lunes, 7 de septiembre de 2015

¡Ya me gustaría a mi tener más memoria!

Me encuentro con este artículo de Enrique Dans, La exaltación de la función memorística del cerebro debe morir, justo cuando acabo de leer las respuestas de George Steiner en una entrevista que le hace Carles Capdevila en Entendre el món. "Disfruto aprendiendo de memoria", comienza diciendo.  Y añade: "Lo que aprendes de memoria no te lo puede quitar nadie. Es seguro. Recuerde que la gran poesía bajo los regímenes de Hitler y Stalin perduró porque se aprendía de memoria. Mandelstam perduró porque los rusos se lo aprendían de memoria. Para mi un sistema educativo que abandona la memoria es pecado, es diabólico."

Estoy de acuerdo con él: una escuela que abandona la memoria es diabólica. ¡Ojalá supiera yo más cosas de memoria!

Vivimos una situación pedagógica extraña, caracterizada porque todo aquel que lanza una crítica a lo que él entiende que es la escuela viejuna (y que generalmente es sólo una visión muy sesgada de la realidad), pasa por un genio de la pedagogía. ¿Es que no hay nadie que conozca cuatro cosas de la historia de la educación?

Hay cosas que pueden ser viejas y, sin embargo, útiles. Respirar, por ejemplo. O saberse las tablas de multiplicar. O disponer de una escala cronológica mental que te permita ordenar los datos históricos. O saber poesías o los huesos de la cabeza. En este sentido, la vieja taxonomía de Bloom sigue siendo perfectamente válida para entender lo que significa aprender. Para Bloom, el aprendizaje comienza con el conocimiento de datos, pero culmina cuando operamos sobre esos datos: comprendiéndolos, aplicándolos, analizándolos, sintetizándolos y evaluándolos.

Sin datos, no hay posibilidad de operar sobre datos, pero con datos únicamente, no hay un aprendizaje que merezca este nombre.

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