domingo, 16 de agosto de 2009

Esto no es un cuento para niños

Los hechos tuvieron lugar el 19 de octubre de 1917. Son completamente desconocidos a esta orilla del Atlántico y no muy recordados en la orilla americana, pero por su relevancia merecerían que cada 19 de octubre celebrásemos el Día Internacional de la Vergüenza Pedagógica. Más aún: propongo que levantemos un monumento en cada pueblo a los estudiantes Frank Stern y Jennie Baumgartner, detenidos ese día en las calles de Nueva York por provocar desórdenes públicos pidiendo que se elevara el nivel de exigencia de sus escuelas. Frank y Jennie, que al ser detenidos invocaron la libertad de expresión, tenían 9 años de edad. Repito: NUEVE años de edad.

Fueron detenidos también otros muchos niños y niñas, pero ninguno de ellos superaba los quince años.

La crónica del New York Times del 20 de octubre añade que varias manifestaciones, que reunieron a varios miles de niños, tuvieron lugar en Brooklyn y Bronx. Varias escuelas fueron apedreadas y las ruedas de los coches de la policía, pinchadas. El grito de guerra de los manifestantes era "We won't back until the Gary system is taken out". Es decir, "no volveremos a clase hasta que no se retire el sistema Gary." Efectivamente, se mantuvieron activos durante diez días, hasta que, finalmente, consiguieron su propósito.

¿Y en qué consistía este sistema Gary que fue capaz de soliviantar de esta manera los ánimos infantiles? Pues en una reforma reforma escolar (supuestamente) progresista inspirada en la pedagogía de Dewey que fue impuesta por el gobierno demócrata de Nueva York a pesar de la desconfianza creciente de las familias.

Las primeras escuelas Gary se abrieron en Nueva York en marzo de 1915 y desde el primer momento contaron con el aplauso de la prensa de izquierdas y con la reticencia de las familias. Su pretensión era conseguir que la escuela fuese "la vida misma", un lugar donde los niños aprendiesen "a jugar y prepararse para oficios tanto como a estudiar abstracciones."

Cuando las autoridades municipales cerraron las escuelas Gary, reconocieron que, efectivamente, se trataba de un proyecto de educar a los niños en "la doctrina de la satisfacción" más que en la del esfuerzo. Pero los emigrantes, y especialmente los emigrantes judíos procedentes de Alemania que formaron el grueso de la protesta, no esperaban de la escuela satisfacción, sino exigencia. Habían venido a América a prosperar, a salir de su condición, no a perpetuarse en ella. Sabían que ese cambio demandaba a cambio un esfuerzo considerable a sus hijos. Y estaban dispuestos a pagarlo. Por eso no entendían a cuento de qué el proyecto Gary introducía tanto activismo que, a su parecer, era completamente irrelevante, y practicaba un "culto a lo fácil" que sólo podía tener como consecuencia impedirles aspirar a ser algo más de lo que ya eran: mano de obra barata. Ellos habían llegado a los Estados Unidos aspirando al ideal de una escuela elitista para todos y se encontraban con que el esfuerzo intelectual era sustituido por actividades interesantes.

Curiosamente en 1917 las mismas autoridades que fomentaban las escuelas Gary como una medida progresista, tenían en su poder un informe que alertaba de que eran un "completo fracaso". Ofrecían "programas insustanciales y una atmósfera general que habituaba a los estudiantes a un menor rendimiento". El informe estaba firmado por Abraham Flexner y constituía un ataque frontal a las doctrinas pedagógicas de John Dewey.

Por cierto, las revueltas le costaron la reelección al alcalde de Nueva York.

NOTA (seis horas después): Dice mi mujer (que es una crítica despiadada de estos apuntes) que parezco, por este texto, un defensor del viejo programa pedagógico de "la letra con sangre entra". No es esa mi intención. Me milito a proponer un lamento sociológico: lo que ha faltado en todas nuestras reformas y contrarreformas educativas no ha sido la buena voluntad de los gobernantes, sino la sensatez de los padres.

Ayer, en Valencia

Magnífico día, el de ayer en Valencia. Creo que esta es una ciudad en la que podría vivir. Cordialidad y agotamiento, pero ese agotamie...