miércoles, 21 de junio de 2006

De gallos y de filósofos

El primer gallo de la historia de la filosofía es el de las últimas palabras de Sócrates: ¡Oh Critón, debemos un gallo a Asclepio, no te descuides! Critón, el fiel amigo de toda la vida, le aseguró que lo haría. ¿No tienes nada más que decirme? -le preguntó. Pero ya no obtuvo respuesta. Él mismo cerró los ojos y la boca de Sócrates. No son pocos los filósofos que se sienten un poco defraudados por esta despedida, echando en falta un mutis de más altura dramática, algo así como el ¡Luz, más luz! de Goethe. Pero no. Este gallo ha estado cacareando el enigma de su trivialidad durante veinticinco siglos. Un día, cuando tengamos más confianza, os ofreceré mi interpretación de la escena.

Clarín compuso un cuento, El gallo de Sócrates, para imaginarse a Critón cumpliendo el encargo socrático. Como se tomaba al pie de la letra cada palabra del maestro, no se paró a pensar que, viniendo de un afamado irónico, esto del gallo podía tener más de un sentido. Él sólo sabía que tenía que saldar una deuda. Y, fíjate por dónde, a cien pasos de la prisión se encontró con un gallo, subido a la tapia de un huerto, que acababa de librarse de la esclavitud del corral en el que había estado recluido toda su vida y se mostraba encantado con la posibilidad de ver mundo. Pero lo que vio fue a Critón, e inmediatamente sospechó de sus intenciones. Así que “comenzó a correr batiendo las alas y cacareando por lo bajo, muy incomodado sin duda”. Acabó encaramándose a la cabeza de una estatua de Atenea. Esa fue su perdición. Antes de recibir la pedrada mortal en la cabeza, el gallo comprendió qué dogmáticos llegan a ser los discípulos que sobreviven a los maestros.

Otro gallo filosófico es el que describe Luciano en uno de sus cuentos, titulado El sueño, y que es la reencarnación de Pitágoras, de Aspasia (la famosa cortesana de Mileto que fue mujer de Pericles) y del filósofo cínico Crates.

Un gallo antifilosófico fue el de un vecino de Kant mientras éste vivía en la casa Kanter en Konigsberg. Era tan escandaloso que el filósofo se vio obligado a trasladarse al distrito de Ochsenmark. Se quejaba de que cada quiquiriquí le dejaba en seco la meditación que estaba llevando a cabo, y así no había manera de pensar como Dios manda. Le aseguró a su vecino que estaba dispuesto a pagar por el gallo cuanto le pidiese, pero el buen hombre era incapaz de comprender qué pensamientos tan profundos podían ser interrumpidos por el canto de un gallo tan cumplidor y exacto. Tan fiel, en suma, al imperativo categórico canoro de su especie. La verdad es que Kant no tuvo suerte con el traslado. Su nueva casa se encontraba en las proximidades de una prisión cuyos reclusos no paraban de cantar a pleno pulmón canciones sacras. Se quejó a las autoridades en una carta en la que decía entre otras cosas: “No creo que tengan razón alguna para temer ningún presunto peligro para la salvación de sus almas por el hecho de bajar el tono de sus voces de manera que dejen de ser oídas incluso con las ventanas cerradas”.

martes, 20 de junio de 2006

¿Magistra vitae?

I

Cicerón tenía a la historia por maestra de la vida y, desde entonces, no ha habido profesor de esa materia académica que lleva el pomposo nombre de "Historia" que no haya justificado en un momento u otro su quehacer recurriendo a la buena fe del latino. Pero la verdad, pura y simple, es que si la historia es maestra de algo es de la contundencia de nuestros errores. Cada generación repite los de sus padres con plena fe en sí misma, pletórica de confianza en el futuro. La auténtica lección de la historia es que tropezaremos mil veces en las mismas piedras y que cada vez lo haremos con un entusiasmo parejo, porque sólo aprendemos de nuestras caídas. Lo cual, viendo las piedras en las que hemos tropezado en el siglo XX, es para echarnos a temblar. Todo esto viene a cuento de una entrevista a Elie Wiesel que aparece en el último número de L'Express: "Nous n'avons pas tiré les leçons du XX siècle", dice. Es claro que no. Sin embargo esos seres para mí incomprensibles que son los profesores de historia examinan a sus alumnos de "las cinco causas principales de la revolución francesa" o de las consecuencias de la "segunda guerra mundial".

II
Me gustaron las palabras del papa en Auschwitz preguntándose dónde se encontraba Dios mientras las grandes masacres del siglo XX estaban desangrándonos como humanidad. "¿Por qué, Señor, permaneciste callado?, ¿cómo pudiste tolerar todo esto?" .Algunos las han considerado excesivas. Pero es que el cristianismo tiene un punto de exceso que a mi me lo hace profundamente atractivo ¿Qué otra religión se atreve a imaginar a un Dios temblando de miedo ante la muerte? El primer cristiano que temió la ausencia de Dios fue el fundador del cristianismo: "Eli Eli lama sabactani". Si algún día vuelvo a creer en Dios creeré en este Dios abandonado por Dios.

III
Y no pienso decir nada sobre el Estatut.


lunes, 19 de junio de 2006

Toledano y Artemis

No tengo ni idea de si Phil Toledano -a quien en este café tanto admiramos- sabe quién es la diosa Ártemis y cómo estaba representada en su templo de Éfeso. Pero sus obras, al independizarse de su tutela artística, nos susurran secretos propios al oído.

Por cierto en la imagen de arriba, que es la copia de Ártemis que se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, yo descubrí, sorprendido, que las protuberancias del pecho tanto pueden ser mamas como testículos -de toro, por ejemplo.

Peregrino, filósofo cínico.

He pasado a lo largo de estos últimos días muy buenos momentos traduciendo el Sobre la muerte de Peregrino, de ese volteriano Sirio que fue Luciano de Samosata (120 - 180). Se trata de una carta que escribe a su amigo Cronio, epicúreo, relatándole el final del filósofo cínico Peregrino.

Peregrino –o Proteo- como también se hizo llamar, fue un filósofo de esa especie nueva y excéntrica que comenzó a pulular a finales del siglo I de nuestra era por todo el imperio romano y que se caracterizaba por su alergia a su humanidad. Estos filósofos (el caso de Plotino es clarísimo) apenas podían soportar la vergüenza de su carne y la pesada carga de estar vivos. Se veían a sí mismos como existencias en tránsito, esperando impacientemente la llamada para dejarlo todo y arribar al Más Allá.

Peregrino comenzó su carrera hacia la inmortalidad filosófica asfixiando a su padre, porque, habiendo superado ya los sesenta años, le daba pena verlo envejecer. Como sus vecinos no comprendieron su gesto piadoso, tuvo que poner pies en polvorosa. Acabó en Palestina, donde se unió a la secta de los cristianos (seguidores, dice Luciano, “del sofista crucificado”). Entre ellos alcanzó pronto un gran renombre pero por motivos que no están del todo claros fue excomulgado y entonces se dirigió a Egipto, junto a Agatóbulo, que fue quien lo inició en el cinismo. Una vez completada su formación recorrió Italia y regresó a Grecia donde parece que tuvo un grupo de seguidores bastante selecto, pues entre ellos se encontraba Aulo Gelio.

Su vida no sobrepasó las excentricidades propias de los cínicos hasta que un día anunció su intención de ponerle punto final consumiéndola en una hoguera en Olimpia, al final de la Olimpada del 165 d.C. Y dicho y hecho. Prestó minuciosa atención a todos los preparativos. Acumuló la madera adecuada y cavó él mismo su fosa, mientras se justificaba afirmando que su pretensión era enseñar a los hombres a despreciar la vida y a no temer a la muerte. Días antes de la fecha elegida se cambió el nombre de Proteo por el de Fénix, el ave que renace de sus cenizas.

Llegado el día elegido, cuando la luna ya se había elevado sobre el horizonte nocturno, Proteo-Fénix, vestido con las ropas típicas de los cínicos (alforjas, manto humilde y bastón) se aproximó a la pira rodeado de sus seguidores, llevando como ellos una antorcha encendida en la mano. Él mismo encendió la hoguera, que prendió inmediatamente. Después se quitó las ropas, echó incienso sobre el fuego y pidiendo a los manes de su madre y su padre (esto último motiva un comentario jocoso de Juliano) que lo recibieran con bondad, se lanzó a las llamas y desapareció entre ellas.

Esta muerte puede servir perfectamente como capítulo conclusivo de la historia de la filosofía griega, que podemos iniciarla con otro viaje a Olimpia, el de Pitágoras. La filosofía era concebida por los griegos como el arte de saber ver (theorein) las cosas. Platón añadía que el filósofo es un syn-óptico. Como Olimpia era el lugar pan-helénico de la visión común, Pitágoras comparaba la vida con un espectáculo olímpico al que unos acuden para competir, otros para comerciar, y otros más, los mejores, como espectadores. Lo mismo ocurre en la vida –añadía-: unos persiguen la fama y el poder y otros, la “theoría”.

Cuando la filosofía se transformó en el gesto doctrinal del filósofo, comenzaron a llegar a Olimpia quienes no tenían ninguna intención de ver, sino de ser vistos. El caso más hiperbólico fue el de Peregrino.

Jerry Garcia Tribute



Me enteré ayer que había muerto Vince Welnick, el último teclista de Grateful Dead y, por lo que parece, en extrañas circunstancias que echan más leña al fuego de la leyenda que persigue al entorno de Jerry García, otro nombre ante el que uso el reclinatorio. En cualquier caso, rememorando a Homero Aridjis, "buenos días a los seres / que son como un país / y ya verlos / es viajar a otra parte". Si los libros son abiertos y las mujeres amadas, la música es música en el aire.

Añoranza de las resacas políticas

Seguramente tienen razón en Entrellum al calificar a los abstencionistas de idiotas, en el sentido etimológico del término. Pero cabría preguntarse qué ocurre entre nosotros para que nuestro sistema político produzca más idiotas que ciudadanos cabales, porque si hacemos caso de lo leído en Entrellum –y no veo por qué no habríamos de hacerlo- en Cataluña hay una idiocia pandémica.

Los griegos tenían un término preciso para designar el régimen político de base, aquel que sustenta con sus convicciones una organización política determinada: “politeia”. Viene a significar algo semejante a lo que los norteamericanos llaman el “way of life” de una comunidad. Así como la organización política de un pueblo se expresa jurídicamente en una estructura legal más o menos ordenada y jerarquizada, para ver su “politeia” debemos buscar el tipo de ciudadano que genera y que, al mismo tiempo, la sustenta. Aristóteles aconsejaba prestar atención a los modelos que este ciudadano considera dignos de ser imitados, porque en esta admiración se pone de manifiesto la aspiración mayoritaria de la “politeia”. Platón, Isócrates y Aristóteles consideraban que la “politeia” era el alma de la comunidad.

Quizás valdría la pena hacer en Cataluña este ejercicio para entender en qué régimen político vivimos exactamente. Quizás las leyes que cambiamos con relativa facilidad nos lo están ocultando. No lo sé. Y, sobre todo, no quiero pontificar. Así que, amigos, lo dejo aquí y me voy a la cama. Me invade, por una parte, la nostalgia –ese sentimiento cobarde- del grito irrepetible de “llibertat, amnistía i estatut d’autonomia”, que a mi me hizo votar entusiasmado en su momento. Cosa que ahora no ha pasado. Por algún lugar del trayecto me he dejado olvidado el entusiasmo. Lo cual no tiene necesariamente que ser malo. El entusiasmo, ya se sabe, es el opio del pueblo. Y si hemos prohibido el tabaco en los sitios públicos, ¿por qué habríamos de fomentar el consumo de opio en política?

domingo, 18 de junio de 2006

Misha Gordin

Misha Gordin tiene algo de De Chririco de la fotografía, en el sentido de que se le puede aplicar perfectamente el calificativo de fotógrafo metafísico.

Pero es más intuitivo, porque es también heredero de los grandes pintores barrocos de los mitos que tratan de lo nunca agotado: el nacimiento, la vida y la muerte.

Cuando habla de su evolución Misha Gordin suele decir que ha ido del realismo social al realismo metafísico. Los criticos también con él tienden a aplicar el adjetivo "conceptual" (no me gusta lo de "arte conceptual" porque parece sugerir que existe un arte no conceptual: ¿cuál sería?).

Nació en la Unión Soviética en 1946, en medio de la desolación producida por la Segunda Guerra Mundial. Su formación fue, necesariamente, una impregnación masiva de la épica formalista del realismo socialista. En 1974 emigró a los Estados Unidos, y aquí empezó todo.

Es decir, empezó su esfuerzo por reflejar lo que no explica la épica de la la clase obrera conquistando la historia: aquello que encuentro mucho más cerca, en mi existencia cotidiana, frente a mi espejo y frente a los otros (si es que los otros no son mi espejo al mismo tiempo que el infierno).

El sujeto ya no es la clase, sino, en todo caso, la angustia de ser un miembro anónimo de una clase.

Una angustia que apela a la visión más intuitiva
del observador

La grandeza de Misha Gordin reside, a mi modo de ver, en su capacidad para hacernos creer que ha encontrado un punto de vista exterior a los horizontes del hombre desde el que es capaz de mostrarnos, objetivamente, que no somos más que eso que nos sugieren sus imágenes.

Me voy a Vic