jueves, 27 de febrero de 2014

Pedagogia y verdad

Chesterton afirma que una de las características de nuestro presente educativo es la extraña convivencia de escepticismo respecto al valor de la filosofía y de dogmatismo respecto al valor de la educación. Ocurre así que cuanto más desconfiamos del valor de la primera, más seguros parece que estamos del de la segunda. Pero esto traducido al lenguaje corriente significaría que cuantas más dudas tenemos sobre la existencia de la verdad, más seguros estamos de que hay que enseñarles algo verdadero a las nuevas generaciones. A Chesterton no se le ocurre pensar que pueda haber alguien defendiendo -al menos a cara descubierta- que el objeto de la educación sea la transmisión de algo no verdadero.  

Chesterton se muestra a veces demasiado ingenuo.

El hecho es que la pedagogía posmoderna no tiene reparo alguno en defender que la verdad es una construcción. Si para la escuela antigua la educación era la verdad común en estado de transmisión, para la pedagogía posmoderna es la opinión del alumno en estado de construcción. De ahí las críticas de la pedagogía moderna a la transmisión. No puede ser de otra manera, dado que no puede transmitir lo que se niega a poseer.

Sin embargo, la conclusión de Chesterton se mantiene en pie y de forma cada vez más paradójica: cuanto más tenue es nuestra fe en la doctrina, más estentórea es nuestra fe en los doctores. Es decir: cuanto más criticamos la transmisión, más echamos la culpa a los docentes de la inconsistencia de las construcciones de nuestros alumnos.


1 comentario:

  1. La pedagogía realmente existente, en estos momentos, creo que debería etiquetarse no tanto como pedagogía postmoderna sino más bien como pedagogía populista. Como estrellas binarias, la pedagógia y el pensamiento de la izquierda, han evolucionado a la vez, orbitando ambas alrededor de un nucleo de ideas común, mientras se van apagando y van dejando a su paso gran parte del material retórico acumulado.


    Según la wikipedia, el postmoderno considera que "la verdad es cuestión de perspectiva o contexto más que algo universal. No tenemos acceso a la realidad, a la forma en que son las cosas, sino solamente a lo que nos parece a nosotros". Pues bien, el postmodernismo , entendido de esa manera, ya había desaparecido desde hace algún tiempo del pensamiento pedagógico. De la desconfianza hacia la verdad se pasó, hace ya algún tiempo, a la indiferencia ante la misma, al bullshit , al desinteres ante el modo de ser de las cosas.

    Como dice Harry G. Frankfurt, el valor de verdad de lo que se dice no tiene prácticamente ningún interés y cede ante "la improvisación, el colorido, y el juego de la imaginación". El bullshit implica "hacer afirmaciones sin prestar atención a nada que no sea el propio gusto al hablar" y, por ello, "el hábito normal de una persona de tener presente cómo son las cosas puede quedar atenuado o perderse".

    Lo propio del momento que estamos viviendo es la aparición de ese populismo pedagógico al que hacía referencia al principio.
    Creo que todas las características del populismo, que copio de un artículo de Juan F. Arza Mondelo,
    son perfectamente aplicables a la pedagogía que se lleva ahora y, además, son las que ocupan el centro del escenario: búsqueda de soluciones fáciles, drásticas, contundentes, tranquilizadoras, aparentemente eficaces, visión simplificadora, reduciendo todos los problemas a un eje o dimensión única, enemigo exterior, causante de todos los problemas, superioridad moral, discurso verosímil, construido a base de medias verdades, posiciones antiformalistas, antiinstitucionales, ,...

    Lo preocupante es que la crítica hacia esa pedagogía se hace, en demasiadas ocasiones, desde perspectivas que, a su modo, comparten bastantes de los rasgos populistas de lo que pretenden combatir.

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