A veces en las pequeñas historias están las grandes verdades. Lo he vuelto a comprobar estos días. De todo lo que hemos estado conociendo sobre el 23F, no tengo duda alguna: lo más notable fue la reacción de la mujer de Tejero, primero pidiéndole que no hubiera sangre, después tratándolo de gilipollas por asumir él solo toda la responsabilidad de unos hechos que, evidentemente, lo superaban. Esta mujer le ha robado el protagonismo a la primera mujer, que era la reina Sofía, a la que yo imagino pidiéndole a su marido cordura y tiento y recordara lo que había pasado con su hermano en Grecia, que por apoyar el régimen de los coroneles, perdió la corona. En estas dos mujeres veo yo lo realmente importante de aquel día, porque es lo de cualquier día: Lo que permanece. Las permanencias antropológicas, vaya. Tengo claro que sin mi mujer yo sería como un globo de helio. Ella es mi principio de la realidad. La figura de la mujer es la relevante, Freud; mucho más relevante que la del padre, que antes y más que padre, es un marido. Todo lo demás, los hechos que llenaron las portadas de los diarios, era solo historia.
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