martes, 7 de junio de 2016

Anámnesis

“Cuando nace un hombre en la tierra –esto lo he aprendido de Platón- un ángel descendido del cielo toca con su índice el labio superior del recién nacido y éste se olvida inmediatamente de su existencia anterior. Pero su labio lleva siempre la huella del dedo de ángel (…).  ¿Cómo probarlo? Sólo se puede sentir, adivinar. Aceptemos que a veces ocurre que el ángel no cumple con esmero su función y que el hombre, aunque no se acuerda de los detalles, siente que ya ha vivido otra vida. Si no se les exigen pruebas de ello, los hombres poseerán una verdad más importante y significativa que el principio de contradicción. Pero si se les exige una prueba, se quedarán sin verdad.”

- Lev Shestov, “L’anamnèse” en “Conclusions”, Cahiers du Sud nº 321, enero 1956, pp 229-30.

lunes, 6 de junio de 2016

Congreso iberoamericano de pedagogía


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Están ustedes invitados.

Los deberes escolares entran en campaña electoral

Periodista: ¿Qué piensas de que los deberes se hayan convertido en un argumento electoral?

Yo: Me parece una magnífica noticia.
Periodista: Me sorprendes, no pensaba que me ibas a contestar esto.
Yo: ¿Por qué?
Periodista: Pensaba que ibas a defender los deberes.
Yo: Sólo los buenos deberes.
Periodista: Pero, volviendo atrás, ¿por qué te parece una buena noticia?
Yo: Porque si uno de los problemas importantes del país es qué hacer con los deberes de los niños, es que no tenemos grandes problemas.

Experiencia y educación

Publicado en el ARA, 06/04/2016

Un deseo no es un hecho. Por esta razón no tenemos la altura de nuestros sueños, sino la de nuestras obras.

La realidad del deseo más noble no es, en sí misma, superior a la del más trivial. Su consistencia sólo se nos muestra diáfana cuando se concreta en las consecuencias que resultan de su aplicación.

Como a todos nos gusta evaluarnos a nosotros mismos de acuerdo con nuestras buenas intenciones, tenemos tendencia a ocultar bajo la alfombra nuestras conductas más decepcionantes. Las grandes verdades de los principios tienden a justificar ad hoc las verdades, quizá pequeñas, pero antipáticas, que las contradicen. Una manera fácil de eludir las responsabilidades que los hechos nos lanzan a la cara, consiste en crearse un enemigo y cargarlo de intenciones perversas. Con este sofisma siempre podremos acusarle de entorpecer nuestros movimientos. Se trata de una falacia habitual, pero eso no evita que nos pase factura: tiende a definirse más por nuestras fobias que por nuestras filias.

No nos debe sorprender, pues, que cada nuevo movimiento pedagógico haya empleado buena parte de sus energías en diferenciarse de los modelos que pretende sustituir, subrayando con tinta roja sus prácticas caducas o, incluso, perversas. Es lo que hizo en su momento la escuela nueva, en todas sus variantes, y ahora repiten los promotores de la "nueva educación". Lo que los proyectos pedagógicos reformistas consideraron que había que superar, ya desde finales del siglo XIX, afecta a todos los elementos de la vida escolar: el aula, el pupitre, la pizarra, el libro de texto, la asignatura, el currículo, la disciplina impuesta externamente, el maestro transmisor, los exámenes, las evaluaciones, la clase magistral, la falta de emociones en el aula, la memorización ...

Y, sin embargo, "los muertos que vos matáis gozan de buena salud". Podríamos citar abundantes ejemplos de centros de indudable éxito que siguen utilizando métodos tradicionales.

¿A qué se debe, entonces, la persistencia de un pasado que continuamente damos por enterrado?

Quizás deberíamos analizar cuidadosamente qué papel le corresponde a cada uno de los elementos rechazados en la organización de la experiencia del alumno.

¿Hay algo inherente a la experiencia que tienda de manera espontánea a la organización progresiva del conocimiento en asignaturas?

¿Podemos rechazar la disciplina externa sin analizar previamente la importancia de la disciplina o los límites de los hábitos disciplinarios que nos puede proporcionar la experiencia? Si prescindimos de la autoridad externa, ¿dónde se encuentran exactamente las posibles fuentes de la autoridad interna?

Ciertamente "la educación antigua" impone al alumno los conocimientos, métodos y reglas de conducta que los adultos consideran apropiados. ¿Quiere decir esto que los adultos no poseen ningún valor que pueda servir para orientar al niño?

Entiendo perfectamente que la "nueva educación" quiera preservar su principio más preciado, el del aprendizaje por experiencia (hoy hablamos de "construcción de los propios aprendizajes"), buscando la manera de relacionar a los niños con los adultos que lo haga posible. Pero, de nuevo, hay que insistir: un deseo no es un hecho y en ocasiones nuestros deseos no expresan soluciones viables, sino los problemas reales inherentes a la escuela.

¿No hay en toda falta de imposición el deseo de imponer una carencia?

Los principios de la nueva educación no pueden resolver ninguno de los males de la vieja escuela. Serán las consecuencias que se deriven de su aplicación las que nos demuestren su superioridad.

Una teoría cae en el dogmatismo si no es capaz de examinar críticamente sus principios más queridos. Podemos enfatizar la libertad de quien aprende, pero ¿estamos seguros de que entendemos por libertad y bajo qué condiciones puede realizarse? Lo mismo podríamos decir sobre el maestro, los libros de texto o el curriculum. ¿No juegan ningún papel en la organización de la experiencia del alumno?

Las ideas anteriores no son mías. El lector interesado puede encontrarlas en el capítulo primero de Experiencia y educación, un importante libro que John Dewey escribió en 1938 tratando de construir su propio aprendizaje a partir de su propia experiencia como educador. Añado un consejo del prólogo: los que quieren mejorar la educación deben pensar más en la educación que en un nuevo ismo, "porque cualquier movimiento que piensa y actúa en términos de un ismo se acaba encontrando tan involucrado en la reacción contra otro ismo que, sin darse cuenta, termina controlado por él".

Una pregunta final: los nuevos pedagogos han decretado la inminencia de la sociedad del conocimiento. ¿Y si esta sociedad fuera un mito? Empezamos a acumular datos que nos permiten sospecharlo.

La enfermedad, el dolor.

Imre Kertész escribe en La última posada: “La enfermedad no posee ninguna razón de ser moral (…). Ninguna relación con nuestros actos, ningún nexo con nuestras virtudes o nuestros pecados. No podemos responsabilizarnos de ella, porque no procede de nosotros, sino del descarrilamiento de nuestras células, de modo que la enfermedad nos viene, como suele decirse, pero no es nuestra. Carece de metafísica.”

En este sentido -así lo vio Rosenzweig-, la religión es más sensible al dolor humano que la ética. El dolor de la enfermedad no es una categoría ética, sino su punto límite. La ética permanece impasible ante la enfermedad propia o ajena.

domingo, 5 de junio de 2016

C'est comme ça

Ma vie dans les déserts arctiques m'a fait découvrir avec des païens animistes inspirés, dans la nuit polaire, de dimension mystique, la sérénité de ces hyperboréens qui considèrent, dans leur longues méditations en traineaux à chiens, que leur vie n'a quelque sens que dans la mesure où, en hommes naturés, ils supportent avec gaieté les mystères de cet univers impitoyable. Un jour le chaman, si respecté, aura un debut de réponse. "Oui, me dit-il, il y a un ordre de la nature. Il n'est ni bon, ni mal; Tessa! (C'est comme ça)".

- Jean Malaurie, Hommage à Léon Chestov.

Sócrates no se acaba nunca

No sé cuántas veces habré leído, con subrayados y notas al margen, la Apología de Sócrates . En 1997 impartí un seminario sobre ella en la S...