Este diálogo se ha interpretado de multitud de maneras. Por H. Tarrant (Plato’s First Interpreters) sabemos que ya fue objeto de polémica en la antigüedad. Pero ha sido en el siglo XX cuando han aparecido las lecturas más aberrantes. Los teóricos germánicos de la eugenesia decían basarse en él. C. Mâder creía que la concepción política de Platón no sólo no era una utopía sino que había sido realizada por los nazis.
Pero si nos atenemos al propósito explícito de Platón, la República es un tratado de psicología. Su intención es conocer cómo es el alma humana y para ello establece una analogía entre el alma del individuo y la de la sociedad. Lejos de tratarse de una excentricidad, esta analogía era muy común en los siglos V y IV. Son muchos los autores que afirman que la “politeia” (este es el título original del diálogo platónico, que Cicerón tradujo por “res publica”), es el alma de la ciudad. La analogía, por lo tanto, parecía evidente. Pero Platón es también metodológicamente necesaria porque quiere entender el alma humana y, en sí misma, de maneras directa, le resulta inaccesible, mientras que si lo que ocurre diáfanamente en la ciudad puede trasladarse a lo que ocurre en el alma, su proyecto puede llevarse a cabo.
Este asunto era en Grecia sumamente relevante porque en el año 411 la Asamblea de los atenienses había votado democráticamente la eliminación del régimen y su sustitución por una tiranía. Lo que a Platón le preocupaba –hay abundantes datos al respecto en su obra- es si el paso de la democracia a la tiranía era algo que sólo se había debido al azar o si bien existía en el alma democrática (en la del ciudadano democrático y en la de la ciudad democrática) algún impulso tiránico que era el responsable de lo ocurrido, es decir, si la democracia no estaba siempre e inevitablemente incubando el huevo de la tiranía.
Si esto fuera así, la inhibición de lo tiránico del alma debería ejercerse de manera tiránica, de forma que no pudiera asomar las orejas. Esta es la primera paradoja política que descubre Platón.
Algo debe controlar sin concesiones la parte tiránica del alma. ¿Per cómo puede pensarse ese algo?
Platón entiende que una ciudad sólo podría liberarse de la tiranía y alcanzar un régimen político perfecto si fuera capaz de unir en una única persona la condición – extraordinariamente inusual- de filósofo y gobernante. Es decir, si la parte racional del alma (del individuo y de la ciudad) pudiera coincidir con su parte ejecutiva.
Pero ha dejado previamente establecido que hay tres componentes en el alma (y, por ende, en la ciudad): la razón, el coraje y el apetito. La razón es la capacidad para establecer lo mejor en cada caso; el coraje es la capacidad para actuar con decisión (es como un depósito de energía que puede ponerse al servicio de diferentes amos); el apetito es lo que su nombre indica, las ganas de satisfacer los deseos de la cama y mesa. Bueno, en realidad la cuestión es un poco más complicada. Platón ofrece una versión más sofisticada de estas tres partes. El apetito podría verse, en este sentido, como el deseo de tener o poseer bienes; el coraje como el deseo de ser alguien dentro de la comunidad; la razón es otra cosa, es básicamente, contemplación de la verdad. Las diferencias son para Platón tan notables que incluso considera que existen virtudes específicas diferentes para las personas según sea la parte de su alma que los domina.
Lo que parece querer decirnos Platón, entonces, es que si unimos las instancias heterogéneas de la razón y el coraje (que no sólo tienen fines opuestos sino virtudes diferentes, de acuerdo con sus respectivos fines), todos los problemas del hombre y de la ciudad podrán solucionarse.
Es, efectivamente, bien difícil de creer. Pero, además, hace trampa, porque nos oculta el sexo.
¿Qué pasa con el sexo? ¿Es posible acaso separar el coraje del sexo y ponerlo exclusivamente al servicio de la razón?
Dicho de otra manera: Si se diera en una persona una razón asexuada en unión con un coraje asexuado y, por lo tanto, en esta persona el sexo (y el deseo de poseer bienes en general) no cumpliera ningún papel, entonces los problemas de la ciudad y del alma estarían solucionados. Es decir: si existiera una ciudad de ángeles, los problemas políticos desaparecerían.
Por lo tanto, una de dos: O Platón era rematadamente tonto, o la República es un tratado sobre el desengaño y el aprendizaje de la frustración. O, si se quiere, es una crítica irónica de todo idealismo psicológico y político.







