienso felicitario

Cada vez que oigo a un educador defender que el fin principal de la educación es hacer felices a los niños, me entran unas ganas enormes de preguntarle: "¿Y por qué se cree usted con derecho a poner tan bajo el listón de aspiraciones de sus alumnos?".

Decía Goethe que la felicidad es una aspiración plebeya. Lo es, sobre todo, cuando se confunde con un confort de aspiraciones minimalistas: tener lo suficiente para vivir sin apreturas, no meterse con nadie y que nadie se meta con uno. O sea, con un autismo apolítico (pero a ser posible, subvencionado). Es, en este sentido, la aspiración de quien renuncia a vivir a la intemperie y busca refugio en la jibarización de su alma. ¡Para ser feliz de esta manera con ser inconsciente, insensible y no pasar hambre ya hay suficiente! Ya sé que los que defienden la felicidad no están dispuestos a renunciar al emotivismo de las puestas de sol, pero eso confirma mi tesis.

En cualquier caso, vista la influencia de la pedagogía New Age, las cosas van por aquí de manera imparable. Por eso sería muy de agradecer que las escuelas que comulgan con esta idea lo dejaran bien claro en una pancarta a la entrada del centro diciendo, por ejemplo: "Aquí no nos importan los conocimientos, lo que queremos es la felicidad de su hijo." Y que vaya quien quiera. Yo no me opongo a que estén subvencionadas. De hecho ya hay bastantes escuelas públicas que comulgan con esta ideología.

Los administradores del pienso molido de la felicidad nos dicen que si todos fuésemos felices, el mundo sería aún más feliz (de estas ideas estaban las pancartas de los indignados llenas). No se les ocurre pensar que la felicidad que proponen puede resultar espeluznante para quienes aspiramos a algo más que a una vida de talla única, por muy confortable que sea.

Últimamente la pedagogía New Age complementa su menú de pienso felicitario con un postre edulcorado de inteligencia emocional, que nos quiere hacer creer que podemos programar nuestros estados de ánimo e incluirlos completamente domesticados en nuestra agenda.

Mientras los medios nos aseguran que Europa está ardiendo, la pedagogía New Age nos invita a tocar la lira. Como decía un filósofo refiriéndose a una cuestión no del todo ajena a ésta, la excusan dos hechos: No parece darse cuenta ni de que Europa está ardiendo ni de que está tocando la lira.

A este paso, más que en escuelas públicas y privadas, nuestro sistema escolar se va a escindir en escuelas que educan para la felicidad y escuelas que educan para hacer frente a la verdad de los hechos, que con frecuencia es muy poco consoladora, y para gestionarlos con el saber que haga falta, la voluntad necesaria, una vela encendida a la diosa fortuna y sobredosis de resiliencia.

Me voy a Jaén