viernes, 8 de julio de 2022

Siestas

A mi edad, lo mejor del verano, con mucho, son las siestas. 

Tengo el sofá perfecto, un sofá-sarcófgo ("sarcófago" quiere decir, literalmente "que come carne") en el que encaja mi cuerpo como en los arrullos de la cuna (que son las voces, cada vez más alejadas, de la televisión). Nada más terminar de comer caigo preso de su llamada, tan convincente, con la promesa de las delicias del sueño. No hay rendición incondicional más dulce que la de la siesta, esa sacrosanta hora de olvido de uno mismo y del mundo, esa mística disolución del yo en la nada. Cuando emerjo al mundo cotidiano es como si volviera del Hades, expulsado por la mirada de Orfeo, que es algún ruido cotidiano. 

¡Bendita paz, la de la siesta! 

Sin embargo recuerdo bien que en mi infancia ninguna hora era más larga que la de la siesta en verano. Mi madre se empeñaba en que tenía que dormir, porque eso era lo que hacía la gente de bien, pero a mí no me importaba la gente de bien, sino los planes que hacía con mis amigos. Mi cuerpo añoraba las aventuras que brinda el mundo rural cuando los adultos desaparecen, el pueblo es un cementerio con resurrección a media tarde, las sombras de los árboles son el paraíso y en los frutales brilla la tentación de la fruta más dulce, que es la de algún viejo cascarrabias. Y, además, el Ebro y su corriente inagotable de verdaderos sueños, que van al mar.

jueves, 7 de julio de 2022

Testigo

Hace unos años, no muchos, viajando mi mujer y yo en el cercanías, seguimos al detalle, en vivo y en directo, la ruptura telefónica del joven que se sentaba a nuestro lado con su pareja. Los gritos de ella, por cierto, se oían más nítidamente que los susurros de él. En diez metros a la redonda se hizo un silencio expectante que nadie quería romper. Seguiamos el proceso de ruptura paso a paso a medida que iba tomando cuerpo. Recuerdo esto cada vez que me encuentro en el cercanías con alguien aventando a gritos por el movil la paja de su vida. Esta impúdica y desacomplejada trivialidad deja tambaleando mi filantropía. Así que, visto el asunto con perspectiva, el caso de aquel joven rupturista se convierte en un agarradero de esperanza para compensar la erosión de mi confianza en el género humano que me sale al encuentro en el tren. Aún hay gente que tiene algo sustantivo que decirse por el móvil. Lo sé porque he sido testigo de ello.

martes, 5 de julio de 2022

Cosas de esta tarde

Volvía a casa por el camino del puerto, tras descender del tren en El Masnou. El calor era sofocante a pesar de una mísera brisilla que a veces se levantaba del mar. A medio camino he visto una niña de poco más de dos años haciendo una fenomenal rabieta en el suelo. Su madre, a unos veinte metros de ella, la llamaba animándola a que depusiera su actitud,  pero la niña se negaba a caminar, quería que su madre volviera a por ella. Mi hija me hacía exactamente lo mismo. La madre le ha dicho que allí se quedaba y ha seguido caminando. Al pasar junto a la niña le he pedido que se levantara, cogiera mi mano y fuéramos con mamá. Me ha movido la más inocente espontaneidad y ella me ha hecho caso a la primera. Pero entonces la madre ha vuelto la cabeza y ha visto a su hija de la mano de un extraño y ha puesto una cara de evidente malestar. Al llegar a su lado, la niña ha corrido a abrazarla. La madre ni me ha mirado. Creo que ha callado por no gritarme. He intentado decirle que mi hija me hacía lo mismo, pero ella aparentaba ignorarme. He seguido mi camino sin volver la mirada, sin saber si había hecho bien. Pero puedo decir en mi defensa que a mis hijos, cuando eran pequeños, les decía que si alguna vez se perdían, preguntasen a los extraños que, sin duda, estarían deseosos de ayudarles.

Otra cosa. Me preguntan los periodistas, cansinos, por los deberes de verano y les respondo con palabras de Daniel Willingham: Todos los días, seas niño o adulto, deberías hacer algo por tu mente, algo por tu cuerpo y algo por tu familia.

viernes, 1 de julio de 2022

Drama familiar

Mi hijo ha pasado el día con mis dos nietos en un parque acuático y, por lo visto, se han divertido tanto los tres que les ha propuesto ir al cine juntos esta misma tarde a ver no sé qué película de aventuras. Mi nieto mayor no ha recibido con muy buena cara la propuesta. Al ver su incomodidad, mi hijo le ha preguntado si tenía algún inconveniente. 

- ¡Sí! -le ha contestado.

- ¿Cuál? ¿No quieres ir al cine?

-Sí, quiero, pero papá... 

- ¿Qué pasa?

- Tú no vengas...

Obviamente mi nieto teme encontrarse en el cine con sus amigos y no quiere que lo vean como una critura necesitada de protección paterna.

Mi hijo ha comprendido la situación y ahí está, hundido en el sofá.

Yo, sin embargo, estoy viviendo su derrota como una prueba innegable de justicia poética. Los dioses están, sin duda, de parte de los abuelos.

La normalidad

El viento sacude las ramas de los árboles. Es decir, hay viento. He abierto la ventana sin tener la sensación de estar abriendo un horno. Pe...