sábado, 6 de enero de 2007

El rey Asoka y la anciana de Pataliputra

Los dominios del gran rey Asoka eran inmensos. Casi se confundían con los límites de la India. No sólo era poderoso y rico; también se decía que no había hombre más justo que él.

Un día, de regreso de una cacería, mientras se acercaba a las orillas del Ganges con la intención de abrevar a su caballo, contempló atónito cómo el gran río sagrado cambiaba la dirección de su corriente siguiendo las órdenes de una raquítica anciana que estaba de pie junto a unos juncos. El rey Asoka, tomándola por una diosa, se postró ante ella, pero la mujer le dijo que sólo era una pobre prostituta de la ciudad de Pataliputra. Interrogada por Asoka la mujer reconoció que la naturaleza la obedecía como un perrillo faldero.

El rey se sintió, por primera vez en su vida frágil y vulnerable. ¿Cómo podía ser que aquella mísera anciana fuera infinitamente más poderosa que él?

- ¿Por qué? –le preguntó- ¿Cómo consigues que todo te obedezca?

La anciana respondió relatando su larga vida de prostituta por las calles de Pataliputra.

- Siempre –le dijo- he tratado a todos por igual, fueran pordioseros o príncipes, santos o asesinos, hermosos o feos, jóvenes o ancianos. Nunca he concedido privilegios ni he tratado a nadie con menosprecio. A todos me he entregado sin orgullo fatuo y sin servilismo. Este, y no otro es el secreto de mi poder.

Tras decir estas palabras la mujer dio media vuelta y, cojeando, se retiró. Los sabios de la corte bajaron sus cabezas a su paso y miraron al rey Asoka, profundamente decepcionados.

viernes, 5 de enero de 2007

Pasos en la arena

“Pasos en la arena” es una colección de aforismos de Remy de Gourmont (1858-1915) que se acaba de editar en castellano. Selecciono unos cuantos que espero que no os dejen indiferentes.

I

Un imbécil no se aburre nunca: se contempla.

II

Existen cosas de las que hay que tener el coraje de no escribir.

III

Poseer la verdad: pienso en esos hombres que tienen en su casa un león domesticado y duermen siempre con un ojo abierto.

IV

Un azar dio al hombre la inteligencia. Él la empleó: inventó la estupidez.

V

La desdicha de aquellos que no toman partido en política es la de sentir al mismo tiempo repugnancia por todas las facciones y tener la sensación de vivir rodeados de bandidos o de locos.

VI

Palabras de un cura de pueblo a una devota muy escrupulosa: “Dios no es tan tonto como parece.”

VII

¿No sería una muy buena imagen de la locura esa agitación del agua transparente que tan pronto deforma hasta la confusión lo que refleja, como se vuelve en la calma el espejo verídico de las cosas?

VIII

La duda es una cosa excelente; pero cuando se duda de algo, hay que saber expresar por qué; de lo contrario, se cae en la estupidez.

IX

Es posible que la frase más intuitiva y trascendente que se haya escrito a finales del siglo XIX sea esta frase de Renan, que dice: “La evolución de Europa marcha hacia un cierto americanismo”.

X

La gente se sorprende de que los filósofos no puedan convertirse en políticos. Sin embargo, no hay nada más fácil de entender: el filósofo sabe todo y termina convencido de que no sabe nada; mientras que el político no sabe nada y hace creer que lo sabe todo.

XI

Si quieres hacer filosofía, conócete a ti mismo; pero si quieres hacer fortuna, conoce a los demás.

XII

A todas las preguntas acerca de la religión, yo respondo con esta frase de Mark Twain: “La religión es creer en cosas que uno sabe que no son ciertas.”

jueves, 4 de enero de 2007

Carlos Alonso Palate, descanse en paz.

El niño que yo era supo de la existencia de ETA en –creo- 1964. Aquel año el camino de Sangüesa a Javier apareció la víspera de la “javierada” sembrado de octavillas. Los guardias civiles de los pueblos comarcanos fueron convocados inmediatamente a recogerlas todas. Sin embargo era posible huronear entre los matorrales de las cunetas y dar con alguna. Es lo que hicimos algunos niños. Recuerdo que traían dibujado el mapa de un país del que nunca había oído hablar, llamado Euzkadi, con su capital muy remarcada: IRUÑA.

La “javierada” es una peregrinación anual multitudinaria de los pueblos navarros hasta la patria chica de San Francisco Javier. Yo la hice varias veces. Una desde Tudela, atravesando las Bardenas; otra desde Azagra; y varias desde Sangüesa.

Muchos años después un honesto militante socialista navarro, J.P., que fue cargo de confianza de un turbio presidente socialista de la comunidad foral de cuyo nombre no quiero acordarme, me contó que él había sido el responsable de aquellas octavillas. Había pasado de una infancia carlista a una juventud separatista; de aquí al PC y del PC al PSN-PSOE. Mientras fue cargo público socialista estuvo varias veces amenazado de muerte por ETA. Un día varios matones rodearon a sus hijos a la salida de la escuela y les metieron el miedo en el alma, amenazándoles de la manera más vil.

J.P. murió, hace pocos años, de un ataque al corazón.

He pensado en J.P. al enterarme del hallazgo de los restos de Carlos Alonso Palate. Y he pensado también en los “héroes” etarras, en todos esos grandes, generosos y patriotas "héroes" dispuestos a cambiar la historia a bombazos, que dejan a su paso un rastro de biografías mutiladas. La historia sigue, y lo hace a su manera, sin que le importen un pimiento ni las biografías rotas ni los nombres de estos "héroes" de la villanía que alimentan al insaciable monstruo de la “causa” con sangre humana. Sangre humana fresca, evidentemente, tan fresca como efímera es la actualidad de su desgracia. Las familias rotas se vuelven a sus casas a llorar a sus muertos en la intimidad y nosotros, los aún intactos, a las nuestras, con el periódico bajo el brazo.

Buen día para pensar sobre ética y política.

Nietzsche, el Príncipe y la Verdad

En el prólogo a “Más allá del bien y del mal”, Nietzsche arremete contra los filósofos dogmáticos y, especialmente, contra el (supuesto) fundador del dogmatismo, Platón, que habría sido el inventor “del espíritu puro y de bien en sí”. “Hablar del espíritu y del bien como lo hizo Platón significaría poner la verdad cabeza abajo y negar el perspectivismo, el cual es condición fundamental de toda vida.” Resulta así que lo que en el inicio del prólogo se presentaba como una crítica al concepto de verdad, en el transcurso del mismo se metamorfosea en una apuesta por la vida. Es decir, sugiere ya, de entrada, que la verdad y la vida no son conceptos sinónimos. Más aún, pudiera ser que fueran, al menos en ciertas situaciones, antónimos.

Con esta duda se abren los aforismos de la primera sección de la obra, tituladas “De los prejuicios de los filósofos”.

En el aforismo 1, Nietzsche se pregunta por aquello que en nosotros aspira propiamente a la verdad, es decir, por el valor de la voluntad de verdad. Es una pregunta nueva que con su sola formulación hace tambalearse a todo el venerable edificio de la filosofía. ¿Acaso se busca la verdad por un valor que no es en sí mismo ni verdadero ni falso? ¿Por qué queremos la verdad? ¿Por qué la preferimos a la no-verdad? ¿Por qué es mejor la verdad que la incertidumbre o la ignorancia? A mi modo de ver son estas preguntas las que inauguran la filosofía propiamente moderna, aquella de la que aún somos directos herederos. Si es posible preguntar por el valor de la verdad es que es posible que exista algo de más valor que la verdad.

En el aforismo 2 se pregunta si acaso es posible que “a la apariencia, a la voluntad de engaño, al egoísmo y a la concupiscencia hubiera que atribuirles un valor más elevado o más fundamental para toda vida.” Se contesta en el aforismo 3 lo siguiente: “detrás de toda lógica y de su aparente soberanía de movimientos se encuentran valoraciones o, hablando con mayor claridad, exigencias fisiológicas orientadas a conservar una determinada especie de vida”.

Por lo tanto (aforismo 4) “la falsedad de un juicio no es para nosotros ya una objeción contra el mismo; acaso sea en esto en lo que más extraño suene nuestro nuevo lenguaje. La cuestión está en saber hasta qué punto ese juicio, favorece la vida, conserva la vida, conserva la especie, quizá incluso selecciona la especie; y nosotros estamos inclinados por principio a afirmar que los juicios más falsos (de ellos forman parte los juicios sintéticos a priori) son los más imprescindibles para nosotros, que el hombre no podría vivir si no admitiese las ficciones lógicas, si no midiese la realidad con la medida del mundo puramente inventado de lo incondicionado, idéntico-a-sí-mismo, si no falsease permanentemente el mundo mediante el número, - que renunciar a los juicios falsos sería renunciar a la vida, negar la vida. Admitir que la no-verdad es condición para la vida: esto significa, desde luego, enfrentarse de modo peligroso a los sentimiento de valor habituales; y una filosofía que osa hacer esto se coloca, ya sólo con ello, más allá del bien y del mal”.

Fue pensando en Nietzsche como se me ocurrió traer hasta aquí la fábula del Príncipe y la Verdad que os conté hace dos días.

martes, 2 de enero de 2007

La autoridad perdida

Tras leer en el blog de Lola, Paraules, el post titulado "Educació i política a Hannah Arendt", me animo a presentaros un articulo que publiqué hace pocos días en La Vanguardia con el título "Hay que recuperar la autoridad perdida". Cuando lo escribí también tenía inmediatamente presente a Hannah Arendt:

Según la OCDE los profesores españoles son los más desanimados de Europa. No es ninguna broma. Estamos asistiendo a una progresiva pérdida de confianza de la institución escolar en sí misma. Pero, que nadie se equivoque, la pérdida de confianza en las propias capacidades educativas de la escuela no es meramente un problema escolar; es un grave problema político. La escuela no es sino el fiel reflejo de la confianza con que una sociedad transmite lo mejor de sí misma a las nuevas generaciones. La escuela es sólo el síntoma.

Y lo más preocupante es que el meollo de la cuestión no se encuentra en la desazón provocada por los males presentes, sino en la sospecha más o menos explicitada de que no hemos tocado fondo y de que, por lo tanto, más pronto que tarde, acabaremos recordando el presente con nostalgia.

Lo que la realidad está poniendo en tela de juicio no es tal o cual estrategia educativa, sino las convicciones esenciales de la pedagogía “progre”, que es la que ha sostenido nuestro discurso educativo en las últimas décadas, fundamentalmente la convicción de que no hay instancia superior a la palabra ni en eficacia no en bondad. Por lo tanto, si no hay problema que no pueda resolver por medio del diálogo, todo problema debe resolverse por medio del diálogo.

El dogma de la beatería pedagógica imperante sostiene que toda actuación disciplinaria es un fracaso del diálogo y, por lo tanto –aunque no se diga esto explícitamente es lo que parece deducirse del argumento- el mayor responsable de un conflicto es siempre el adulto, porque debería ser el que tuviera mayor capacidad dialogal. El problema es que hay que tener mucha, pero que mucha fe para mover montañas y aquellos a los que el trato cotidiano con la realidad los ha ido haciendo escépticos, se ven fatalmente sobreexpuestos, en primera fila, a la tozudez de los hechos.

La beata teoría de la sacralización del diálogo se reduce a lo siguiente: si todos fuéramos mejores todos sería mejor. Suena un poco ridículo, pero tiene la ventaja de ser sólo una teoría. Lo grave del asunto es cuando se consigue implantar socialmente no como una teoría, sino como un valor, pasando de ser una perspectiva sobre la realidad a ser la perspectiva moral sobre la realidad.

Hoy es evidente que este discurso hace aguas por todas partes. Pero aunque se está comenzado a perder el miedo a ser considerado un cínico por defender otras perspectivas sobre la realidad, aún se necesita coraje para afirmar sin complejos el valor de la autoridad. No va a ser nada fácil –si es que aún es posible- restituir la autoridad de la autoridad. La autoridad se reconoce porque es, legítimamente, la instancia con capacidad para decir la última palabra e imponer el silencio, si hace falta, por la fuerza. Es la instancia inapelable.

La recuperación de la autoridad supondría, por lo tanto, introducir en los centros de enseñanza una separación clarísima entre la discusión y la decisión dejando bien claro que las instancias decisorias son la representación legítima de la autoridad democrática. Y aquí está el talón que Aquiles de todo este asunto, puesto que quienes tendrían que asumir la valentía de la decisión de imponer el silencio (pienso tanto en políticos como en profesionales de la enseñanza) se han educado en la convicción de que la autoridad es esencialmente perversa y que el poder –todo poder- es el enemigo a batir para que pueda aflorar la espontaneidad inocente del ser humano. No pueden optar por introducir la autoridad sin estar dispuestos a impugnar sus propias biografías.

lunes, 1 de enero de 2007

El príncipe y la verdad

Se cuenta que un príncipe, antes de ser coronado quiso conocer la verdad. Ocurrió en la India, y de esto hace ya muchos años. Así que eligió el mejor de sus caballos y abandonó el palacio, decidido a no regresar hasta haber conseguido su objetivo. Durante meses recorrió el reino preguntando por la verdad. A veces en algún pueblecito remoto se encontraba con alguien que creía haber oído de alguien que una vez la había visto pasar por delante de su puerta, o con ancianos que contaban relatos oídos en su niñez a otros ancianos acerca de la belleza de la verdad. Guiándose por los indicios que encontraba proseguía incansable su búsqueda. A los meses sucedieron otros meses y a estos los años. Un día su caballo tropezó en una piedra y cayó al suelo sin fuerza para volver a levantarse. El príncipe se encontró, por primera vez, cansado. De repente notó el peso de sus armas y un ligero temblor en sus rodillas. Caminó cuanto pudo y al anochecer buscó refugio en una cueva. Al adentrarse en la oscuridad creyó ver una figura que se movía con dificultad. Pensando que se trataba de una alimaña empuñó su espada dispuesto a pagar cara su vida. Pero cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra descubrió que lo que tenía ante él era una anciana harapienta, cubierta de pústulas y llagas que resultó ser la verdad. El príncipe se convenció de ello cuando al interrogarla comprobó que la anciana lo sabía todo de él, hasta sus más íntimos temores. No era, desde luego, como la había imaginado pero, al fin y al cabo, se trataba de la verdad. Al despedirse de ella le preguntó:

- ¿Qué quieres que les diga a los hombres de ti?

- Diles –contestó la verdad- que soy joven y hermosa.

Primer amanecer del 2007


LA NOCHE muere sobre una manzana rota
La creación recomienza

El alba crece insuperable
compacta en sus disturbios

El hombre pulsa la memoria
abre el instante nuevo
con manos transparentes

Por todas partes la fantasía
de ser entre las horas
la proeza el grito la resurrección

También de la tierra húmeda
de los hechos ya ocultos
llega el movimiento
el segundo perpetuo
la presencia

Una palabra corta en dos tus labios

Homero Aridjis

La normalidad

El viento sacude las ramas de los árboles. Es decir, hay viento. He abierto la ventana sin tener la sensación de estar abriendo un horno. Pe...