I
Seguramente la idea más conocida de Kojève es la del fin de la historia. No es totalmente suya. Friedrich Schiller ya habló de un encaminarse de la historia hacia su final en una conferencia que dio en Jena pocas semanas antes de la toma de la Bastilla. De él heredó la idea Hegel, y de éste, Alexandre Koyré y Alexandre Kojève.
II
El día que Hegel vio entrar a Napoleón en Jena, certificó el fin de la historia. Sin embargo para Kojève este fin lo representaba mejor Stalin, cuyo objetivo habría sido, en última instancia, conducir a Rusia con mano de hierro hasta los estándares de vida de los Estados Unidos.
III
Según Kojève, Hegel entendió perfectamente la marcha de la Historia, pero se equivocó en siglo y medio a la hora de señalar su final. Napoleón sólo representaba el comienzo del fin, la apertura del último movimiento dialéctico. El fin tiene lugar con el triunfo definitivo del burgués y la ideología del individualismo propietario. El burgués es el último sujeto de la historia porque al hacerse propietario de sí, ya no esperaría nada de dios: sustituye las demandas metafísicas por demandas de confort. De esta manera la economía domina definitivamente sobre la política. De ahí que Kojève pudiera imaginar el capitalismo norteamericano como el estadio final del comunismo soviético. Él veía a los rusos de Stalin como americanos pobres.
IV
Kojève era ya Kojève cuando perdió los últimos restos de su fortuna de aristócrata ruso. Los invirtió en acciones de “La vache qui rit”, empresa que quebró en la crisis bursátil del 29.
V
Aleksandr Vladimirovich Kozhevnikov, Kojève, el profeta del fin de la historia, murió el 4 de junio de 1968, inmediatamente después de la Primavera de Praga y del Mayo Francés, movimiento que detestó profundamente.
VI
En 1959 hizo un viaje a Japón y conoció un tiempo que parecía no histórico: el de la minuciosa liturgia de la ceremonia del té, el ikebana, los bonsais, el teatro nô. Allí vivió, quizás, la época más deliciosa de su vida. Se enamoró perdidamente de una geisha a la que amaba –él que había sido toda su vida un conquistador- sin hacerle el amor. Se limitaba a yacer a su lado, sentir la sombra de Mishima, descubrir las tonalidades de la vida y escuchar un silencio que sonaba diferente.
VII
En Japón le entró un apetito infantil por la vida.
VII
Y consiguió vivir en el mundo de su tío, Kandinsky.
VIII
Paul Fabra: “Como Fausto que olvida la ciencia en los brazos de Margarita, Kojève me habló de una japonesa “muy muy joven” con la que conoció el amor más perfecto.”
IX
Cuando aún era Alexander Vladimirovich Kojevnikov, se fugó con la cuñada de Koyré. Éste, comisionado por su familia, se presentó ante él para intentar reparar lo que se pudiera del entuerto. Cuando volvió a casa, le dijo a su mujer: “Ella está en lo cierto, él es mucho mejor que mi hermano”. Kojève se casó con la cuñada de Koyré y así comenzó una larga y fructífera amistad entre ambos.
X
En 1950 Kojève le confesaba por carta a su amigo Leo Strauss: “Quizás en el estado final no existan ya ‘seres humanos’ en nuestro sentido histórico de ser humano. El autómata está satisfecho (deportes, erotismo, arte, etc.) y el enfermo es encerrado. El tirano se convierte en un administrador, un engranaje en la máquina formada por autómatas y para autómatas.”
XI
Creía Kojève que el fin de la historia significaba el reconocimiento mutuo de todos los individuos como iguales y la subsiguiente implantación de la paz perpetua. Se instauraría el orden social definitivo, sin clases, sin conflictos de legitimidad, sin pulsiones imperialistas. No habría ni dueños ni esclavos. Sólo hombres libres que aceptarían con naturalidad la igualdad de sus semejantes. La prosperidad generalizada sostendría armoniosamente la libertad homogeneizada. El arte, el amor, la diversión, estarían al alcance de todos.
XII
Soñó la emergencia de un hombre posthumano.
XIII
Pero Alexandre Kojève descubrió el amor en Japón y escribió: “El amor se caracteriza precisamente por el hecho de que atribuye sin razón un valor positivo al amado o al ser del amado”.