miércoles, 21 de junio de 2006
De gallos y de filósofos
martes, 20 de junio de 2006
¿Magistra vitae?
Cicerón tenía a la historia por maestra de la vida y, desde entonces, no ha habido profesor de esa materia académica que lleva el pomposo nombre de "Historia" que no haya justificado en un momento u otro su quehacer recurriendo a la buena fe del latino. Pero la verdad, pura y simple, es que si la historia es maestra de algo es de la contundencia de nuestros errores. Cada generación repite los de sus padres con plena fe en sí misma, pletórica de confianza en el futuro. La auténtica lección de la historia es que tropezaremos mil veces en las mismas piedras y que cada vez lo haremos con un entusiasmo parejo, porque sólo aprendemos de nuestras caídas. Lo cual, viendo las piedras en las que hemos tropezado en el siglo XX, es para echarnos a temblar. Todo esto viene a cuento de una entrevista a Elie Wiesel que aparece en el último número de L'Express: "Nous n'avons pas tiré les leçons du XX siècle", dice. Es claro que no. Sin embargo esos seres para mí incomprensibles que son los profesores de historia examinan a sus alumnos de "las cinco causas principales de la revolución francesa" o de las consecuencias de la "segunda guerra mundial".
lunes, 19 de junio de 2006
Toledano y Artemis
Peregrino, filósofo cínico.
Peregrino –o Proteo- como también se hizo llamar, fue un filósofo de esa especie nueva y excéntrica que comenzó a pulular a finales del siglo I de nuestra era por todo el imperio romano y que se caracterizaba por su alergia a su humanidad. Estos filósofos (el caso de Plotino es clarísimo) apenas podían soportar la vergüenza de su carne y la pesada carga de estar vivos. Se veían a sí mismos como existencias en tránsito, esperando impacientemente la llamada para dejarlo todo y arribar al Más Allá.
Peregrino comenzó su carrera hacia la inmortalidad filosófica asfixiando a su padre, porque, habiendo superado ya los sesenta años, le daba pena verlo envejecer. Como sus vecinos no comprendieron su gesto piadoso, tuvo que poner pies en polvorosa. Acabó en Palestina, donde se unió a la secta de los cristianos (seguidores, dice Luciano, “del sofista crucificado”). Entre ellos alcanzó pronto un gran renombre pero por motivos que no están del todo claros fue excomulgado y entonces se dirigió a Egipto, junto a Agatóbulo, que fue quien lo inició en el cinismo. Una vez completada su formación recorrió Italia y regresó a Grecia donde parece que tuvo un grupo de seguidores bastante selecto, pues entre ellos se encontraba Aulo Gelio.
Su vida no sobrepasó las excentricidades propias de los cínicos hasta que un día anunció su intención de ponerle punto final consumiéndola en una hoguera en Olimpia, al final de
Llegado el día elegido, cuando la luna ya se había elevado sobre el horizonte nocturno, Proteo-Fénix, vestido con las ropas típicas de los cínicos (alforjas, manto humilde y bastón) se aproximó a la pira rodeado de sus seguidores, llevando como ellos una antorcha encendida en la mano. Él mismo encendió la hoguera, que prendió inmediatamente. Después se quitó las ropas, echó incienso sobre el fuego y pidiendo a los manes de su madre y su padre (esto último motiva un comentario jocoso de Juliano) que lo recibieran con bondad, se lanzó a las llamas y desapareció entre ellas.
Jerry Garcia Tribute
Añoranza de las resacas políticas
Seguramente tienen razón en Entrellum al calificar a los abstencionistas de idiotas, en el sentido etimológico del término. Pero cabría preguntarse qué ocurre entre nosotros para que nuestro sistema político produzca más idiotas que ciudadanos cabales, porque si hacemos caso de lo leído en Entrellum –y no veo por qué no habríamos de hacerlo- en Cataluña hay una idiocia pandémica.
Los griegos tenían un término preciso para designar el régimen político de base, aquel que sustenta con sus convicciones una organización política determinada: “politeia”. Viene a significar algo semejante a lo que los norteamericanos llaman el “way of life” de una comunidad. Así como la organización política de un pueblo se expresa jurídicamente en una estructura legal más o menos ordenada y jerarquizada, para ver su “politeia” debemos buscar el tipo de ciudadano que genera y que, al mismo tiempo, la sustenta. Aristóteles aconsejaba prestar atención a los modelos que este ciudadano considera dignos de ser imitados, porque en esta admiración se pone de manifiesto la aspiración mayoritaria de la “politeia”. Platón, Isócrates y Aristóteles consideraban que la “politeia” era el alma de la comunidad.
Quizás valdría la pena hacer en Cataluña este ejercicio para entender en qué régimen político vivimos exactamente. Quizás las leyes que cambiamos con relativa facilidad nos lo están ocultando. No lo sé. Y, sobre todo, no quiero pontificar. Así que, amigos, lo dejo aquí y me voy a la cama. Me invade, por una parte, la nostalgia –ese sentimiento cobarde- del grito irrepetible de “llibertat, amnistía i estatut d’autonomia”, que a mi me hizo votar entusiasmado en su momento. Cosa que ahora no ha pasado. Por algún lugar del trayecto me he dejado olvidado el entusiasmo. Lo cual no tiene necesariamente que ser malo. El entusiasmo, ya se sabe, es el opio del pueblo. Y si hemos prohibido el tabaco en los sitios públicos, ¿por qué habríamos de fomentar el consumo de opio en política?
domingo, 18 de junio de 2006
Misha Gordin
Misha Gordin tiene algo de De Chririco de la fotografía, en el sentido de que se le puede aplicar perfectamente el calificativo de fotógrafo metafísico.
Pero es más intuitivo, porque es también heredero de los grandes pintores barrocos de los mitos que tratan de lo nunca agotado: el nacimiento, la vida y la muerte.
Cuando habla de su evolución Misha Gordin suele decir que ha ido del realismo social al realismo metafísico. Los criticos también con él tienden a aplicar el adjetivo "conceptual" (no me gusta lo de "arte conceptual" porque parece sugerir que existe un arte no conceptual: ¿cuál sería?).
Nació en la Unión Soviética en 1946, en medio de la desolación producida por la Segunda Guerra Mundial. Su formación fue, necesariamente, una impregnación masiva de la épica formalista del realismo socialista. En 1974 emigró a los Estados Unidos, y aquí empezó todo.
Es decir, empezó su esfuerzo por reflejar lo que no explica la épica de la la clase obrera conquistando la historia: aquello que encuentro mucho más cerca, en mi existencia cotidiana, frente a mi espejo y frente a los otros (si es que los otros no son mi espejo al mismo tiempo que el infierno).
El sujeto ya no es la clase, sino, en todo caso, la angustia de ser un miembro anónimo de una clase.
Una angustia que apela a la visión más intuitiva del observador
La grandeza de Misha Gordin reside, a mi modo de ver, en su capacidad para hacernos creer que ha encontrado un punto de vista exterior a los horizontes del hombre desde el que es capaz de mostrarnos, objetivamente, que no somos más que eso que nos sugieren sus imágenes.

