viernes, 25 de septiembre de 2009

Cambalache



Ayer hubo tangos en el "Vins i Divins". Una vez al mes nos dedicamos a este vicio de cantar tangos y a apagar las penas subsiguientes con el vino más rojo que encontramos. Pero ayer el viejo tango "Cambalache" sonaba diferente. Era imposible no pensar en algunos próceres y en el Palau de la Música. El escándalo es grande, pero parece que es mucho mayor de lo que se está conociendo. Así que, probablemente, la cosa se quedará en lo ya conocido.

martes, 22 de septiembre de 2009

Kristol, de nuevo

Siguen apareciendo artículos sobre (y especialmente contra) Kristol, cosa que me parece significativa, sobre todo porque la mayoría de ellos se empeña en afirmar que aunque era perverso, tampoco daba intelectualmente para mucho. Leyendo uno de ellos esta mañana no he podido por menos de escribir lo que sigue:

Si hubiese que poner una fecha al nacimiento del neoconservadurismo, yo señalaría la del 20 de agosto de 1940. Aquel día Saul Bellow tenía una cita con Trotsky en México para tratar de las relaciones cada vez más tirantes que mantenía con el troskismo norteamericano. La invasión de Finlandia por el Ejército Rojo (30 de noviembre de 1939) las había puesto a prueba. Trostky sostenía que un Estado obrero no podía, por definición, librar una guerra imperialista. La invasión era progresista porque “iba a nacionalizar la propiedad privada, paso irrevocable hacia el socialismo.”

Cuando Bellow llega a la casa de Troski se entera de que Ramón Mercader le acababa de hundir un piolet en la cabeza y había sido trasladado entre espasmos y convulsiones a un hospital, donde murió 12 horas más tarde. Bellow alcanzó a ver su cadáver aún caliente.

Bellow pertenecía a un grupo de intelectuales de izquierda, integrado entre otros por Dwight Macdonald, James Burnham y Sidney Hook, que a finales de los años 30 estaba unido en torno a Partisan Review. Todos ellos tomaron partido, de la manera más natural, por Trotsky durante los procesos de Moscú. Estaban muy interesados por lo que sucedía intelectualmente en Europa y se mantenían en contacto con Silone, Orwell, Koestler, Malraux, André Gide o Auden.

Tras la muerte de Trosky quedó claro para todos ellos que había que ganar la guerra fría. De esta convicción nace su decisión de participar activamente en las trincheras de la batalla cultural, una batalla que, a la postre, se demostrará decisiva. El papel jugado por Kristol en ella, sin duda de primer orden, está aún por analizar a fondo. Espero que haya dejado acabadas sus memorias. Pero de lo que no hay duda es de que decidió apostar por la vanguardia artística occidental como manera de contrarrestar la influencia del realismo socialista en Europa. Y a la CIA la idea le pareció magnífica.

Ciertamente las teorías estéticas de Trosky resultaban muy útiles para este fin, porque permitían defender la autonomía del artista y la relevancia intrínseca del arte por el arte (lo que algunos dieron en llamar el “Free Enterprise Painting”), ideas que en el lado soviético siempre se entendieron como la prueba de la decadencia occidental. Entre los pintores (por no hablar de intelectuales diversos) que recibieron la ayuda directa o indirecta de la CIA se encuentran algunos de los más venerados vanguardistas norteamericanos de la actualidad: Pollock, Sam Francis, Willem de Kooning, Barnett Newman, Robert Motherwell y Mark Rothko.
Aquí está el auténtico legado de Kristol.

Los detalles de esta operación cultural pueden encontrarse en los libros de Frances Stonor Saunders (La CIA y la guerra fría cultural), Christine Lindey (Art in the Cold War) y Serge Guilbaut (How New York Stole the Idea of Modern Art).

Cualquier interpretación de Kristol, para ser honesta, debe responder a la pregunta de si merecía la pena defender el triunfo de estas ideas. Todo lo demás son, en su caso concreto, minucias.

Del cero a la nada

Pienso con frecuencia en Koestler, en su vida y en su final, pero especialmente pienso en su vida en París en los años 40, cuando era un completo excéntrico entre los Merleau-Ponty, los Sartre y las Simone de Beauvoir, para quienes la grandeza de Stalin se hallaba precisamente en su decisión de subordinar la moralidad a la historia. Hoy, cuando resulta tan difícil subordinar nada a la historia, no sabemos muy bien qué hacer con ese stalinillo del carajo que a veces deja notar su presencia cuando discutimos de moral.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Irving Kristol: retrato apresurado

Irving Kristol, posiblemente la inteligencia más lúcida del conservadurismo norteamericano (además de su padrino, según sus críticos), murió el viernes pasado en Washington a los 89 años de edad, a causa de un cáncer de pulmón. Estaba casado con la filósofa Hertrude Himmelfarb con la que tuvo un hijo, William.

Irving nació en 1920 en Brooklyn, en el seno de una familia de judíos ortodoxos, y se formó en ese semillero de jóvenes contestatarios que fue el City College de New York, donde se unió al movimiento trotskista. A los veinte años, apadrinado por Sidney Hook, inició una carrera periodística que lo llevará en poco tiempo a redactor jefe de Commentary. En los años cincuenta dirigió el Comité Americano de
la Libertad Cultural, uno de los foros del Congreso por la Libertad Cultural. En 1953 se hizo cargo de la revista Encounter, con sede en Londres, que recibía una cuantiosa subvención de la CIA. Esta revista marcó un hito en el mundo editorial anglosajón, tanto por su nivel intelectual como por su diseño. En sus páginas escribían Evelyn Waugh, W.H. Auden, Mary McCarthy, James Baldwin… e Isaiah Berlin, que debe a Kristol gran parte de su reputación.

Regresó a Nueva York en 1958 para hacerse cargo de Reporter. En 1965 fundó con Daniel Bell The Public Interest, destinada a ser uno de los principales y más acreditados portavoces del emergente neoconservadurismo, que completó en 1985 con The National Interest. En esta última revista apareció, en 1989, el famosísimo artículo de Fukuyama sobre el fin de la historia. Entre sus editorialistas se encontraba, además de Fukuyama, Samuel P. Huntington. Kristol era también miembro de influyentes asociaciones neoconservadoras y columnista habitual de The Wall Street Journal.

En 1979 publicó Confessions of a True, Self-Confessed Neoconservative y en 1999 Neoconservatism: The Autobiography of an Idea. Ofrecen en conjunto una mirada orgullosa a un pasado que reivindica íntegro. Reconoce que había sido un trotskista que leía concentradamente a Platón y añade que de sus ideas izquierdistas lo redimieron la realidad y sus dos principales maestros, Lionel Trilling y Leo Strauss. De ambos aprendió el poder revolucionario de las ideas.

El 25 de agosto de 2003 publicó en The Weekly Standard uno de sus últimos artículos, titulado “The Neoconservative Persuasion”. “Desde sus orígenes entre desilusionados intelectuales liberales en los años 70, lo que llamamos neoconservadurismo –escribía- ha sido una de esas corrientes subterráneas que aparecen en la superficie sólo intermitentemente”. El neoconservadurismo, añade, no es un movimiento, sino, más bien, una "persuasion" que surgió con el propósito de “convertir al Partido Republicano, y al conservadurismo americano en general, en contra de sus respectivos deseos, es un nuevo tipo de proyecto político capaz de gobernar una moderna democracia”. Según Kristol, el neoconservadurismo carecía de un conjunto definido de principios, aunque compartía algunas referencias históricas. “El texto favorito de los neoconservadores sobre política exterior, gracias al profesor Leo Strauss de Chicago y Donald Kagan de Yale, es La Guerra del Peloponeso de Tucídides”. En sus páginas aprendieron que el patriotismo es un sentimiento natural y saludable que nos vacuna contra la idea terrible del gobierno mundial, que sólo puede conducir a una tiranía mundial. Las instituciones internacionales que conducen hacia ese objetivo han de ser contempladas con la más profunda suspicacia. El político debe, ante todo, tener la capacidad de distinguir los amigos de los enemigos. Esto no es tan fácil como parece y las dos guerras mundiales lo demuestran. De Tucídides aprendieron, por último, que una nación pequeña puede tener intereses que comienzan y acaban dentro de sus fronteras, pero que una gran nación tiene intereses ideológicos. Por eso, los Estados Unidos se deben sentir obligados a defender a una nación democrática de los ataques de fuerzas no democráticas. Fue el interés nacional el que condujo a Estados Unidos a la defensa de Francia o de Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial. Por eso mismo es necesario defender actualmente a Israel, cuando su supervivencia está amenazada.

Kristol definió a un neoconservador como "un liberal asaltado por la realidad”. Lo que la realidad le enseñó a él fue, entre otras cosas, que la vida política lleva implícita una dosis inevitable de decepción. La aceptación de la decepción con naturalidad sería la marca distintiva del conservador.

Shana Tova, Irving.
Esta noche, antes de cenar he comido un poco de manzana con miel. Dicen los judíos que ayuda a que se cumplan los deseos.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Claro que...

Guido Cagnacci, "Maddalena svenuta (1663)
Galleria Nazionale d'Arte Antica, Roma

Gustave Doré, "Inferno"

... tampoco faltan extrañas creencias.

martes, 15 de septiembre de 2009

Ateísmos

Hay dos tipos de ateísmo que me producen una cierta perplejidad (nada especialmente grave). Uno es el que niega a Dios por la contundente razón de que quisiera que no existiese. Los ateos de este tipo llegarían a enfadarse muchísimo con Dios si un día se demostrase de manera irrefutable su existencia. El segundo es el que sustituye al Dios bíblico por una multitud de dioses menores, cuyos evangelios son los manuales de autoayuda.

La normalidad

El viento sacude las ramas de los árboles. Es decir, hay viento. He abierto la ventana sin tener la sensación de estar abriendo un horno. Pe...