domingo, 22 de marzo de 2026

La luz

Una de las consecuencias de la edad -sospecho que es ella la responsable- es que tengo que cenar poco. Si ceno como cenaba, me espera una mala noche en la que me arrepiento por ese extra que la voracidad me ha llevado a la boca. La edad, pues, es una forma de ascetismo. La lista de cosas que se van esquematizando como se esquematiza una cena es cada vez más larga. Sin embargo hay una que no solo mantiene incólume su vigencia sino que se ha afinado y crecido en su provocación. Es la mirada. La mirada a la belleza transeúnte, claro, pero también al gozo que la mirada encuentra en las mil manifestaciones de la luz: a los juegos de luces y sombras que las jacarandás de mi calle proyectan sobre las paredes de las casas, a la luz del alba y del atardecer, a la luz filtrada y a la luz desnuda, a la luz del cielo nítidamente azul y a la luz que enturbian las nubes bajas con sus grises, etc. La edad va como subrayando la relevancia de este don gratuito y espléndido que es la luz. Sin la luz, ¿qué sería de las bellezas de este mundo?

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