Le escribo a un amigo que acaba de enviudar: «Como soy incapaz de imaginarme la vida sin mi mujer, no encuentro manera de ofrecerte una palabra de consuelo para lo inimaginable». Me contesta inmediatamente: «Después de más de cincuenta años comprometidos en un proyecto común, pleno y feliz, su ausencia se me hace insoportable. No solamente la he querido: he estado siempre enamorado de ella. Se ha llevado la mitad de mí y no sé que me queda ni quién seré a partir de ahora. Siento una tristeza infinita». Son ya unos cuantos los amigos y las amigas que se han quedado solos en el camino y que sienten que no saben caminar solos. Hay que rehacer todas las inercias, hasta los hábitos minúsculos, y esa es una tarea excesiva, porque hay que hacerlo todo cuando todo está ocupado por su ausencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.