domingo, 4 de febrero de 2007

Tommaso Campanella

"Siempre aprendo alguna cosa de las hormigas, de las moscas y de los pequeños seres naturales, y Su Señoría [Monseñor Querenghi] puede darse cuenta de que detesto aprender de los hombres. »

Es esta una observación de Tommaso Campanella (1568-1639) que saco del olvido gracias a esa editorial que me ha proporcionado los mejores momentos de lectura de mi vida, Les Belles Lettres.

Teniendo a los insectos por modelos, Campanella se atrevió a ordenar con un comunismo meticuloso las minucias de la vida de los hombres, a fin de que pudieran vivir en felicidad, filantropía, armonía y virtud. A su proyecto le dio el nombre de “La ciudad del Sol”. Pero consideró necesario rodear a esta república, aparentemente feliz, con siete murallas en cuyos muros imaginaba inscrito todo el saber necesario, de manera que los solarianos pudieran estudiarlo a medida que se paseaban. El gran enemigo de este proyecto era el ocio, la madre de todos los vicios.

Los « solarianos » manifestaban un gran interés en mejorar su raza, riéndose de nosotros, que nos preocupamos de perfeccionar las de los animales mientras nos descuidamos de la nuestra. Para ello era especialmente importante que hubiera más gente sana de cuerpo que sabia de mente, puesto que los sabios no son muy de fiar en las cosas de la procreación. «Como están ocupados siempre en especular, su espíritu animal (que es el encargado de la procreación) es débil, y engendran hijos débiles. » Eliminados los sabios, lo que queda es la virtud de un comunismo sexual más voluntarista que voluptuoso.

Lo más asombroso de La Ciudad del Sol no es su contenido, sino el que fuera escrita en la cárcel napolitana en la que Campanella estuvo veintisiete años recluido.

Este filósofo dominico poseía unos conocimientos enciclopédicos y una memoria minuciosa y precisa. Todo le interesaba, desde la magia a la política. Por participar en una conspiración fue arrestado en 1599 y sometido a lo largo de seis interminables meses a todo tipo de torturas. En los tormentos perdió a jirones casi un kilo de carne. Me imagino que fue observando los trajines de los insectos de su celda como fue construyendo su Ciudad del Sol.

Escribió otras muchas obras, además de poemas y una extensa correspondencia, entre cuyos destinatarios se encontraba Galileo. Cuando finalmente fue liberado, se dirigió a Roma, donde intentó dar a conocer sus escritos. Pero la aparición de los mismos le ocasionó nuevos motivos de persecución, por lo que tuvo que refugiarse en Francia, donde el propio Richelieu lo tomó bajo su protección. En la corte francesa redactó el horóscopo del futuro Luis XIV.

Lo que más estimaba Campanella era dar largos paseos por el campo, observando la variedad de las aves, cuyos cantos imitaba con exactitud, y llenándose con lujuria los pulmones de aire fresco. Su amigo Nicolas Chorier nos cuenta que tenía al aire por el alma del mundo.

Scum Manifesto I

Valerie Solanas, "Scum Manifesto":

Vivir en esta sociedad significa, con suerte, morir de aburrimiento; nada concierne a las mujeres; pero, a las dotadas de una mente cívica, de sentido de la responsabilidad y de la búsqueda de emociones, les queda una – sólo una única – posibilidad: destruir el gobierno, eliminar el sistema monetario, instaurar la automatización total y destruir al sexo masculino.
(…)
El macho es un accidente biológico, una mujer inacabada, un aborto ambulante, un deficiente con la sensibilidad limitada. Atrapado a medio camino en esta zona crepuscular extendida entre los seres humanos y los simios, su posición es mucho más desventajosa que la de los simios: al contrario de éstos, presenta un conjunto de sentimientos negativos – odio, celos, desprecio, asco, culpa, vergüenza, duda – y, lo que es peor: plena consciencia de lo que es y no es.

sábado, 3 de febrero de 2007

Futesas XI

I

Del llamado "Evangelio de los egipcios": “El alma es difícil de encontrar y de comprender, pues no se queda quieta ni en una misma forma ni en una misma pasión, sino que siempre está cambiando”.

II

San Agustín: “anima humana no parva quaestio est”.

III

Kafka:

Y continuamente se oye al que pasa silenciosamente ante la puerta” (El castillo).

Cada uno tiene su manera de emerger del mundo subterráneo; yo lo hago escribiendo” (Carta a Felice).

IV

El conformismo comienza con la definición (Georges Braque)

V

Luciano, "Menipo" 25-30: “La mejor vida y la más sensata es la de los hombres corrientes (ho tôn idiôtôn áristos bíos), deja de especular sobre los fenómenos celestes y de examinar las causas finales y los primeros principios; escupe sobre estos silogismos sabios y considerando vanas todas estas preocupaciones, ocúpate de de una sola cosa entre todas; de cómo disfrutar del presente y pasarlo riendo de casi todo y sin tomarte nada en serio

VI

Hay entre las fábulas de Esopo una antifábula, la 63. Tiene como protagonista al político ateniense Démades (350-319), decididamente promacedonio. Dice lo siguiente: "Démades hablaba en una ocasión al pueblo de Atenas, al no prestarle los ateninses demasiada atención, pidió que le permitieran contar una fábula de Esopo, aceptaron y comenzó diciendo: 'Deméter, la golondrina y la anguila hacían el mismo camino. Llegados a un río, la golondrina echó a volar y la anguila se sumergió'. Dicho esto, se calló, y le preguntaron: 'Bueno, ¿y qué hizo Deméter?' El orador respondió: 'Irritarse contra vosotros, que abandonáis los asuntos del Estado y preferís oír una fábula de Esopo.'"
No sé muy bien si en esta fábula Esopo se ríe de sí mismo o está pensando en el día en que Démades intentó un proceso de deificación de Alejandro.

VII

En el cercanías de RENFE, camino de Barcelona. Al pasar por Montgat una mujer, a mi lado, hablando sin pudor por el móvil: “¡La soledad es tan mala compañera!”. Tendría unos treinta años. Llevaba sobre las rodillas “La mort d’Ivan Ilitx”, de Tolstoi, con una marca de lectura al comienzo. Se bajó en San Adrián. Al levantarse del asiento se le cayó un papel. Lo recogí al llegar a la Plaza de Catalunña. Tenía escritas dos frases. La primera decía: “Cristalero. Viernes, a partir de las 17. Y la segunda: “No entiendo a mis ojos si te veo, ni a mis manos si te ausentas”.

viernes, 2 de febrero de 2007

Transporte ecológico

Esta es la propuesta de transporte ecológico del Café de Ocata: la recuperación del vehículo diseñado en Francia en 1875 con el nombre de "cynosphere". Podría apuntarse un buen tanto Monsieur José Bové con este carricoche de tracción animal. Por cierto que ayer -y lo digo sin sorpresa, pero con cierta amargura- quienes mayoritariamente secundaron el apagón, al menos en Cataluña, fueron las instituciones, es decir, aquellos que tienen en sus manos la capacidad de legislar. ¡Ah, que se me olvidaba, también la compañía Unión Fenosa apagó la iluminación de sus sedes! ¡¡¡Manda voltios!!!

Pedagogía negativa

“Siempre y cuando guardasen silencio, los estudiantes [de la Universidad de Chicago] podían asistir a seminarios avanzados. Matricularse con Leo Strauss: ‘Damas y caballeros, buenos días. En esta clase no se mencionará el nombre de …, que por supuesto es estrictamente incomparable. Ahora podemos ocuparnos de la República de Platón”. “Que por supuesto es estrictamente incomparable.” Yo no logré captar el nombre en cuestión, pero aquel “por supuesto” me hizo sentir como si un rayo luminoso, frío, me recorriese la espina dorsal. Un amable postgraduado escribió el nombre para mí al terminar la clase: un tal Martin Heidegger. Corrí a la biblioteca. Esa noche intenté hincarle el diente al primer párrafo de Ser y tiempo. Era incapaz de entender incluso la frase más breve y aparentemente directa. Pero el torbellino ya había comenzado a girar, el presentimiento radical de un mundo absolutamente nuevo para mí. Prometí intentarlo una vez más. Y otra. Ésa es la cuestión. Llamar la atención de un estudiante hacia aquello que, en un principio, sobrepasa su entendimiento, pero cuya estatura y fascinación le obligan a persistir en el intento.”

George Steiner, Errata, Siruela, 1998, pp 64-65.

Según Anne Norton (Leo trauss and the Politics of American Empire, Yale University Press, 2004) Strauss defendía que un profesor debe impartir sus clases pensando que entre sus alumnos hay uno más inteligente que él y otro más virtuoso.

jueves, 1 de febrero de 2007

Por qué voy a tener la luz encendida

Basta echar un vistazo al calendario para darse cuenta de que el viejo santoral está siendo sustituido por una sucesión creciente de días internacionales dedicados a las más diversas y magnánimas causas. No hemos hecho más que dejar atrás el Día escolar de la paz y la no violencia y ya se anuncian el de la Lengua Materna (21 de febrero) y la avalancha de marzo (día de las Naciones Unidas para los derechos de la mujer y la paz internacional; día internacional de la eliminación de la discriminación racial; semana de solidaridad con los pueblos que luchan contra el racismo, etc.). A este calendario hay que añadir la emergencia más o menos espontánea de jornadas de “concienciación”, como la del apagón convocado por diferentes organizaciones ecologistas para esta tarde.

Hay en todas estas campañas –además de la evidente buena fe que las promueve- un componente que me parece, más que bueno o malo, inevitable: la necesidad de constatar ante la propia conciencia (que es la mirada del otro interiorizada) que nos hallamos en el lado bueno de la humanidad. Desde Platón sabemos que el hombre no sabe vivir sin sentirse orientado hacia el Bien. Tradicionalmente esta orientación la proporcionaba la propia comunidad política, que a cambio exigía del ciudadano su predisposición a soportar, incluso con la propia vida, la continuidad histórica del ámbito de copertenencia que lo había acogido. Formaba parte del sentido común la conciencia de que nada recibido de la comunidad podía ser gratis, porque ésta no hacía más que redistribuir lo que cada ciudadano ponía a su servicio.

Las cosas han ido cambiando a medida que se ha ido confundiendo el derecho ciudadano y el capricho del individuo. Si el ciudadano sabe que no hay derecho sin el correspondiente deber, el individuo, carente de toda conciencia de deuda hacia su comunidad de acogida, se considera no sólo propietario de todos sus caprichos, sino, sobre todo, perplejo si alguien pone en cuestión la legitimidad de sus pretensiones.

Para el Credo de la religión laica imperante, el poder es evidentemente malo, mientras que la espontaneidad individual y, sobre todo, la espontaneidad rebelde, es siempre buena. Por lo tanto, los medios que fomentan la espontaneidad no mediatizada por institución alguna, son los más democráticos (mensajes por teléfonos móviles, Internet, etc.). Lo paradójico es que los poderes públicos, como si para hacer creíble que son públicos tuvieran que renunciar a la representación de su poder, se apunten tan alegremente a las protestas de la espontaneidad inocente. Tanto la ministra Cristina Narbona como la Generalitat y los ayuntamientos catalanes han apoyado con entusiasmo el apagón de esta tarde, sin, por lo que parece, pararse a pensar que ese filantrópico gesto ecologista, tan romántico y desprendido, podía estar echando un pulso a la infraestructura energética del país.

Hay elementos para sospechar que el discurso político de la responsabilidad está siendo barrido por el discurso antipolítico del narcisismo del gesto. Es antipolítico porque nos exime del compromiso con la gestión directa de lo concreto mientras estimula el derecho al pataleo del ciudadano con la complicidad de los poderes públicos. Pero si ignoramos la necesidad de acompañar las reivindicaciones justas con renuncias necesarias, estamos educándonos a nosotros mismos y a nuestros hijos en la irresponsabilidad política. Por ello quizás debiéramos atrevernos a convocar el día internacional de la bondad irresponsable. Su objetivo, evidentemente, sería, simple y llanamente, el de animarnos a nosotros mismos a llamar a las cosas por su nombre.

La bruja Marcel·la

Como de bien nacidos es ser agradecidos, tengo que hablar hoy, sin falta, de la bruja Marcel·la. Ya pensaba hacerlo, ya, pero lo he ido posponiendo por esto y por lo otro. El motivo inmediato es que ayer me preguntaron, “¿Oye, de aquello de tus pies, qué?”. Yo ya ni me acordaba. “¡Si hombre, si no podías ni andar!”. “Fue la bruja Marcel·la, que me dijo ‘¡Levántate y anda!’”. Y claro está, tuve que explicar la historia que ahora os explico a vosotros.

El dolor comenzó un verano, en Dinamarca. Era un dolor tan intenso que a veces no podía ni andar. Los especialistas me dijeron que, para comenzar, plantillas, y que no debía ir descartando un deterioro del ligamento plantar. Añadieron lo peor: tenía que perder peso drásticamente.

Ni las circunstancias ni las perspectivas eran para dar saltos de alegría. Al verme decaído, unos amigos de Premiá, Celia y Joan me aconsejaron acudir a la bruja Marcel·la. Evidentemente desprecié su consejo. Se supone que los que nos dedicamos a esto de la filosofía alguna deuda tenemos con el racionalismo.

Pero al día siguiente la bruja Marcel·la me llamo por teléfono. Celia me había traicionado vilmente. Y yo, que soy más apocado que educado, la escuche en silencio.

Mira –me dijo- no te voy a dar ninguna medicina, no tendrás que tomar nada. Ni tan siquiera te tocaré. Me limitaré a ponerte las manos por encima, a un palmo más o menos de los pies y te diré si puedo ayudarte o no. Ah, y no te cobraré ni un céntimo. Yo no cobro nunca”.

Y fui. Eso sí, sólo. Nadie tenía que ser testigo de mi defección.

La bruja Marcel·la vivía en un tercer piso de un edificio bastante céntrico de Premiá. Esperaba encontrarme, no sé, con una parafernalia de excentricidades, pero me abrió la puerta una chica de unos diecinueve años ante la que me sentí absolutamente indefenso.

Me hizo pasar al cuarto de estar, donde estaba su novio viendo la tele. El muchacho aprovechó la presentación para ponerme al corriente.

Lo que tiene es un poder. Lo ha recibido del cielo, como una gracia. Puede comunicarse con las fuerzas cósmicas y curar muchas cosas que los médicos no entienden. Pero sólo emplea esta gracia para el bien y de gratis, porque no es como una carrera que haya tenido que sacarse hincando los codos, sino un don”.

Mientras el muchacho hablaba la bruja Marcel.la apagó la tele y me pidió que me sentara en el sofá, que me descalzara (¡Ay, Wolfowitz!) y que pusiera los talones sobre un taburete de fornica*. A continuación puso las manos sobre mis pies, sin tocarlos. No habían pasado ni diez segundos cuando me dijo: “Esto tiene cura, te lo digo yo. Serán tres sesiones, tres días seguidos, de diez minutos cada una. El primero te pondré las manos y tú sólo notarás un alivio ligero y pasajero, en cuanto salgas de aquí te volverá el dolor. El segundo día mientras te ponga las manos notarás mucho calor en los pies y durante el resto del día apenas sentirás unas leves molestias. El tercer día el calor será mucho más intenso, pero cuando acabe, ya estarás curado, el dolor se te habrá ido para siempre.

Y así fue. Y aquí estoy, dando testimonio “urbi et orbi” de mi bienestar fisiológico y de mi perplejidad ideológica.

Nunca he vuelto a ver a la bruja Marcel·la. Y de esto hace al menos quince años. Ella me llamó por teléfono a la semana de concluir las sesiones interesándose por mi estado. Le dije la verdad: estaba perfectamente. Tanto es así que no me he vuelto a poner las plantillas.

Tengo una deuda pendiente con esta mujer. La próxima vez que vea a Celia y a Joan les preguntaré por su paradero. Como mínimo se merece un buen ramo de flores.

* La Cel·lia me corrige desde Japón: "Formica" (marca registrada: material muy resistente revestido por una de sus caras con una resina artificial, decorativa y brillante), no "fornica". ¿En qué estaría pensando yo? ¡Tengo que consultar con Sor Kasandra!

La normalidad

El viento sacude las ramas de los árboles. Es decir, hay viento. He abierto la ventana sin tener la sensación de estar abriendo un horno. Pe...