sábado, 2 de noviembre de 2019

Mañanas de sábado

Las mañanas de sábado son mañanas de compra, que es una tarea gozosa y difícil y, al mismo tiempo, una especie de vicio solitario que me reservo con el celo de una intimidad.

Es difícil porque estamos en una situación vital en la que nunca sé si comeremos mi mujer y yo solos o nos vendrá toda la familia y, entonces habrá que poner ocho platos. Tengo que hacer, pues, equilibrios culinarios estratégicos, aunque, por experiencia contrastada, bien sé  que, cuanta menos compra haga, más poblada estará la mesa. Pero algo singular sucede en estas ocasiones. Aunque aparentemente no tengo nada para poner sobre el mantel, voy rascando de aquí y de allí y acabo produciendo el milagro de la multiplicación de las migajas. Suelen ser éstas comidas de mil platos en las que cada uno encuentra algo que le gusta.

Es gozosa porque soy adicto a mis puestos de compra habituales, en los que ya casi no hace falta que pida, comenzando por la cafetería. El fin de semana comienza para mí con el regalo del aroma de ese café, delicioso, espeso, casi untuoso, heraldo de la sacra normalidad. "Estas acelgas están hoy muy bien", me dice la verdulera, y yo obedezco dócilmente. Si pido salmón en la pescadería y veo que el pescatero me pone mala cara, me dejo orientar por su mirada y compro rape. "Si coge esta paletilla, le hago descuento", me ordena, más que dice, la carnicera, que me trata de "corazón" en cuanto me ve. "¡Corazón! ¿Qué quieres hoy?!" Pero aunque pregunte mi parecer, acabré comprando lo que ella me diga.

Me duele el día que llego a uno de mis puestos como a una etapa progamada de un viaje y me lo encuentro cerrado, por defunción o, lo que es más habitual, por jubilación. Alterar mi rutina de los sábados es un ejercicio para el que ya no tengo cintura. Las rutinas son el exoesqueleto de los jubilados.

Hoy, la mañana era magnífica. He visto asomarse el día por el horizonte marino y parecía que la noche levantaba las persianas y por las rendijas se colaba la luz rosada e incandescente de la amanecida. Un sol radiante y calles vacías, porque la gente ha aprovechado para salir de puente a lugares que, seguramente, no tendran estas espléndidas mañanas, dejando a sus difuntos en su soledad habitual. Para ellos, todas las mañanas son iguales.

Llego a casa. Saco la compra del carro, la voy colocando en su sitio y espero a que mis hijos me llamen para decirme si este fin de semana pasan o no por la Fonda Luri, siempre a su servicio, claro.

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